Mostrando las entradas con la etiqueta Santisima Trinidad. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Santisima Trinidad. Mostrar todas las entradas

martes, 26 de octubre de 2010

El Reino de Cristo

La Iglesia Católica fue fundada por Nuestro Señor Jesucristo para perpetuar entre los hombres los beneficios de la Redención. Por lo tanto, la finalidad de la Iglesia se identifica con la misma finalidad de la Redención. Esto es:

1º Expiar los pecados de los hombres por los méritos infinitamente preciosos del Hombre-Dios;
2º Restituir así a Dios la gloria extrínseca que el pecado le había robado y;
3º Abrir a los hombres las puertas del cielo.
Esta finalidad se realiza toda en el plano sobrenatural, y con vistas a la vida eterna. Ella trasciende absolutamente todo cuanto es meramente natural, terreno, perecible. Fue lo que Nuestro Señor Jesucristo afirmó, cuando dijo a Pilatos: “Mi reino no es de este mundo”. (Juan, XVIII, 36)
La vida terrena, por lo tanto, se diferencia profundamente de la vida eterna. Mas, estas dos vidas no constituyen dos planos absolutamente aislados uno del otro. Hay en los designios de la Providencia una relación íntima entre la vida terrena y la eterna. La vida terrena es el camino, la vida eterna es el fin. El Reino de Cristo no es de este mundo, pero es en este mundo que está el camino por el cual llegaremos a él.
Así como la Escuela Militar es el camino para la carrera de las armas, o el noviciado es el camino para el definitivo ingreso en una orden religiosa, así la tierra es el camino para el cielo.
Tenemos un alma inmortal, creada a imagen y semejanza de Dios. Esta alma es creada con un tesoro de aptitudes naturales para el bien, enriquecidas por el bautismo con el don inestimable de la vida sobrenatural de la gracia, que nos hace hijos de Dios y herederos del cielo. Nos compete, durante esta vida, desarrollar hasta su plenitud estas aptitudes para el bien. Con esto, nuestra semejanza con Dios, que era en algún sentido aun incompleta y meramente potencial, se torna plena y actual.
La semejanza es la fuente del amor. Haciéndonos plenamente semejantes a Dios, somos capaces de amarlo plenamente y de atraer sobre nosotros la plenitud de su amor.
Quedamos así, preparados para la contemplación de Dios cara a cara, y para aquél eterno acto de amor, plenamente feliz, para el cual somos llamados en el cielo.
La vida terrena es, pues, un noviciado en que preparamos nuestra alma para su verdadero destino, que es ver a Dios cara a cara y amarlo por toda la eternidad.
Presentando la misma verdad en otros términos, podemos decir que Dios es infinitamente puro, infinitamente justo, infinitamente fuerte, infinitamente bueno. Para amarlo, debemos amar la pureza, la justicia, la fortaleza, la bondad. Si no amamos la virtud, ¿cómo podemos amar a Dios que es el Bien por excelencia? Por otro lado, siendo Dios el sumo Bien, ¿cómo puede El amar el mal? Siendo la semejanza la fuente del amor, ¿cómo puede amar El a quien es totalmente desemejante a El, a quien es conciente y voluntariamente injusto, cobarde, impuro, malo?
Dios debe ser adorado y servido sobretodo en espíritu y en verdad (Juan, IV, 25). Así, es necesario que seamos puros, justos, fuertes buenos, en lo más íntimo de nuestra alma. Pero si nuestra alma es buena, todas nuestras acciones lo deben ser necesariamente, pues el árbol bueno no puede producir sino frutos buenos (Mateo, VII, 17-18). Así, es absolutamente necesario, para que conquistemos el cielo, no sólo que en nuestro interior amemos el bien y detestemos el mal, sino que por nuestras acciones practiquemos el bien y evitemos el mal.
Pero la vida terrena es más que el camino de la eterna bienaventuranza. ¿Qué haremos en el cielo? Contemplaremos a Dios cara a cara a la luz de la gloria, que es la perfección de la gracia, y Lo amaremos eternamente y sin fin. Ahora bien, el hombre ya goza de la vida sobrenatural en esta tierra por el bautismo. La fe es una semilla de la visión beatífica. El amor de Dios, que el hombre practica creciendo en la virtud y evitando el mal, ya es el propio amor sobrenatural con que él adorará a Dios en el cielo.
Continúa...

Transcrito prácticamente íntegro de Plinio Correa de Oliveira: La Cruzada del siglo XX, Revista Catolicismo, N°1; Enero de 1951.

lunes, 31 de mayo de 2010

Benedicto XVI: «En la señal de la cruz está contenido el anuncio que genera la fe»


Benedicto XVI: «En la señal de la cruz está contenido el anuncio que genera la fe»

 

El Santo Padre, ante los miles de fieles que ayer por mañana se congregaron en la Plaza de San Pedro para el rezo mariano del Ángelus, advirtió que con el regreso a la liturgia ordinaria después de Pentecostés, los cristianos no debemos disminuir nuestro empeño, sino más bien, estamos llamados a estar abiertos cotidianamente a la acción de la gracia, para progresar en el amor hacia Dios y hacia el prójimo. Además el Papa pidió a los fieles que oren por el éxito de su próximo viaje a Chipre.

(RV/InfoCatólica) Recordando que ayer se celebraba el domingo de la Santísima Trinidad, Benedicto XVI explicó que de alguna manera recapitulamos la revelación de Dios en los misterios pascuales: la muerte y resurrección de Cristo, su ascensión a la derecha del Padre y la efusión del Espíritu Santo. En este contexto, el Pontífice reconoció que la mente y el lenguaje humanos no son lo suficientemente adecuados para explicar la relación que existe entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, sin embargo, los Padres de la Iglesia han tratado de ilustrar este misterio de Dios, Uno y Trino, viviéndolo en la propia existencia con profunda fe.
"La Trinidad divina, de hecho, establece su morada en nosotros el día del Bautismo: `Yo te bautizo –dice el ministro– en el nombre del Padre del Hijo y del Espíritu Santo´. El nombre de Dios, en el cual hemos sido bautizados, nosotros los recordamos cada vez que trazamos sobre nosotros la señal de la Cruz".
Al respecto, el Papa recordó que a propósito de la señal de la cruz, el teólogo Romano Guardini explicaba que "la hacemos antes de la oración para que nos ponga en orden espiritualmente, concentremos en Dios pensamientos, corazón y voluntad, y después de la oración, permanezca en nosotros aquello que Dios nos ha donado".
"En la señal de la cruz y en el nombre de Dios viviente", explicó el Santo Padre, "está contenido el anuncio que genera la fe e inspira la oración. Y, como en el Evangelio Jesús promete a los Apóstoles que cuando venga él, el Espíritu de la verdad, los guiará hasta la verdad, así ocurre en la liturgia dominical, cuando los sacerdotes ofrecen, semana tras semana, el pan de la palabra y de la Eucaristía".
Benedicto XVI concluyó su alocución antes del Ángelus citando la oración de San Hilario Poitiers. "Conserva incontaminada esta fe recta que está en mi y, hasta mi último respiro, dame igualmente esta voz de mi conciencia para que yo permanezca siempre fiel a aquello que he profesado en mi regeneración, cuando fui bautizado en el Padre, en el Hijo y en el Espíritu Santo".