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viernes, 6 de enero de 2012

Epifania y Eucaristía

LA EPIFANÍA Y LA EUCARISTÍA

POR : SAN PEDRO JULIÁN EYMARD

 Et procidentes adoraverunt eum
“Y prosternándose le adoraron” (Mt 2,11)
Llamados a continuar, delante del santísimo Sacramento, la adoración de los magos en la gruta de Belén, debemos hacer nuestros los pensamientos y el amor que los condujo y sostuvo en la fe. Ellos comenzaron en Belén lo que nosotros continuamos haciendo al pie de la Hostia santa. Estudiemos los caracteres de su adoración ysaquemos de ellos provechosas instrucciones. La adoración de los magos fue un homenaje de fe y un tributo de amor al Verbo encarnado: tal debe ser nuestra adoración eucarística.

I

 La fe de los magos brilla con todo su esplendor por razón de las terribles pruebas a que se vio sometida, y de las cuales salió triunfante; me refiero a la prueba del silencio en Jerusalén y a la prueba, de la humillación en Belén. Como hombres sabios y prudentes, los regios viajeros se dirigen derechamente a la capital de Judea, esperando encontrar alborozada toda la ciudad de Jerusalén, al pueblo, animado ycontento, festejando tan fausto acontecimiento, y por todas partes señales inequívocas de satisfacción y de la más viva alegría; pero…¡qué sorpresa tan dolorosa! Jerusalén se halla en silencio y nada se advierte allí que revele la gran maravilla. ¿Se habrán, quizá, equivocado? Si el gran rey hubiera nacido, ¿no anunciaría todo elmundo su nacimiento? ¿No se burlarán de ellos y les insultarán, talvez, si hacen saber el objeto de su viaje? Estas vacilaciones y estas expresiones serán acaso hijas de la prudencia según la sabiduría humana, pero indignas, ciertamente, de la fe de los magos. Ellos han creído y han venido. “¿Dónde ha nacido el rey de los judíos? –preguntan en voz alta en medio de la asombrada Jerusalén, delante del palacio de Herodes y ante la muchedumbre popular, que sin duda se habrá aglomerado para presenciar el inusitado espectáculo de la entrada de tres reyes en la ciudad–. Nosotros hemos visto la estrella del nuevo rey y venimos a adorarle. ¿Dónde está? Vosotros, que sois su pueblo y que le habéis estado esperando tanto tiempo, debéis saberlo”.
Silencio mortal. Interrogado Herodes, consulta a los ancianos y sacerdotes, y éstos responden por la profecía de Miqueas. Con esto despide Herodes a los príncipes extranjeros, no sin prometerles que iría después de ellos a adorar al nuevo rey. Enterados por la palabra de Herodes, salen los reyes y marchan solos: la ciudad permanece indiferente; aun el sacerdote levítico espera, como Herodes, entre la vacilación y la incredulidad. El silencio del mundo…: he aquí la gran prueba a que se halla sometida la fe en la Eucaristía. Supongamos que algunos nobles extranjeros se enteran de que Jesucristo habita personalmente en medio de los católicos, en su Sacramento, y que, por tanto, estos felices mortales tienen la dicha inefable y singular de poseer la persona misma del rey de los cielos y tierra, del criador y Salvador del mundo; en una palabra, la persona de nuestro señor Jesucristo. Animados del deseo de verle y de ofrecerle sus homenajes, vienen estos extranjeros desde las más remotas regiones creyendo encontrarle entre nosotros en una de nuestras brillantes capitales europeas; ¿no se verían sometidos a la misma prueba de los magos? ¿Qué hay que revele en nuestras ciudades católicas la presencia de Jesucristo? ¿Las iglesias? Pero el protestantismo y el judaísmo tienen también sus templos. ¿Qué hay, pues, que indique esta presencia? Nada. Hace pocos años vinieron algunos embajadores de Persia y de Japón a visitar París… Seguramente nada les dio idea de que nosotros poseemos a Jesucristo, que vive y desea reinar entre nosotros. Escándalo es éste que padecen todos aquéllos que viven alejados de nuestras creencias. Este silencio es también el escándalo de los cristianos débiles en la fe. Al ver que la ciencia del siglo no cree en Jesucristo eucarístico, que los grandes no le adoran, que los poderosos no le rinden vasallaje…, infieren de aquí que no está Jesucristo en el santísimo Sacramento y que no vive ni reina entre los católicos. ¡Hay muchos, por desgracia, que hacen este razonamiento! ¡Es tan grande el número de los necios y de los esclavos que no saben hacer sino lo que ven hacer a otros! …Y, sin embargo, en el mundo católico como en Jerusalén, está la palabra de los profetas, la palabra de los apóstoles y evangelistas que delatan la presencia sacramental de Jesús; sobre la montaña de Dios, visible a todos, está colocada la santa Iglesia, la cual haré emplazado al Ángel de los pastores y a la estrella de los magos; la Iglesia, que es un sol resplandeciente para quien quiera ver su luz; que tiene la voz de Sinaí para quien quiera escuchar su ley; ella nos señala con el dedo el templo santo, el tabernáculo augusto,clamándonos: “¡He aquí el cordero de Dios, el Emmanuel; he aquí a Jesucristo!”.
A su voz, las almas sencillas y rectas se dirigen hacia el tabernáculo, como los reyes magos a Belén; aman la verdad y la buscan con ardor. Esta es vuestra fe, de todos los que aquí estáis: habéis buscado a Jesucristo, le habéis encontrado y le adoráis: ¡sed por ello benditos! Nos dice también el Evangelio que a la voz de los magos, Herodes se turbó y toda Jerusalén con él. Que Herodes se turbase no es extraño, porque era un extranjero y un usurpador, y en aquél que le anuncian ve al verdadero rey de Israel, que le destronará con el tiempo; pero que se turbe Jerusalén al recibir la feliz noticia del nacimiento de aquél que tanto tiempo ha estado esperando, a quien esta ciudad viene saludando desde Abrahán como a su gran patriarca, desde Moisés como a su gran profeta y desde David como a su rey, es lo que no se comprende. ¿Ignoraba el pueblo judío la profecía de Jacob, que designa la tribu de la cual hade nacer; la de David, que señala la familia; la de Miqueas, que designa su pueblo natal, y la de Isaías, que canta su gloria? Y con todos estos testimonios, tan claros y tan precisos, fue necesario que unos gentiles, tan despreciados por los judíos, vinieran a decirles: “¡Vuestro mesías ha nacido! Venimos a adorarle después de vosotros,venimos a asociarnos a vuestra dicha: mostradnos su regia estancia y permitidnos que le ofrezcamos nuestros homenajes”. ¡Ay, este terrible escándalo de los judíos, que se turban por la nueva del nacimiento del mesías, continúa repitiéndose entre los cristianos, por desgracia! ¡Cuántos de éstos tienen miedo a la Iglesia donde reside Jesucristo! ¡Cuántos hay que se oponen a la construcción de un nuevo tabernáculo, de un santuario más…! ¡Cuántos que se azoran al encontrar el santo viático y no pueden soportar la vista de la Hostia sacrosanta! ¿Y por qué razón? ¿Qué motivo les ha dado este Dios oculto? Les da miedo…, porque ellos quieren servir a Herodes y acaso a la infame Herodíades; ésa es la última palabra de este escándalo herodiano, que irá seguido muy presto del odio y de la persecución sangrienta. La segunda prueba de los magos está en la humillación del niño-Dios en Belén. Ellos esperaban encontrar, como era natural, todos los esplendores del cielo y de la tierra alrededor de la cuna del recién nacido. Su imaginación les había hecho ver de antemano estas magnificencias. Habían oído en Jerusalén las glorias predichas por Isaías acerca de Él. Habían visitado, sin duda, aquella maravilla del mundo, es decir, el templo que le había de recibir y, andando elcamino, se dirían: “¿Quién hay semejante a este rey?” 
Quis ut Deus. Pero, ¡oh sorpresa!, ¡qué decepción y qué escándalo para una fe menos arraigada que la suya! Conducidos por la estrella, van al establo, y ¿qué ven allí? Un pobre niño con su joven madre: el niño estaba acostado sobre la paja como el más pobre entre todos los pobres –¿qué digo? – como tierno corderillo que acaba de nacer, reposa en medio de los animales; unas miserables mantitas le protegen un poco contra los rigores del frío. Muy pobre ha de ser su madre para que nazca él en tan humilde lugar. Los pastores ya no están allí para referir las maravillas que han contemplado en el cielo. Belén se muestra indiferente. ¡Oh, Dios mío, qué prueba tan terrible! Los reyes no nacen así…, ¡cuánto menos un rey del cielo! ¡Cuántos habitantes de Belén habían acudido al establo acuciados por el relato de los pastores y habían vuelto incrédulos! ¿Qué harán los reyes magos? Vedles arrodillados, postrados con el más profundo respeto y adorando con la mayor humildad a aquel niño; lloran de alegría al contemplarle. ¡La pobreza que le rodea les causa arrebatos de amor!
Et procidentes adoraverunt eum –Y prosternándose le adoraron (Mt2, 11). ¡Oh Dios, qué inexplicable misterio! ¡Nunca los reyes se abaten así, ni aun en presencia de otros soberanos! Los pastores admiraron al Salvador anunciado por los ángeles, y el evangelista no dice que se arrodillasen ante Él para adorarle. Los magos son los que le rindieron el primer culto, el primer homenaje de adoración pública en Belén, así como fueron sus primeros apóstoles en Jerusalén.¿Qué vieron, pues, los magos en aquel establo, en aquel pesebre y sobre aquel Niño? ¿Lo que vieron? El amor…, un amor inefable, el verdadero amor de Dios a los hombres; vieron a un Dios arrastrado por su amor hasta hacerse pobre para ser el amigo y el hermano del pobre: vieron a un Dios que se hacía débil para consolar al débil y al que se ve abandonado; vieron a un Dios sufriendo para demostrarnos su amor. Esto es lo que vieron los magos y ésta fue la recompensa de su fe, su triunfo sobre esta segunda prueba. La humillación sacramental de Jesús es también la segunda prueba de la fe cristiana. Jesús, en su Sacramento, no ve las más de las veces sino la indiferencia de los suyos, y aun muchas veces su incredulidad y menosprecio. Fijaos en esta triste verdad, que fácilmente podréis comprobar:
Mundus eum non cognovit –el mundo no lo recibió(Jn 1,10). Tal vez se creería en la Eucaristía si a la hora de la consagración se oyeran, como en su nacimiento, los conciertos de los ángeles, o si como en el Jordán se viera el cielo abierto sobre Él, o si brillara su gloria como en el Tabor o, en fin, si se renovara en nuestra presencia alguno de esos milagros que ha obrado el Dios de la Eucaristía a través de los siglos. ¡Pero nada, menos aún que nada! ¡Es la nada de toda la gloria,de todo el poder y de todo el ser divino y humano de Jesucristo; ni siquiera se ve su faz humana, ni se oye su voz, ni se percibe acción alguna suya sensible! La vida es el movimiento, dicen, y el amor al menos se manifiesta por algún signo. Aquí no se nota más que el frío y el silencio de la muerte. ¡Tenéis razón los hombres de la razón pura; los que os tenéis por la gloria de este mundo, los filósofos de los sentidos! Tenéis mil veces razón. La Eucaristía es la muerte o, mejor, el amor que lleva hasta la muerte. Este amor de la muerte es lo que lleva al Salvador atener atado su poder, lo que le hace reducir a la nada su gloria y su Majestad divina y humana para no atemorizar al hombre; el amor de la muerte es lo que induce a Jesús, para no desalentar al hombre, a ocultar sus perfecciones infinitas y su santidad inefable, mostrándose solamente bajo el tenue velo de las santas especies, las cuales le descubren más o menos a nuestra fe, según la pujanza o flojedad de nuestra virtud. Todo esto es para el verdadero cristiano, no el escándalo ni la prueba de su fe, sino la vida y la perfección de su amor. Su fe viva pasa a través de esta pobreza de Jesús y de esta debilidad y apariencia de muerte y llega hasta su santísima alma,consulta con sus pensamientos y sentimientos admirables, y al descubrir su divinidad unida a su sacratísimo cuerpo y oculto bajo las sagradas especies, el cristiano, como los magos, se postra, contempla y adora, arrobado en suaves éxtasis de amor: ¡ha encontrado a Jesús!
Et procedentes adoraverunt eum (Mt 2, 11). Aquí tenéis la prueba y el triunfo de la fe de los magos, y las pruebas y el triunfo de la fe de los cristianos. Examinemos el homenaje de amor de los magos al Dios-niño y el homenaje que nuestro corazón debe rendir también al Dios de la Eucaristía.

II

La fe nos lleva a Jesús; el amor lo encuentra y le adora. ¿Cuáles el amor de los magos adoradores?Es un amor perfecto. El amor se conoce por los tres efectossiguientes, que son propiamente su vida:1.º Se manifiesta por la simpatía. La simpatía de las almas essu lazo de unión, es la ley que regula dos vidas; por ella uno de losamantes se hace semejante a otro: Amor pares facit.
La acción de la simpatía natural, y con más razón de la simpatía sobrenatural con nuestro señor Jesucristo, está en la atracción fuerte, en la transformación uniforme de dos almas en una…, de dos cuerpos en uno: como el fuego convierte y transforma en sí mismo toda materia combustible, así también el cristiano se transforma en Dios por amor de Jesucristo.
Similes ei erimus –seremos semejantes a Él (1 Jn 3, 2). ¿Cómo pudieron concebir tan pronto los magos simpatías por este pequeño Niño que ni habla ni puede revelarles su pensamiento? El amor vio, y el amor se unió al amor. ¿No os lo dice el ver a esos reyes arrodillarse ante el pesebre, y ante animales, y a pesar de un estado tan humillado y humillante para los reyes adorar a este débil Niño, que no puede hacer otra cosa que mirarles? Lo que hacen las palabras tratándose de amigos, lo hace aquí el amor.¿No veis cómo ellos imitan, cuanto es posible, el estado del divino Niño? El amor propende a la imitación, porque es simpático. Aquellos reyes querían rebajarse más, anonadarse y descender hasta las entrañas de la tierra, para adorar mejor, e imitar a Aquél que desde el trono de su gloria se humilló hasta parar en un pesebre, en forma de esclavo. Ellos abrazan la humildad con la cual se desposó el Verbo encarnado; aman la pobreza que el mismo Verbo deificó y el sufrimiento que Él divinizó; el amor, como veis, transforma; produce la identidad de vida; hace sencillos a los reyes, humildes a los sabios y pobres de corazón a los ricos. Los reyes son todo esto a la vez. La simpatía es necesaria a la vida de amor, porque endulza los sacrificios y asegura su constancia; en una palabra, la simpatía es una verdadera prueba de amor y una prenda de su constancia. El amor que no ha llegado a ser simpático es una virtud trabajosa, heroica aveces, pero privada siempre de la alegría y de los encantos de la amistad. Para un cristiano llamado a vivir de amor de Dios resulta necesaria esta simpatía de amor. Ahora bien, en la Eucaristía nuestro señor Jesucristo nos atestigua con dulzura el amor personal que,como a amigos suyos, nos profesa; allí permite que nuestro corazón descanse un poco sobre el suyo, como se lo consintió al Discípulo Amado; allí nos hace gustar, aunque sea como de paso, la dulzura del Maná celestial; allí es donde hace que nuestro corazón experimente la alegría de recibir a su Dios, como Zaqueo; la alegría de recibir a su Salvador, como la Magdalena; de recibir al que constituye su felicidad y su todo, como la Esposa de los Cantares; allí es donde se escapan esos suspiros de amor… ¡Oh, cuán suave sois, Dios mío! ¡Qué bueno y qué tierno eres, Jesús de mi corazón, para los que te reciben con amor! La simpatía del amor no se parará en el goce. Es una hoguera que el Salvador ha encendido en el corazón simpático: Carbo est  Eucharistia quae nos inflammat.
El fuego es activo y todo lo invade. Así también el alma por la acción de la Eucaristía se siente impulsada a exclamar: “¿Qué haré yo, Dios mío, para corresponder a tanto amor?” Y Jesús responde: “Debes imitarme y vivir de mí para mí”. La transformación será fácil. “En la escuela del amor –dice la Imitación de Cristo– no se anda paso a paso…, se corre…, se vuela”: Amans volat, currit (Imit. Lib. III, cap. 5).2.º El amor se manifiesta, en segundo lugar, por su carácter de absoluto en lo que afecta al sentimiento: quiere dominarlo todo, ser dueño único y absoluto del corazón. El amor es uno; tiende a la unidad porque es su esencia absorbe o es absorbido. Esta verdad brilla con todo su esplendor en la adoración de los magos.
Tan pronto como ellos han encontrado al rey-niño, sin atender a la indignidad del lugar, ni a los animales que allí se encuentran y que hacen este lugar más repulsivo; sin pedir prodigios al cielo ni explicaciones a la Madre, y sin examinar siquiera por curiosidad al Niño, caen súbitamente de rodillas y lo adoran profundamente. Ellos le adoran a Él solo; no ven otra cosa más que su infantil persona, ni han tenido otro motivo, fuera de Él, para venir allí. El evangelio no hace mención de los honores que debieron tributar a su santa madre; en presencia del sol todos los demás astros se eclipsan; la adoración es una, como el amor que la inspira. Notémoslo bien: la Eucaristía es el amor de Jesucristo para con el hombre en su grado más elevado, puesto que es, como si dijéramos, la quintaesencia de todos los misterios de su vida, como Salvador. Todo lo que hizo Jesucristo, desde la encarnación hasta la cruz, tiene por objeto el don de la Eucaristía, su unión personal y corporal con cada uno de los cristianos, mediante la Comunión; Jesús veía en la Comunión el medio de comunicarnos todos los tesoros dela pasión, todas las virtudes de su santa humanidad y todos losméritos de su vida. Ved aquí el prodigio del amor: Qui manducat meam carnem, in me manet, et ego in illo –El que come mi carne … permanece en mí y yo en él (Jn 6, 56). Nuestro amor a la Eucaristía debe ser también absoluto si queremos llegar, por nuestra parte, al fin que se propuso en la Comunión, o sea la transformación de nosotros en Él mediante la unión. La Eucaristía debe ser, por consiguiente, la norma de nuestras virtudes, el alma de nuestra piedad, el deseo supremo de nuestra vida,el pensamiento principal y dominante de nuestro corazón y como el lábaro glorioso de nuestros combates y sacrificios. Sin esta unidad de acción no llegaremos nunca a lo absoluto del amor; con ella, nada más dulce, nada más fácil: contamos entonces con todo el poder del hombre y con todo el poder de Dios que actúan de consuno para consolidar el reinado del amor.
 Dilectus meus mihi et ego illi –Mi amado es para mí, y yo para mi amado (Cant. 2, 16).3.º En fin, el amor se manifiesta por las dádivas. Tanta perfección hay en el amor cuanta sea la perfección del don. El escritor sagrado entra en los más explícitos detalles sobre el modo y las circunstancias de los dones ofrecidos por los magos. “Y abriendo –dice– sus tesoros, le ofrecieron oro, incienso y mirra” (Mt 2, 11).El oro, que es el tributo destinado a los reyes; la mirra, que se emplea para honrar la sepultura de los grandes de la tierra, y el incienso, que es el emblema del homenaje debido a Dios. O, más bien, estos tres dones son el homenaje de toda la humanidad representada a los pies del niño-Dios: el oro significa el poder y la riqueza; la mirra, el sufrimiento, y el incienso, la oración. Así, pues, la ley del culto eucarístico empezó en Belén para continuarse perpetuamente en el cenáculo de la Eucaristía. Los reyes comenzaron, y nosotros debemos continuar sus homenajes. Jesús sacramentado necesita oro, porque es Rey de los reyes; necesita oro, porque tiene derecho a un trono más espléndido que el de Salomón;necesita oro para sus vasos sagrados y para su altar. ¿No debe tratarse la Eucaristía con mayor esmero que el arca, hecha de oro purísimo,con el oro que proporciona el pueblo fiel? Jesús eucarístico necesita mirra, no para Sí, puesto que ya consumó su sacrificio sobre la cruz, y la resurrección glorificó su cuerpo divino y su sagrado sepulcro. Mas como se constituyó nuestra víctima perpetua sobre el altar, esta víctima necesita sufrir, lo que no puede hacer sino en nosotros y por nosotros; así encuentra el medio de renovar la sensibilidad, la vida y el mérito de sus sufrimientos en nosotros que somos sus miembros; nosotros le contemplamos y le damos su verdadero carácter actual de víctima inmolada.También se le debe el incienso. El sacerdote se lo ofrece todos los días. Pero quiere además el incienso de nuestras adoraciones para derramar, en cambio, sobre nosotros sus bendiciones y sus gracias. ¡Felices debemos considerarnos de poder compartir por la Eucaristía la dicha de María, de los reyes magos y de los primeros discípulos que obsequiaron con sus dones a Jesucristo! En la Eucaristía se nos ofrece también la ocasión de poder socorrer la pobreza de Belén. Sí; todos los bienes de la gracia y de la gloria nos vienen por conducto de la Eucaristía; todos ellos tienen su origen y su manantial en Belén, convertido en cielo de amor; se acrecentaron durante la vida del Salvador, y todos esos ríos de gracias, de virtudes y méritos desembocaron en el océano del Sacramento adorable, en el cual los tenemos nosotros en toda su plenitud. Asimismo, de la Eucaristía nacen también nuestras obligaciones: el amor de la Eucaristía nos obliga a una generosa correspondencia. Los magos son nuestros modelos y los primeros adoradores; mostrémonos dignos de su excelsa fe en Jesucristo; seamos los herederos de su amor y algún día seremos herederos de su gloria.

***

miércoles, 9 de noviembre de 2011

Las Dos Columnas, sueño de San Juan Bosco

Memorias Biográficas de San Juan Bosco, Tomo VII, págs. 169-171

las dos columnas.El 26 de mayo de 1862 Don Bosco había prometido a sus jóvenes que les narraría algo muy agradable en los últimos días del mes. El 30 de mayo, pues, por la noche les contó una parábola o semejanza según él quiso denominarla. He aquí sus palabras: «Os quiero contar un sueño. Es cierto que el que sueña no razona; con todo, yo que os contaría a Vosotros hasta mis pecados si no temiera que salieran huyendo asustados, o que se cayera la casa, se lo voy a contar para su bien espiritual. Este sueño lo tuve hace algunos días. Figúrense que están conmigo a la orilla del mar, o mejor, sobre un escollo aislado, desde el cual no ven más tierra que la que tienen debajo de los pies. En toda aquella superficie líquida se ve una multitud incontable de naves dispuestas en orden de batalla, cuyas proas terminan en un afilado  espolón de hierro a modo de lanza que hiere y  traspasa todo aquello contra lo cual llega a chocar. Dichas naves están armadas de cañones, cargadas de fusiles y de armas de diferentes clases; de material incendiario y también de libros (televisión, radio, internet, cine, teatro, prensa), y se dirigen contra otra embarcación mucho más grande y más alta, intentando clavarle el espolón, incendiarla o al menos  hacerle el mayor daño posible.
A esta majestuosa nave, provista de todo, hacen escolta numerosas navecillas que de ella reciben las órdenes, realizando las oportunas maniobras para defenderse de la flota enemiga. El viento le es adverso y la agitación del mar favorece a los enemigos. En medio de la inmensidad del mar se levantan, sobre las olas, dos robustas columnas, muy altas, poco distante la una de la otra. Sobre una de ellas campea la estatua de la Virgen Inmaculada, a cuyos pies se ve un amplio cartel con esta inscripción: Auxilium Christianorum. Sobre la otra columna, que es mucho más alta y más gruesa, hay una Hostia de tamaño proporcionado al pedestal y debajo de ella otro cartel con estas palabras: Salus credentium. El comandante supremo de la nave mayor, que es el Romano Pontífice, al apreciar el furor de los enemigos y la situación apurada en que se encuentran sus leales, piensa en convocar a su alrededor a los pilotos de las naves subalternas para celebrar consejo y decidir la conducta a seguir. Todos los pilotos suben a la nave capitaneada y se congregan alrededor del Papa. Celebran consejo; pero al comprobar que el viento arrecia cada vez más y que la tempestad es cada vez más violenta, son enviados a tomar nuevamente el mando de sus naves respectivas.
Restablecida por un momento la calma, el Papa reúne por segunda vez a los pilotos, mientras la nave capitana continúa su curso; pero la borrasca se torna nuevamente espantosa. El Pontífice empuña el timón y todos sus esfuerzos van encaminados a dirigir la nave hacia el espacio existente entre aquellas dos columnas, de cuya parte superior todo en redondo penden numerosas áncoras y gruesas argollas unidas a robustas  cadenas. Las naves enemigas dispónense todas a asaltarla, haciendo lo posible por detener su marcha y por hundirla. Unas con los escritos, otras con los libros, con materiales incendiarios de los que cuentan gran abundancia, materiales que intentan arrojar a bordo; otras con los cañones, con los fusiles, con los espolones: el combate se torna cada vez más encarnizado. Las proas enemigas chocan contra ella violentamente, pero sus esfuerzos y su ímpetu resultan inútiles. En vano reanudan el ataque y gastan energías y municiones: la gigantesca nave prosigue segura y serena su camino. A veces sucede que por efecto de las acometidas de que se le hace objeto, muestra en sus flancos una larga y profunda hendidura; pero apenas producido el daño, sopla un viento suave de las dos columnas y las vías de agua se cierran y las brechas desaparecen.
Disparan entretanto los cañones de los asaltantes, y al hacerlo revientan, se rompen los fusiles, lo mismo que las demás armas y espolones. Muchas naves se abren y se hunden en el mar. Entonces, los enemigos, encendidos de furor comienzan a luchar empleando el arma corta, las manos, los puños, las injurias, las blasfemias, maldiciones, y así continúa el combate. Cuando he aquí que el Papa cae herido gravemente. Inmediatamente los que le acompañan acuden a ayudarle y le levantan. El Pontífice es herido una segunda vez, cae nuevamente y muere. Un grito de victoria y de alegría resuena entre los enemigos; sobre las cubiertas de sus naves reina un júbilo indecible. Pero apenas muerto el Pontífice, otro ocupa el puesto vacante. Los pilotos reunidos lo han elegido  inmediatamente; de suerte que la noticia de la muerte del Papa llega con la de la elección de su sucesor. Los enemigos comienzan a desanimarse. El nuevo Pontífice, venciendo y superando todos los obstáculos, guía la nave hacia las dos columnas, y al llegar al espacio comprendido entre ambas, la amarra con una cadena que pende de la proa a un áncora de la columna que ostenta la Hostia; y con otra cadena que pende de la popa la sujeta de la parte opuesta a otra áncora colgada de la columna que sirve de pedestal a la Virgen Inmaculada. Entonces se produce una gran confusión.
Todas las naves que hasta aquel  momento habían luchado contra la embarcación capitaneada por el Papa, se dan a la huida, se dispersan, chocan entre sí y se destruyen mutuamente. Unas al hundirse procuran hundir a las demás. Otras navecillas que han combatido valerosamente a las órdenes del Papa, son las primeras en llegar a las columnas donde quedan amarradas. Otras naves, que por miedo al combate se habían retirado y que se encuentran muy distantes, continúan observando prudentemente los acontecimientos, hasta que, al desaparecer en los abismos del mar los restos de las naves destruidas, bogan aceleradamente hacia las dos columnas, llegando a las cuales se aseguran a los garfios pendientes de las mismas y allí permanecen tranquilas y seguras, en compañía de la nave capitana ocupada por el Papa. En el mar reina una calma absoluta. Al llegar a este punto del relato, San Juan Bosco preguntó a Beato Miguel Rúa: —¿Qué piensas de esta narración? Beato Miguel Rúa contestó: —Me parece que la nave del Papa es la Iglesia de la que es Cabeza: las otras naves representan a los hombres y el mar al mundo. Los que defienden a la embarcación del Pontífice son los leales a la Santa Sede; los otros, sus enemigos, que con toda suerte de armas intentan aniquilarla.
Las dos columnas salvadoras me parece que son la devoción a María Santísima y al Santísimo Sacramento de la Eucaristía. Beato Miguel Rúa no hizo referencia al Papa caído y muerto y San Juan Bosco nada dijo tampoco sobre este particular. Solamente añadió: —Has dicho bien. Solamente habría que corregir una expresión. Las naves de los enemigos son las persecuciones. Se preparan días difíciles para la Iglesia. Lo que hasta ahora ha sucedido es casi nada en comparación a lo que tiene que suceder. Los enemigos de la Iglesia están representados por las naves que intentan hundir la nave principal y aniquilarla si pudiesen. ¡Sólo quedan dos medios para salvarse en medio de tanto desconcierto! Devoción a María Santísima. Frecuencia de Sacramentos: Comunión frecuente, empleando todos los recursos para practicarlos nosotros y para hacerlos practicar a los demás siempre y en todo momento. ¡Buenas noches! Las conjeturas que hicieron los jóvenes sobre este sueño fueron muchísimas, especialmente en lo referente al Papa; pero Don Bosco no añadió ninguna otra explicación. Cuarenta y ocho años después —en A.D. 1907— el antiguo alumno, canónigo Don Juan Ma. Bourlot, recordaba perfectamente las palabras de San Juan Bosco. Hemos de concluir diciendo que César Chiala y  sus compañeros, consideraron este sueño como una verdadera visión o profecía.

jueves, 3 de noviembre de 2011

La Mala Confesión

La Mala Confesión

 
EJEMPLOS DE VARIOS ESTADOSSan Antonio Mª Claret
 
Hasta ahora te he propuesto, amado cristiano, el camino que debes seguir y el modo de poderte levantar, si por desgracia cayeres, que es el sacramento de la Penitencia. Exige, sin embargo, este Sacramento mucha disposición para acercarse a él debidamente, porque, de otra suerte, en lugar de levantarte te hundirás más en la iniquidad, añadiendo a tus pecados el peso enorme del sacrilegio; y si así, mal confesado, te acercases a la sagrada Mesa, ¡ay de ti!, ¡qué otra nueva maldad cometerías! Te harías reo del Cuerpo y Sangre de Jesucristo, y te tragarías, como dice San Pablo, la condenación. A fin, pues, de apartarte de tan enorme delito, voy a referirte algunos ejemplos de varios estados, copiados de San Ligorio en su libro titulado Instrucción al pueblo.

1.º Ejemplo de un hombre que hacía malas confesiones, y después, cuando quiso confesarse debidamente, no pudo; porque bien lo expresa el mismo Dios cuando dice: Me buscaréis y no me hallaréis y moriréis en vuestro pecado. Dice San Ligorio que en los anales de los Padres Capuchinos se refiere de uno que era tenido por persona de virtud, pero se confesaba mal. Habiendo enfermado de gravedad, fue advertido para confesarse, e hizo llamar a cierto Padre, al cual dijo desde luego: -Padre mío: Decid que me he confesado, mas yo no quiero confesarme. -¿Y por qué?, replicó admirado el Padre. –Porque estoy condenado-respondió el enfermo-, pues no habiéndome nunca confesado enteramente de mis pecados, Dios, en castigó, me priva ahora de poderme confesar bien. Dicho esto comenzó a dar terribles aullidos y a despedazarse la lengua, diciendo: -¡Maldita lengua, que no quisiste confesar los pecados cuando podías! Y así, haciéndose pedazos la lengua y aullando horriblemente, entregó el alma al demonio, y su cadáver quedó negro como un carbón y se oyó un rumor espantoso, acompañado de un hedor intolerable.
2.º Ejemplo de una doncella, que murió también impenitente y desesperada. –Cuenta el Padre Martín del Río que en la provincia del Perú había una joven india llamada Catalina, la cual servía a una buena señora que la redujo a ser bautizada y a frecuentar los Sacramentos. Confesábase a menudo, pero callaba pecados. Llegado el trance de la muerte se confesó nueve veces, pero siempre sacrílegamente, y acabadas las confesiones, decía a sus compañeras que callaba pecados; éstas lo dijeron a la señora, la cual sabía ya por su misma criada moribunda que estos pecados eran algunas impurezas. Avesí, pues, al confesor, el cual volvió para exhortar a la enferma a que se confesase de todo; pero Catalina se obstinó en no querer decir aquellas sus culpas al confesor, y llegó a tal grado de desesperación, que dijo por último: -Padre, dejadme, no os canséis más porque perderéis el tiempo y volviéndose de espaldas al confesor se puso a cantar canciones profanas. Estando para expirar y exhortándola sus compañeras a que tomase el Crucifijo, respondió: -¡Qué Crucifijo, ni Crucifijo! No le conozco ni le quiero conocer. Y así murió. Desde aquella noche empezaron a sentirse tales ruidos y fetidez, que la señora se vio obligada a mudar de casa, y después se apareció Catalina, ya condenada, a una compañera suya, diciendo que estaba en los infiernos por sus malas confesiones.
3.º Ejemplo de un joven. –En este ejemplo se deja ver claramente aquel principio: o confesión o condenación para el que ha pecado mortalmente, y que todas las obras buenas y penitencias, sin preceder la confesión, de nada sirven para salir del miserable estado de la culpa, a no ser que se tenga un deseo eficaz y verdadero de confesarse, si entonces no se puede. La razón es evidente: el pecado mortal tiene una malicia infinita; para curar esta llaga infinita es absolutamente necesario un remedio infinito; este remedio infinito son los méritos de Jesucristo aplicados por medio de los Sacramentos; resulta, pues, que si pudiéndose recibir los Sacramentos no se reciben, o a lo menos no se desean eficazmente recibir para cuando se pueda jamás se alcanza el remedio, como desgraciadamente sucedió al infeliz Pelagio.
Cuéntase en la crónica de San Benito de un cierto ermitaño llamado Pelagio, que, puesto por sus padres a guardar ganados, todos le daban el nombre de santo, y así vivió por muchos años. Muertos sus padres, vendió todos aquellos cortos haberes que le habían dejado, y se puso a ermitaño. Una vez, por desgracia, consintió en un pensamiento de impureza. Caído en el pecado viose abismado en una melancolía profunda, porque el infeliz no quería confesarlo para no perder el concepto de santidad. Durante esta obstinación pasó un peregrino que le dijo: -Pelagio, confiésate, que Dios te perdonará y recobrarás la paz que perdiste, y desapareció. Después de esto resolvió Pelagio hacer penitencia de su pecado, pero sin confesarlo, lisonjeándose de que Dios quizá se lo perdonaría sin la confesión. Entró en un monasterio, en donde fue al momento muy bien recibido por su buena fama, y allí llevó una vida áspera mortificándose con ayunos y penitencias. Vino finalmente la muerte, y confesóse por última vez; más así como por rubor había dejado en vida de confesar su pecado, así lo dejó también en la muerte. Recibió el Viático, murió y fue sepultado en el mismo concepto de santo. En la noche siguiente, el sacristán encontró el cuerpo de Pelagio sobre la sepultura; lo sepultó de nuevo; mas tanto en la segunda como en la tercera noche, lo halló siempre insepulto, de manera que dio aviso al Abad, el cual, unido con los otros monjes, dijo: “Pelagio, tú que fuiste obediente en vida, obedece también después de la muerte; dime de parte de Dios: ¿Es quizá su divina voluntad que tu cuerpo se coloque en lugar reservado?” Y el difunto, dando un aullido espantoso, respondió: -¡Ay de mí, que estoy condenado por una culpa que dejé de confesar; mira, Abad, mi cuerpo! Y al instante apareció su cuerpo como un hierro encendido, que centelleaba horriblemente. Al punto echaron todos a huir; pero Pelagio llamó al Abad para que le quitase de la boca la partícula consagrada que aún tenía. Hecho esto, dijo Pelagio que le sacasen de la iglesia y le arrojasen a un muladar, y así se ejecutó.
4.º Ejemplo de la hija de un rey de Inglaterra: este caso es muy semejante al que antecede. –Refiere el P. Francisco Rodríguez que en Inglaterra, cuando allí dominaba la religión católica: el rey Auguberto tenía una hija de tan rara hermosura que fue pedida por muchos príncipes. Preguntada por el padre si quería casarse respondió que había hecho voto de perpetua castidad. Pedio su padre la dispensa de Roma, pero ella permanecía firme en no aceptarla, diciendo que no quería otro esposo que a Jesucristo; tan sólo pidió a su padre que la dejase vivir retirada en una casa solitaria, y como el padre la amaba, trató de no disgustarla, asegurándole una pensión cual a su rango convenía. Luego que estuvo en su retiro, se puso a hacer una vida santa de ayunos, oraciones y penitencias; frecuentaba los Sacramentos y asistía muy a menudo a un hospital para servir a los enfermos. Llevando tal género de vida, y joven todavía, cayó enferma y murió. Cierta señora que había sido su aya, haciendo oración una noche, oyó un gran estrépito, y vio luego un alma en figura de mujer en medio de un gran fuego y encadenada por muchos demonios, la cual le dijo: “Has de saber que yo soy la desdichada hija de Auguberto.” “¡Cómo!”, respondió la aya, “¿tú condenada después de una vida tan santa?” “Justamente soy condenada por mi culpa”, has de saber que siendo niña gustaba que uno de mis pajes, a quien tenía afición, me leyese algún libro. Una vez este paje, después de la lectura, me tomó la mano y me la besó. Empezó a tentarme el demonio, hasta que finalmente con él mismo ofendí a Dios. Fui a confesarme; empecé a decir mi pecado, y mi indiscreto confesor me interrumpió: “¡Cómo! ¿Esto hace una reina?” Entonces yo, por vergüenza, dije que había sido un sueño. Empecé después a hacer penitencias y limosnas, a fin de que Dios me perdonase, pero sin confesarme. Estando para morir dije al confesor que yo había sido una gran pecadora; respondiome el confesor que debía desechar aquel pensamiento como una tentación; después expiré, y ahora me veo condenada por toda una eternidad.” Y diciendo esto desapareció con tal estruendo, que parecía que se hundía el mundo, dejando en aquel aposento tal hediondez, que duró por muchos días.
Si esta infeliz se hubiese acercado debidamente al Sacramento de la Penitencia, cantaría al Señor cánticos de alabanza en el cielo; mas ahora, por su despreciable y maldita vergüenza, sirve de tizón en el infierno… ¡Y cuántas personas hay de todo estado, sexo y condición que experimentarán igual castigo si no acuden contritas a este Sacramento!
5.º Ejemplo de una casada, muy parecido al antecedente; también lo refiere San Ligorio. –Cuenta el P. Serafín Razzi que en una ciudad de Italia había una noble señora casada que era tenida por santa. A punto de morir, recibió todos los Sacramentos, dejando muy buena fama de su virtud. Su hija rogaba de continuo a Dios por el descanso de su alma. Cierto día, estando en oración, oyó un gran ruido a la puerta; volvió la vista y vio la horrible figura de un cerdo de fuego, que exhalaba un hedor insufrible, y tal fue su terror, que se hubiera tirado por la ventana; mas la detuvo una voz que le dijo: “Hija, detente; yo soy tu desventurada madre, a quien tenían por santa; mas por los pecados que cometí con tu padre, y que por rubor nunca confesé, Dios me ha condenado al infierno; no ruegues, pues, más a Dios por mí, porque me das mayor tormento.” Y dicho esto, bramando, desapareció.

Tal vez, amado cristiano, preguntaras: ¿Es posible que un alma condenada aparezca? A esto te responderé que sí, y para sacarte de la duda quiero explicarte las razones. Escúchame, pues, y vamos por partes: “¿Tú bien crees en las santas Escrituras y en el Credo?” “Cierto que si” me contestarás, o de lo contrario te diría que eres un hereje. Pues de la Escrituras y del Credo, consta que nuestra alma es inmortal. La razón natural nos está clamando que es preciso que sobreviva al cuerpo nuestra alma, para que el pecador pueda recibir de Dios el castigo de sus pecados, que no recibió en este mundo; y el justo, el merecido premio de sus virtudes; de otra suerte, Dios no sería justo. Y se presenta esto tan claro, que aun el mismo Rousseau lo confesó diciendo: “Aunque no existiesen otras pruebas de la inmortalidad de nuestra alma que el triunfo del mal y la opresión de la virtud acá en la tierra, ésta sólo me quitaría cualquier duda que tuviese de ella.” También sabes y crees, según el Credo, en la Remisión de los pecados, es decir que por muchos pecados que haya cometido una persona, si se confiesa bien de ellos, le quedan todos perdonados; pero si se muere sin haberse confesado debidamente, basta un solo pecado mortal para quedar condenado eternamente. Y así como la bien ordenada justicia de la tierra (que es una participación de la justicia del cielo) tiene cárceles y suplicios para encerrar y castigar a los malhechores, también la justicia del cielo tiene cárceles y suplicios en el purgatorio e infierno para los que mueren en pecado o no del todo purificados. Sentados estos principios, valgámonos de una semejanza: ¿Has visto u oído referir que a veces el juez o el tribunal decreta que uno de los presos sea expuesto a la vergüenza y que otro sea azotado por los parajes más públicos? Y no todos los demás presos han de salir a la vergüenza, ni cuando sale aquél lo ven todos los habitantes del mundo, ni aun todos los de aquella ciudad por donde es paseado, sino algunos. Aplica ahora la semejanza: Dios Nuestro Señor, Juez supremo y dueño absoluto de vivos y muertos, en cualquier hora puede ordenar, y algunas veces ha ordenado, que algunos de los encerrados en las mazmorras del infierno, para confusión suya y escarmiento y utilidad nuestra, salgan de aquella cárcel y se aparezcan del modo más conforme al fin por el cual les manda aparecer. Y cuando aparecen no es menester que todo el mundo los vea; basta lo vean algunos y éstos participen a los demás, para que, escarmentando todos en cabeza ajena, pongan un grande y especial cuidado en no hacer malas confesiones, y para que por medio de una confesión general, acompañada de un verdadero dolor y firme propósito, se enmienden y hagan de nuevo todas las mal hechas, para no tener que experimentar después la misma desgraciada suerte. Este es el fruto y utilidad que debes sacar de este y otros ejemplos.
6.º Ejemplo de una señora que por muchos años calló en la confesión un pecado deshonesto. –Refiere San Ligorio, y más particularmente el P. Antonio Caroccio, que pasaron por el país en que vivía esta señora dos religiosos, y ella, que siempre esperaba confesor forastero, rogó a uno de ellos que la oyese en confesión, y se confesó. Luego que hubieron partido los Padres, el compañero dijo a aquel confesor haber visto que mientras aquella señora se confesaba, salían muchas culebras de su boca, y que una serpiente enorme había dejado ver fuera su cabeza; mas de nuevo se había vuelto dentro, y entonces vio entrar tras de ella todas las culebras que habían salido. Sospechando el confesor lo que aquello significaba, volvió al pueblo y a la casa de aquella señora, y le dijeron que al momento de entrar en la sala había muerto de repente. Por tres días consecutivos ayunaron y rogaron a Dios por ella, suplicando al Señor les manifestase aquel caso. Al tercer día se les apareció la infeliz señora, condenada y montada sobre un demonio en figura de un dragón horrible, con dos serpientes enroscadas al cuello, que la ahogaban y le comían los pechos; una víbora en la cabeza, dos sapos en los ojos, flechas encendidas en las orejas, llamas de fuego en la boca, y dos perros rabiosos que le mordían y le comían las manos, y dando un triste y espantoso gemido, dijo: “Yo soy la desventurada señora que usted confesó hace tres días; a medida que iba confesando mis pecados, iban saliendo como animales inmundos por mi boca, y aquella serpiente que el compañero de usted vio asomar la cabeza y volverse dentro, era figura de un pecado deshonesto que siempre había callado por vergüenza; quería confesarlo con usted, pero tampoco me atreví: por esto volvió a entrar dentro y con él todos los demás que habían salido. Cansado ya Dios de tanto esperarme, me quitó de repente la vida y me precipitó al infierno, en donde estoy atormentada por los demonios en figuras de horribles animales. La víbora me atormenta la cabeza por mi soberbia y demasiado cuidado en componerme los cabellos; los sapos me cierran los ojos, por las miradas lascivas; las flechas encendidas me lastiman las orejas, por haber escuchado murmuraciones, palabras y canciones obscenas; el fuego me abrasa la boca, por las murmuraciones y besos torpes; tengo las serpientes enroscadas al cuello que me comen los pechos, por haberlos llevado de un modo provocativo, por lo escotado de mis vestidos y por los abrazos deshonestos; los perros me comen las manos, por mis malas obras y tocamientos feos; pero lo que más me atormenta es el formidable dragón en que voy montada, que me abrasa las entrañas, y es en castigo de mis pecados impuros. ¡Ah, que no hay remedio ni misericordia para mí, sino tormentos y pena eterna! ¡Ay de las mujeres! –añadió-, que se condenan muchas de ellas por cuatro géneros de pecados: por pecados de impureza, por galas y adornos, por hechicerías y por callar los pecados en la confesión; los hombres se condenan por toda clase de pecados; pero las mujeres, principalmente por los cuatro.” Dicho esto, se abrió la tierra y se hundió esta desdichada hasta el profundo del infierno, en donde padece y padecerá por toda una eternidad.
Haz reflexión, cristiano, y entiende cómo Dios Nuestro Señor mandó salir a esta infeliz señora de la cárcel del infierno y que pasase por la vergüenza, para que los mortales supiesen la muerte que les esperaba si pecan y no se confiesan bien. Ojala sacases tú de la lectura de este ejemplo el fruto que otros han sacado, haciendo una buena confesión y enmendándote del todo. Un autor dice que este caso ha convertido más gente que doscientas cuaresmas. El misionero P. Jaime Corella hizo voto de predicarlo en todas las misiones, por el grande provecho que causaba a los fieles. Hasta un Prelado hizo una fundación para que en ciertos tiempos del año se predicase o se leyese este caso en la iglesia. Mas, ¡ay de ti si no te aprovechas de él! ¡Ay de ti si no confiesas todos tus pecados! ¡Ay de ti si, mal preparado, vas a recibir la sagrada Eucaristía! Mejor fuera que no hubieses nacido.

Del Camino Recto y Seguro para llegar al Cielo. 
Fuente: Cruxetgladius.blogspot