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sábado, 13 de diciembre de 2014

El Verdadero Tercer Secreto de Fátima Revelado

El Verdadero Tercer Secreto de Fátima Revelado



 


 El verdadero Tercer Secreto habla de la Crisis de la Fe y de la Apostasía del Clero desencadenada globalmente luego del Concilio Vaticano II, y del Gran Castigo que Dios infrigirá si no se acatan las directivas del Cielo.

domingo, 30 de noviembre de 2014

Conmemoración del 109º aniversario del natalicio de Mons. Marcel Lefebvre

Conmemoración del 109º aniversario del natalicio de Mons. Marcel Lefebvre

Marcel Lafebvre nació en Tourcoing, una ciudad francesa cercana a la frontera belga, el 29 de noviembre de 1905. Hijo de un matrimonio piadoso formado por un fabricante textil llamado René Lefebvre y su mujer Gabrielle, Marcel es el tercero de ocho hermanos, cinco de los cuales entraron en religión.

Con motivo del 109º aniversario de su natalicio, compartimos la siguiente oración de uso privado.




jueves, 27 de noviembre de 2014

Al servicio de la Santa Iglesia Católica Apostólica Romana


21 de noviembre 1974 , hace 40 años , el arzobispo Marcel Lefebvre fue esta declaración que se convirtió en el credo de la Sociedad de San Pío X :

Nos adherimos de todo corazón, con toda nuestra alma a la Roma Católica, guardiana de la fe católica y a las tradiciones necesarias para mantener esta fe, a la Roma eterna, maestra de sabiduría y de verdad. Al contrario, nosotros rechazamos  seguir a la Roma de tendencia neo-modernista y neo-protestante que se manifiesta claramente en el concilio Vaticano II y después del concilio en todas las reformas que de él provienen (…) Ninguna autoridad, incluso la más elevada en la jerarquía, nos puede obligar a abandonar o a disminuir nuestra fe católica claramente expresada y profesada por el magisterio de la Iglesia durante diecinueve siglos. Si sucediera, dice san Pablo, que nosotros mismos o un Ángel venido del cielo les enseña otra cosa que lo que os he enseñado, sea anatema

Y el fundador de Ecône añadió : "La única actitud de fidelidad a la Iglesia y a la doctrina católica , para nuestra salvación, es la negativa de aceptación de la Reforma. Es por ello que sin ninguna rebelión , ninguna amargura , ni resentimientos continuamos nuestro trabajo de formación sacerdotal bajo el magisterio de la estrella siempre seguros de que podemos hacer un mayor servicio a la Santa Iglesia Católica , el Sumo Pontífice y las generaciones futuras . »

El 21 de noviembre de 2014, 40 años después, el Superior General escribió a amigos y benefactores de la Sociedad de San Pío X : " Si por un lado la visión de la Iglesia desfigurado nos entristece profundamente , por el otro, todos cantamos día el Magníficat por las maravillas que el Todopoderoso todavía permite que nos demos cuenta . " Y mencionar : el 200 seminaristas , pre -seminaristas cuarentena en seis seminarios en cuatro continentes . " En los Estados Unidos, su creciente número nos obliga a construir una nueva , Virginia ... Añadir a este edificio muchas iglesias , en todo el mundo , lo que refleja el dinamismo de la fe . Sí, en efecto , la fe puede mover montañas ! »

Este es el servicio con la ayuda del trabajo del arzobispo Lefebvre de Dios intenta rendir fielmente " la Santa Iglesia Católica , el Sumo Pontífice y de las generaciones futuras. "

domingo, 29 de diciembre de 2013

FSSPX Distrito Sudamérica - Llamamiento del Padre Bouchacourt a participar en la Cruzada de Rosario convocada por Mons. Fellay



 ¡ADELANTE CON LA CRUZADA!


    “La Santísima Virgen, en estos últimos tiempos en los que vivimos, ha dado una eficacia nueva al rezo del rosario. De tal manera que ahora no hay problema, por más difícil que sea, ya sea temporal o, sobre todo, espiritual, ora se refiera a la vida personal de cada uno de nosotros, de nuestras familias del mundo o de las comunidades religiosas, o al bien de los pueblos y naciones; no hay problema, repito, por más difícil que sea, que no podamos resolver con el rezo del santo rosario. Con el santo rosario nos salvaremos, nos santificaremos, consolaremos a Nuestro Señor y obtendremos la salvación de muchas almas. Finalmente, (el otro medio que salvará al mundo es) la devoción al Inmaculado Corazón de María, nuestra Santísima Madre, considerándola como la sede de la misericordia, de la bondad y del perdón, y la puerta más segura para entrar al cielo”.(1)

    Estas palabras de Sor Lucía, la vidente de Fátima, nos llaman a responder generosamente a la nueva cruzada convocada por Mons. Fellay, Superior General de la Fraternidad San Pío X. En efecto, desgraciadamente la jerarquía de la Iglesia parece estar como anestesiada, hipnotizada, enceguecida, paralizada y favoreciendo la apostasía que se extiende por todo el mundo. Sor Lucía hacía esta comprobación: “No esperemos que de Roma venga un llamado a la penitencia del Santo Padre; tampoco esperemos que provenga de nuestros obispos en sus diócesis ni de las congregaciones religiosas. ¡No! Nuestro Señor ya se ha servido muy a menudo de estos medios y el mundo no le ha prestado atención. Por eso es necesario que cada uno de nosotros comience por sí mismo su propia reforma espiritual. Cada uno debe salvar no sólo su alma sino también todas las almas que Dios ha puesto en su camino”(2)

    La Fraternidad San Pío X, a pedido de su Superior General, quiere responder a la llamada instante del Corazón Inmaculado de María, último recurso en estos tiempos difíciles. Como David frente a Goliat, animados de un profundo amor a las almas y a la Iglesia, junto a todos los hombres y mujeres de buena voluntad, por medio de esta cruzada queremos suplicar que el Corazón Inmaculado venga a socorrernos.

    Queremos que el Papa restaure la santa Tradición en la Iglesia: ¡recemos el rosario!

    Queremos santos obispos, santos sacerdotes, santas vocaciones religiosas y sacerdotales: ¡recemos el rosario!

    Queremos que Dios bendiga las obras de la Tradición, nuestras familias, nuestras comunidades, nuestras capillas, y que las guarde en la unidad de la verdad: ¡recemos el rosario!

    Queremos salvar nuestras almas, las de nuestros seres queridos y la conversión de los pecadores: ¡recemos el rosario!

    Queremos el triunfo del Corazón Inmaculado de María a través de la consagración de Rusia: ¡recemos el rosario!


    Estas intenciones, caras a todo católico, están comprendidas en la convocatoria a esta cruzada de rosarios.

    Como dijo Sor Lucía, tengamos confianza en la eficacia del rezo cotidiano del rosario pedido por Nuestra Señora durante cada una de sus apariciones en Fátima.

    Al rosario, como nos invita Mons. Fellay, añadamos la penitencia, sobre todo en lo que se refiere al cumplimiento de nuestro deber de estado “en unión con el Santo Sacrificio de la Misa”, que nos hará agradables a Dios y atraerá su mirada misericordiosa sobre nuestra angustia. A vista humana el futuro de la Iglesia y del mundo parece muy sombrío; pero con la ayuda de Dios y del Corazón Inmaculado de María, la santa esperanza no puede abandonarnos. Esta cruzada también reafirmará nuestra fe y nuestra caridad. Estando al alcance de todos, ¡a todos les concierne! No prestemos oídos a los disconformes de siempre y a los desesperados, que con su celo amargo hacen el juego a los enemigos de la Iglesia y de la Tradición.

    Con coraje, grandes y pequeños, respondamos todos con generosidad a esta cruzada desde el 1º de enero hasta el día de Pentecostés, por el honor de Dios, el de su Santa Madre, por el bien de la Santa Iglesia y de las almas. ¡Que Dios los bendiga!


Padre Christian Bouchacourt
Superior de Distrito de América del Sur

    NOTAS:
    (1) Entrevista de Sor Lucía con el Padre Fuentes, 26 de diciembre de 1957.
    (2) Ibid.

Cruzada del Rosario 2014 FSSPX

OBJETIVO: CINCO MILLONES DE ROSARIOS
1) Para implorar una protección especial del Corazón Inmaculado de María sobre las obras de la Tradición.
2) Por el retorno de Roma a la Tradición católica.
3) Por el triunfo del Corazón Inmaculado de María mediante la consagración de Rusia.
 
MEDIOS
1) Oración y penitencias pedidos en Fátima.
2) Santificación por el deber de estado.
3) Espíritu de sacrificio en unión al Santo Sacrificio de la Misa.
 
PARA PARTICIPAR DE ESTA CRUZADA
Deje el detalle de sus Rosarios en su centro de Misa, o bien escríbanos dejándonos sus coronas a la siguiente dirección de correo electrónico:
 
Descargue aquí sus planillas para los seis meses de la Cruzada
 
 

domingo, 22 de diciembre de 2013

VIDEO: MISA PONTIFICAL CELEBRADA POR MONS. MARCEL LEFEBVRE - FIESTA DE CRISTO REY

MISA PONTIFICAL CELEBRADA POR MONSEÑOR MARCEL LEFEBVRE

Misa Pontifical en la Iglesia de Saint-Nicholas du Chardonnet, celebrada por Mons. Marcel Lefebvre el 28 de octubre de 1990, en ocación del décimo aniversario del Instituto Universitario San Pio X. Se observa a Monseñor Lefebvre en buena forma cuatro meses antes de su muerte acaecída el 25 de marzo de 1991. Podemos escuchar la voz del buen pastor defendiendo la Doctrina de la Realeza Social de Nuestro Señor Jesucristo.

CRUZADA DEL ROSARIO 2014

CRUZADA DEL ROSARIO 2014



jueves, 19 de diciembre de 2013

ADVERTENCIA DE LEÓN XIII SOBRE EL LENGUAJE DE LOS CATÓLICOS


“No se puede aprobar en los escritos de los católicos un lenguaje que, inspirándose en un espíritu de malsanas novedades, parece ridiculizar la piedad de los fieles y que habla de orden nuevo, de nueva vida cristiana,de nuevas doctrinas de la Iglesia,de nuevas necesidades del alma cristiana, de nueva vocación social del clero, de nuevo humanismo cristiano y de otras cosas del mismo género”

(Istruzione dalla Sacra Congregazione degli Affari Ecclesiastici Straordinari sulla azione popolare cristiana e democrático-cristiana in Italia,27 de enero de 1902)

Evangelii Gaudium – Dolor Fidelium “La alegría del Evangelio”, el dolor de los fieles. - R.P. Franz Schmidberger

Evangelii Gaudium – Dolor Fidelium
“La alegría del Evangelio”,
el dolor de los fieles

 

       Para concluir el año de la Fe, el Santo Padre, el Papa Francisco, publicó la Exhortación apostólica “Evangelii Gaudium” sobre la predicación del Evangelio en el mundo de hoy. Debido a su extensión –289 puntos–, este documento requiere de parte del lector y del teólogo un gran esfuerzo para estudiarlo correctamente. Se hubiera podido decir más con menos palabras. Las siguientes líneas tratarán de proporcionar un primer resumen de la obra, seguramente incompleto.
I
1) La ocasión del documento es el Sínodo de los obispos que se llevó a cabo el año pasado desde el 7 hasta el 28 de octubre, sobre el tema de la nueva evangelización: “Acepté con gusto el pedido de los Padres sinodales de redactar esta Exhortación” (nº 16). Al mismo tiempo este documento fue presentado por el nuevo pontífice como una suerte de directorio. Esta doble finalidad y la prolijidad del Papa tienen por consecuencia que este documento no presenta estructuras claras. Le falta precisión, rigor y claridad. Así por ejemplo, se dedica un largo pasaje a la situación económica del mundo contemporáneo y un poco más adelante se destaca la importancia de la predicación, llegando a proporcionar los detalles de su preparación. Varias veces se plantea la cuestión de la descentralización de la Iglesia; a su vez se tratan abundantemente las cuestiones ecuménicas e interreligiosas. El documento, además, no está desprovisto de contradicciones: el Papa precisará de este modo que no se trata de una encíclica social, pero seguidamente se exponen las condiciones económicas siguiendo un modelo similar al que usaron las encíclicas de los Papas anteriores.
2) El Papa Francisco habla de la Iglesia como si, hasta el día de hoy, no hubiera transmitido el Evangelio o lo hubiera hecho de una manera imperfecta. Él lamenta una actitud despreocupada, letárgica y cerrada. Esta reprimenda constante nos toca y genera disgusto. Se tiene la impresión de que, hasta ahora, pocas cosas se hicieron para la transmisión de la fe y del Evangelio. Sus comentarios siempre van acompañados de una referencia a su propia persona. El uso de la primera persona del singular (yo) se encuentra nada menos que 184 veces en el documento, y no se cuentan las palabras “mi” o “mí”. La palabra de Dios en el Apocalipsis se presenta casi automáticamente a nuestra mente: “Ecce nova facio omnia: He aquí que yo renuevo todas las cosas” (Apoc. 21, 5).
3) El documento encierra sin duda varias consideraciones positivas, que no se pueden silenciar. Mencionemos algunas:
En el nº 7 se dice: “la sociedad tecnológica ha logrado multiplicar las ocasiones de placer, pero encuentra muy difícil engendrar la alegría”. ¡Cuánto acierto en esta comprobación!
En el nº 22 se lee: “La Palabra tiene en sí una potencialidad que no podemos predecir. El Evangelio habla de una semilla que, una vez sembrada, crece por sí sola también cuando el agricultor duerme (cf. Mc 4,26-29).” La acción de la gracia supera, efectivamente, todos los cálculos humanos.
En el nº 25 se recuerda que “Ya no nos sirve una simple administración”. ¡Dios quiera que los obispos y los sacerdotes valoren esta palabra y abandonen las comisiones, los comités, los foros y la vasta burocracia para obrar en verdaderos teólogos y pastores!
El nº 37 nos ofrece un hermosísimo párrafo, con una larga cita de la Suma teológica de Santo Tomás de Aquino. No podemos dejar de citar ese punto en su integralidad: “Santo Tomás de Aquino enseñaba que en el mensaje moral de la Iglesia también hay una jerarquía, en las virtudes y en los actos que de ellas proceden (S. Th. I-II, q. 66, a. 4-6). Allí lo que cuenta es ante todo «la fe que se hace activa por la caridad» (Gálatas 5, 6). Las obras de amor al prójimo son la manifestación externa más perfecta de la gracia interior del Espíritu: «La principalidad de la ley nueva está en la gracia del Espíritu Santo, que se manifiesta en la fe que obra por el amor» (S. Th. I-II, q. 108, a. 1). Por ello explica que, en cuanto al obrar exterior, la misericordia es la mayor de todas las virtudes: «En sí misma la misericordia es la más grande de las virtudes, ya que a ella pertenece volcarse en otros y, más aún, socorrer sus deficiencias. Esto es peculiar del superior, y por eso se tiene como propio de Dios tener misericordia, en la cual resplandece su omnipotencia de modo máximo»” (S. Th. II-II, q. 30, a. 4.; cf. ibid. q. 40, a.4, ad 1.).”
En el nº 42 el Papa insiste sobre el hecho que la predicación debe, antes que nada, tocar los corazones: “Por ello, cabe recordar que todo adoctrinamiento ha de situarse en la actitud evangelizadora que despierte la adhesión del corazón con la cercanía, el amor y el testimonio.”
Del nº 52 hasta el nº 76, trata de los aspectos económicos y pone de manifiesto puntos interesantes. Se condena fuertemente el capitalismo desenfrenado, que no es sino “el resultado de una reacción humana frente a la sociedad materialista, consumista e individualista” (nº 63). “El individualismo posmoderno y globalizado favorece un estilo de vida que debilita el desarrollo y la estabilidad de los vínculos entre las personas, y que desnaturaliza los vínculos familiares” (nº 67). Y el Papa concluye en el nº 69 que es imperativo “evangelizar las culturas para inculturar el Evangelio”, es decir que el Evangelio debe arraigarse en la sociedad y en la vida de los pueblos. Pero ¿por qué no habla allí, como lo hicieron sus predecesores antes del Concilio Vaticano II, del Estado católico y de la sociedad cristiana, que se presentaban como frutos de la fe católica, y también, por una consecuencia lógica, como una protección de esa fe? ¿Quizás hubiéramos esperado que además de estos lamentos legítimos sobre la economía actual, se haga referencia a “Quadragesimo anno” del Papa Pío XI, para señalar los principios conduciendo a las condiciones económicas justas?
El nº 66 plantea el tema de la familia, pero omite recordar que el matrimonio es la unión indisoluble entre un hombre y una mujer, mientras que la moda actual de las uniones libres y la reivindicación de la comunión para los divorciados-vueltos a casarse, lo hubiera reclamado. Asimismo, se hubiera esperado que una mayor atención se prestase a la familia cristiana en el documento papal, puesto que por medio de ella se realiza la transmisión del Evangelio de generación en generación.
En los nº78 y 79, el Papa describe con lucidez la vida espiritual de los años posconciliares: “Hoy se puede advertir en muchos agentes pastorales, incluso en personas consagradas, una preocupación exacerbada por los espacios personales de autonomía y de distensión, que lleva a vivir las tareas como un mero apéndice de la vida, como si no fueran parte de la propia identidad. (…) Así, pueden advertirse en muchos agentes evangelizadores, aunque oren, una acentuación del individualismo, una crisis de identidad y una caída del fervor. Son tres males que se alimentan entre sí. La cultura mediática y algunos ambientes intelectuales a veces transmiten una marcada desconfianza hacia el mensaje de la Iglesia y un cierto desencanto. Como consecuencia, aunque recen, muchos agentes pastorales desarrollan una especie de complejo de inferioridad que les lleva a relativizar u ocultar su identidad cristiana y sus convicciones.” ¡Los servidores de la Iglesia deberían tomar las armas del Espíritu y creer en la eficacia y la fecundidad de todos los medios que Cristo puso en manos de su Iglesia: la oración, la predicación integral de la fe, la administración de los sacramentos, la celebración del Santo Sacrificio de la Misa, la adoración del Santísimo Sacramento del altar! En lugar de eso, sucumben a “la conciencia de derrota que (los) convierte en pesimistas quejosos y desencantados con cara de vinagre. Nadie puede emprender una lucha si de antemano no confía plenamente en el triunfo. El que comienza sin confiar perdió de antemano la mitad de la batalla y entierra sus talentos. Aun con la dolorosa conciencia de las propias fragilidades, hay que seguir adelante sin declararse vencidos, y recordar lo que el Señor dijo a San Pablo: «Te basta mi gracia, porque mi fuerza se manifiesta en la debilidad» (2 Co 12,9). El triunfo cristiano es siempre una cruz, pero una cruz que al mismo tiempo es bandera de victoria, que se lleva con una ternura combativa ante los embates del mal.” (nº 85)
El nº 104 tiene particular relevancia, puesto que reafirma que el sacerdocio, como signo de Cristo-Esposo, es reservado a los hombres: “El sacerdocio reservado a los varones, como signo de Cristo Esposo que se entrega en la Eucaristía, es una cuestión que no se pone en discusión.”
En el nº 112 se pone de manifiesto la gratuidad de la gracia y de la obra de la Redención: “La salvación que Dios nos ofrece es obra de su misericordia. No hay acciones humanas, por más buenas que sean, que nos hagan merecer un don tan grande. Dios, por pura gracia, nos atrae para unirnos a sí.” En el punto siguiente se recuerda muy atinadamente que la salvación no es un asunto individual: “Nadie se salva solo, esto es, ni como individuo aislado ni por sus propias fuerzas.” El hombre, por consiguiente, se salva en la Iglesia y por la Iglesia, o no se salva.
En el nº 134 se subraya la importancia de las universidades y de las escuelas católicas por la predicación de la fe y del Evangelio. Se puede deplorar, sin embargo, la poca cantidad de renglones dedicados a esas obras.
El nº 214 se opone al asesinato del niño por nacer, viviendo todavía en el seno materno. Lamentablemente el Papa no se refiere de ninguna manera a la injustica cometida contra Dios, y por eso tampoco al orden natural ni a los mandamientos, sino sólo al valor de la persona humana.
En el nº 235 se enumeran sanos principios para luchar contra el individualismo: “El todo es más que la parte, y también es más que la mera suma de ellas.” El párrafo entero tiene como título: “El todo es superior a la parte.” Desarrollar el tema del bien común en ese lugar hubiera ciertamente podido hacer mucho bien. Lamentablemente no es el caso.
En el nº 267 se describe admirablemente el entusiasmo misionero y la actividad apostólica: “Unidos a Jesús, buscamos lo que Él busca, amamos lo que Él ama. En definitiva, lo que buscamos es la gloria del Padre; vivimos y actuamos «para alabanza de la gloria de su gracia» (Ef 1,6). Si queremos entregarnos a fondo y con constancia, tenemos que ir más allá de cualquier otra motivación. Éste es el móvil definitivo, el más profundo, el más grande, la razón y el sentido final de todo lo demás. Se trata de la gloria del Padre que Jesús buscó durante toda su existencia.”
II
Bonum ex integra causa, malum ex quocumque defectu, nos dice el clásico principio de moral. El bien proviene de cierta integridad, mientras que, por el contrario, si alguna parte esencial de una cosa es mala, el conjunto es malo. Las hermosas partes del documento papal, que nos alegraron, no pueden impedirnos comprobar la firme voluntad de realizar el Concilio Vaticano II no sólo según la letra, sino también según el espíritu. La trilogía Libertad religiosa – Colegialidad – Ecumenismo que, según las palabras de Mons. Lefebvre, corresponde al lema de la Revolución francesa: Libertad – Igualdad – Fraternidad, se encuentra desarrollada de una manera sistemática.
1) Primero en los nº 94 y 95, se reprimenda a los fieles de la Tradición, y hasta se los acusa de neo-pelagianismo: “Es una supuesta seguridad doctrinal o disciplinaria que da lugar a un elitismo narcisista y autoritario, donde en lugar de evangelizar lo que se hace es analizar y clasificar a los demás, y en lugar de facilitar el acceso a la gracia se gastan las energías en controlar… Ni Jesucristo ni los demás interesan verdaderamente… En algunos hay un cuidado ostentoso de la liturgia, de la doctrina y del prestigio de la Iglesia, pero sin preocuparles que el Evangelio tenga una real inserción en el Pueblo fiel de Dios y en las necesidades concretas de la historia.”
¿Cómo puede el Papa pensar esto? ¿Acaso no muestra precisamente lo contrario el dinamismo de los fieles católicos arraigados en la fe? Sin hablar de nuestra Fraternidad, ¿acaso se ven a los Franciscanos de la Inmaculada, una joven congregación misionera floreciente, que se encuentra ahora gravemente mutilada –si no destruida– por la intervención brutal del Vaticano? El documento añade después: “Así, la vida de la Iglesia se convierte en una pieza de museo o en una posesión de pocos.”
Según señalamos más arriba, se hace una simple alusión –en una sola oración– a las escuelas católicas, instrumentos importantes de recristianización. Estos establecimientos son precisamente para nosotros un medio de transmitir el Evangelio. En nuestra Fraternidad tenemos la alegría de abrir nuevas escuelas todos los años.
2) En este documento falta verdaderamente el sentido de la realidad, lo cual acarrea la ilusión de que la verdad vencerá por sí misma al error. Esta perspectiva se apoya sobre la parábola de buen grano y de la cizaña (nº 225): muestra “cómo el enemigo puede ocupar el espacio del Reino y causar daño con la cizaña, pero es vencido por la bondad del trigo que se manifiesta con el tiempo.” Tal interpretación es un contrasentido respecto de la parábola y una falsificación del Evangelio.
La falta de realismo se ve asimismo en el nº 44, en el cual se exhorta a los sacerdotes a no hacer del confesionario “una sala de torturas”. Si bien tales excesos existieron efectivamente por allí o por allá a lo largo de la historia de la Iglesia, ¿dónde se ven hoy en día? ¿No hubiera sido mejor añadir un capítulo sobre la confesión –mencionando sus aspectos de liberación del pecado, emancipación de la culpabilidad y reconciliación con Dios–, como punto culminante de la nueva evangelización y de la renovación interior de las almas?
Tal ingenuidad –que no es sino un cuestionamiento del pecado original, o por lo menos de sus consecuencias en las almas y en la sociedad– se manifiesta asimismo en el nº 84, en el cual se cita el discurso de apertura del Concilio Vaticano II, discurso lleno de ilusiones, del Papa Juan XXIII: “Nos parece justo disentir de tales profetas de calamidades, avezados a anunciar siempre infaustos acontecimientos, como si el fin de los tiempos estuviese inminente… No ven en los tiempos modernos sino prevaricación y ruina.” Lamentablemente los años posconciliares dieron la razón a los “profetas de calamidades”.
3) Resulta muy extraña la observación hecha en el nº 129, según la cual no se debe pensar que “el anuncio evangélico deba transmitirse siempre con determinadas fórmulas aprendidas, o con palabras precisas que expresen un contenido absolutamente invariable.” Esto nos recuerda inevitablemente la doctrina de la evolución de los dogmas, tal como la defienden los modernistas y tal como ha sido expresamente condenada por el Papa San Pío X en el juramento antimodernista.
Dicha actitud evolucionista se revela también a propósito de la Iglesia y de sus estructuras. La primera parte del capítulo 1 del documento lleva como título “la transformación misionera de la Iglesia”. Se presenta al Concilio Vaticano II como el garante de la apertura de la Iglesia a una reforma permanente, puesto que “hay estructuras eclesiales que pueden llegar a condicionar un dinamismo evangelizador” (nº 26).
4) El nº 255 habla de la libertad religiosa como un derecho fundamental del hombre. El Papa menciona allí a Benedicto XVI, su predecesor en la Sede de Pedro, con las siguientes palabras: (la libertad religiosa) “incluye la libertad de elegir la religión que se estima verdadera y de manifestar públicamente la propia creencia.” Semejante declaración se opone claramente a la 15ª proposición del “Syllabus” del Papa Pío IX, en la cual se condena esta afirmación: “Todo hombre es libre para abrazar y profesar la religión que juzgue verdadera guiado por la luz de su razón.”
A continuación el nº 255 contradice la doctrina de los Papas desde la Revolución Francesa hasta Pío XII inclusive. El Papa habla de un “sano pluralismo”. ¿Acaso es compatible ese pluralismo con el conocimiento de que el Verbo, segunda Persona del único Dios trinitario verdadero, ha venido al mundo para redimirlo, y que Él es la fuente de todas las gracias y que sólo en Él se encuentra la salvación?
El documento condena también el proselitismo. Hoy en día dicho término se tornó ambiguo. Si se lo comprende como un reclutamiento a favor de la verdadera religión con medios impropios, ciertamente se lo debe rechazar. Sin embargo para la mayoría de nuestro contemporáneos, se considera proselitismo no sólo cualquier actividad misionera sino también cualquier género de reclutamiento o argumentación a favor de la verdadera religión.
5) El concepto de colegialidad desarrollado por el Papa será todavía más funeste para el futuro de la Iglesia. En realidad se debería leer el nº 32 en su integralidad: “Dado que estoy llamado a vivir lo que pido a los demás, también debo pensar en una conversión [“nueva orientación”, en la versión alemana de la exhortación. NdT] del papado.” El Sumo Pontífice menciona allí la encíclica “Ut unum sint”, del Papa Juan Pablo II, en la cual “el Papa Juan Pablo II pidió que se le ayudara a encontrar una forma del ejercicio del primado que, sin renunciar de ningún modo a lo esencial de su misión, se abra a una situación nueva.” Concluye así el Papa Francisco: “Hemos avanzado poco en ese sentido.” ¿Estará decidido, por tanto, a progresar también sobre este punto? Pero ¿cuál es su visión? Lo dice claramente: “Pero este deseo no se realizó plenamente, por cuanto todavía no se ha explicitado suficientemente un estatuto de las Conferencias episcopales que las conciba como sujetos de atribuciones concretas, incluyendo también alguna auténtica autoridad doctrinal.” Según nuestra humilde opinión, una conferencia episcopal nunca puede ser sujeto de una autoridad doctrinal auténtica puesto que no es de institución divina, sino que es solamente una institución plenamente humana, de índole organizacional. El papado en sí es de institución divina, lo mismo cado obispo por sí mismo así como todos los obispos dispersos por el mundo en unión con Pedro, pero no así la conferencia episcopal. Si se prosigue por este camino fatal, la Iglesia se va a desagregar muy rápidamente en Iglesias nacionales.
Leemos en el nº 16: “Tampoco creo que deba esperarse del magisterio papal una palabra definitiva o completa sobre todas las cuestiones que afectan a la Iglesia y al mundo.” Claro que no podemos esperar que la Iglesia tome posición sobre todas las cuestiones, pero los Papas del pasado siempre proporcionaron los principios de acción para la conducta tanto de los individuos como de la sociedad, y esto es lo que actualmente deberíamos esperar de la enseñanza papal. Cristo instituyó a Pedro para que apaciente al rebaño.
6) Llegamos finalmente al ecumenismo, al diálogo ecuménico e interreligioso. El nº 246 habla de la jerarquía de las verdades. Dicho término ambiguo fue previamente utilizado por el Concilio Vaticano II en su decreto sobre el ecumenismo “Unitatis Redintegratio”, en el nº 11. Seguidamente se intentó poner de lado la verdad católica y disimular lo que pudiera ser ocasión de tropiezo para nuestros “hermanos separados”. En 1982 la Congregación de la Fe intervino y declaró que el término de jerarquía de las verdades no quiere decir que una verdad es menos importante que otra, sino que existen verdades de las cuales se deducen otras verdades parciales. Agradecemos esta clarificación. La fe católica, virtud teologal, exige la aceptación de la verdad integral, en razón de Dios que se revela.
Dicha clarificación proporciona, además, un ejemplo del modo según el cual se podrían rectificar las ambigüedades del Concilio Vaticano II, a excepción de los puntos obviamente erróneos.
7) El final del mismo nº 246 nos invita, a nosotros católicos, a aprender de los ortodoxos el significado de la colegialidad episcopal y de la experiencia de la sinodalidad.
Leemos en el nº 247 que la alianza del pueblo judío con Dios nunca fue suprimida. ¿Acaso dicha alianza no era instituida por Dios a fin de preparar su Encarnación salvífica en la persona de Jesucristo? ¿No era ella una sombra y un modelo que debían dejar el lugar a la realidad: umbram fugat veritas? ¿Acaso la antigua alianza no fue reemplazada por la nueva y eterna Alianza realizada en el Santo Sacrificio de Cristo en el Calvario? ¿No se rasgó el velo del templo de arriba hacia abajo en el momento del Sacrificio del Gólgota? Según la declaración de San Pablo en el capítulo XI de la epístola a los Romanos, una gran parte o incluso la totalidad de los Judíos se convertirán al fin de los tiempos. Ahora bien esto sucederá sólo por medio del reconocimiento de Cristo, único Salvador de todos y de cada uno de los individuos, y por la integración en la Iglesia que reúne a paganos y a judíos convertidos. Fuera de Cristo, no existe otro camino de salvación separado para los Judíos. Además la Iglesia ya asimiló desde hace mucho tiempo los valores del judaísmo del Antiguo Testamento. Recordemos especialmente la oración de los salmos y los libros del Antiguo Testamento. No podemos tampoco hablar de una “rica complementariedad” con el judaísmo contemporáneo.
Los nº 250 a 253 hablan del Islam, y se lee en ellos que el diálogo interreligioso “es una condición necesaria para la paz en el mundo.” En el nº 252, cuando se cita el nº 16 de “Lumen Gentium” del Concilio Vaticano II, se pretende que los musulmanes “confesando adherirse a la fe de Abraham, adoran con nosotros a un Dios único.” ¿Acaso los musulmanes no rechazan expresamente el misterio de Santísima Trinidad, y no nos reprochan ser politeístas por esta razón? El Papa dice además que tienen una profunda veneración hacia Jesucristo y María, usando las palabras de Nostra aetate (nº 3). ¿Acaso veneran verdaderamente a Cristo como el Hijo de Dios, igual a Él en su esencia? Casi parece ser un detalle sin importancia [en el documento romano. NdT]
En el punto siguiente el Papa llega a conclusiones concretas: “Los cristianos deberíamos acoger con afecto y respeto a los inmigrantes del Islam que llegan a nuestros países, del mismo modo que esperamos y rogamos ser acogidos y respetados en los países de tradición islámica.” Este párrafo termina con una afirmación falsa y escandalosa: “Frente a episodios de fundamentalismo violento que nos inquietan, el afecto hacia los verdaderos creyentes del Islam debe llevarnos a evitar odiosas generalizaciones, porque el verdadero Islam y una adecuada interpretación del Corán se oponen a toda violencia.” ¿El Santo Padre habrá leído el Corán alguna vez?
En el nº 254 se plantea el asunto de los no-cristianos en general y el hecho de que los signos y ritos de ellos “pueden ser cauces que el mismo Espíritu suscite para liberar a los no cristianos del inmanentismo ateo o de experiencias religiosas meramente individuales.” ¿Esto acaso no significa que el Espíritu Santo obra en todas las religiones no-cristianas y que todas son caminos de salvación? La fe del Islam en un único Dios verdadero es ciertamente –si se habla de manera abstracta– superiora al politeísmo de los paganos. Pedagógica y psicológicamente , sin embargo, es mucho más fácil convertir a un pagano que convertir a un musulmán, puesto que este último resulta integrado en un sistema socio-religioso: salir de este sistema pone su vida en peligro. Pero las religiones no-cristianas no son de ninguna manera caminos neutros de veneración de Dios, puesto que con demasiada frecuencia se encuentran mezcladas con elementos demoníacos que impiden que el hombre alcance la gracia de Cristo, que se haga bautizar y así salve su alma.
Nada hizo tanto daño al cuidado y a la transmisión de la fe durante los últimos cincuenta años como este ecumenismo desbordante, que no es sino “la dictadura del relativismo” religioso (Cardenal Ratzinger). Ese mal hizo desaparecer la definición de la Iglesia como Cuerpo místico de Cristo, única Esposa del Cordero sacrificado y único camino de salvación. Ese ecumenismo, precisamente, transformó la Iglesia misionera en una comunidad “dialogadora” ecuménica entre otras comunidades religiosas.
En el contexto de tal ecumenismo, llamar a la Iglesia a la alegría del Evangelio y querer transformarla en una Iglesia misionera es bastante trágico-cómico. ¿Cómo puede ella pensar y obrar de una manera misionera mientras no cree en su propia identidad y en su misión?
Conclusión
Si bien la Exhortación apostólica “Evangelii Gaudium” encierra aspectos justos, a modo de semillas dispersas, en su conjunto sin embargo no es sino un desarrollo consecutivo del Concilio Vaticano II, en sus conclusiones más inaceptables. No encontramos en este documento “caminos para la marcha de la Iglesia en los próximos años” (nº 1) sino más bien otro paso funeste hacia el declive de la Iglesia, la descomposición de su doctrina, la disolución de sus estructuras e incluso la extinción de su espíritu misionero –si bien se lo menciona repetidas veces–. De este modo “Evangelii Gaudium” se vuelve Dolor fidelium, una angustia y un dolor para los fieles.
Los católicos aficionados a la Tradición de la Iglesia deben seguir el lema del pontificado de San Pío X: Instaurare omnia in Christo, Instaurarlo todo en Cristo. Este es el único camino, la única vía “para la marcha de la Iglesia en los próximos años” (nº 1). Refugiémonos, por tanto, con el Rosario diario cerca de Aquella que venció todas las herejías en el mundo.
Padre Franz Schmidberger
Director del Seminario Herz Jesu de Zaitzkofen (Alemania)
Tomado de www.fsspx-sudamerica.org
Fuente. DICI. http://www.dici.org

lunes, 9 de diciembre de 2013

Entrevista Mons. Bernay Fellay, Superior General de la FSSPX "En este clima de confusión, restaurar la Iglesia por la Misa"

“EN ESTE CLIMA DE CONFUSIÓN, RESTAURAR LA IGLESIA POR LA MISA”

Esta entrevista fue realizada en video por el sitio DICI.org en el que igualmente está disponible como audio (en francés). A continuación se da la traducción de la transcripción integral, en la que se ha mantenido el estilo oral.
 
La llegada de un nuevo Papa La llegada de un nuevo Papa puede semejarse a una especie de puesta a cero de los contadores. Sobre todo con un papa que, en su manera de hacer, de hablar, de intervenir, se distingue de sus predecesores con gran contraste. Eso puede hacer olvidar el pontificado precedente y es un poco lo que ha pasado, en todo caso al nivel de ciertas líneas conservadoras o restauradoras ordenadas por el Papa Benedicto XVI. Bien seguro que las primeras intervenciones del Papa han aportado mucha imprecisión y hasta casi una contradicción, en todo caso una oposición con respecto a esas líneas restauradoras. Un ejemplo: los Franciscanos de la Inmaculada Siguen en su espiritualidad las indicaciones del Padre Maximilian Kolbe. Esto es muy interesante porque Maximilian Kolbe quiere el combate para la Inmaculada, el combate por la Inmaculada, la victoria de Dios contra los enemigos de Dios – se puede utilizar verdaderamente el término – y notoriamente los francmasones. Es muy interesante ver esto. Ese combate contra el mundo, contra el espíritu del mundo los ha acercado a nosotros, casi por naturaleza se puede decir, porque adherir al combate contra el mundo de alguna manera implica la Cruz. Implica los principios eternos de la Iglesia: lo que se llama el espíritu cristiano. Ese espíritu cristiano está magníficamente expresado en la antigua Misa, en la Misa tridentina. Tanto que cuando Benedicto XVI publicó su Motu Proprio que concedía de nuevo ampliamente la posibilidad de celebrar la Misa (tradicional), esta Congregación decidió en capítulo, es decir, toda la congregación, volver a la antigua Misa y verdaderamente in globo – considerando que tendrían muchos problemas pues tienen parroquias, pero sin embargo que esos problemas no eran insuperables.
Uno u otro comenzó también a hacer ciertas preguntas sobre el Concilio. Tanto que algunos descontentos, un puñado si se considera su número, (son alrededor de 300 sacerdotes y hermanos), una decena se quejó a Roma diciendo: “Nos quieren imponer la antigua Misa, se ataca al Concilio”. Esto provocó una reacción muy fuerte de parte de Roma, aún bajo el pontificado de Benedicto XVI – hay que precisarlo – sin embargo las conclusiones, las medidas se tomaron bajo el del Papa Francisco. Esas medidas son, entre otras, la interdicción para todos los miembros de celebrar la antigua Misa, con algunas aperturas, permisos, eventualmente por aquí o por allá…esto es directamente contrario al Motu Proprio que hablaba de un derecho, que los sacerdotes tenían el derecho de celebrar la antigua Misa y para lo que no tenían necesidad de permiso ni del ordinario, ni de la Santa Sede. Por lo tanto es muy fuerte, allí hay manifiestamente una señal.
Una nueva aproximación a la Iglesia “Se cierra el paréntesis”, es la palabra utilizada por varios progresistas al advenimiento del Papa Francisco. Pienso que en todo caso para aquellos que se llama los progresistas, era su voluntad. Es decir que terminado el pontificado de Benedicto XVI, se echa al olvido ese pontificado y sus iniciativas, que trataban de restablecer la situación, costara lo que costara, con algunas correcciones – ¿Se puede hablar de restauración? – en parte en todo caso había por lo menos un deseo de sacar a la Iglesia del desastre en el que se encuentra.
Llega el nuevo Papa con diversas posiciones, atacando un poco a todo. Todo el mundo entendió: ¡Benedicto XVI está olvidado! Se dirá: “¡Pero no! ¡Es el mismo combate, Benedicto y Francisco, el mismo combate!” Manifiestamente, la actitud no es para nada la misma. El planteo, la definición de los problemas que tocan a la Iglesia ¡no es la misma! Esta idea de introducir reformas todavía mucho más poderosas que todo lo que se ha hecho hasta aquí… ¡en todo caso, no se tiene la impresión de que no sea más que cosmética, esas reformas del Papa Francisco!
Entonces ¿qué será de la Iglesia? Es muy difícil decirlo.
Un clima de confusión El advenimiento de un nuevo Papa hace olvidar (lo que lo precedió), como una especie de partida a cero, con muchas sorpresas, muchas heridas también, porque por sus palabras ha arañado un poco a todo el mundo, no solamente a nosotros, sino a todos los conservadores en general. Sobre cuestiones de moral, ha tenido tomas de posición sorprendentes, por ejemplo esta pregunta sobre los homosexuales: “¿Quién soy yo para juzgar?” – ¡Y bueno! El Papa, ¡que es el soberano juez aquí abajo! Porque si hay alguien que puede juzgar, que debe juzgar y exponer al mundo la ley de Dios, es él! No nos interesa lo que el Papa piensa personalmente, lo que se espera de él es que sea la voz de Cristo y por lo tanto la voz de Dios, que nos repita lo que Dios ha dicho! Y Dios no dijo: “¿Quién soy Yo para juzgar?” Verdaderamente Él ha dicho otra cosa: vean las condenaciones que se encuentran en San Pablo, no solamente las del Antiguo Testamento – se puede pensar en Sodoma y Gomorra – son muy explícitas. San Pablo, el Apocalipsis, son muy enérgicos hacia todo ese mundo contra natura. Entonces frases como esta, aunque hayan sido “recuperadas”, dejan la impresión que sobre muchas cosas, se ha dicho todo y lo contrario de todo. Eso crea un clima de confusión, desestabiliza a la gente: esperan necesariamente claridad sobre la moral, aún más que sobre la fe, las dos están vinculadas. La fe y la moral son los dos puntos que la Iglesia enseña y donde la infalibilidad puede estar comprometida, y de golpe se ve a un papa que habla en forma imprecisa…
Y eso va mucho más lejos: en ocasión de una entrevista a los jesuitas, el Papa ataca a los que quieren claridad. ¡Es increíble! No usa la palabra claridad; utiliza la palabra certeza, los que quieren la seguridad doctrinal. ¡Por supuesto que se quiere! Con las palabras de Dios mismo, Nuestro Señor que dice que no debe ser cambiada ni una sola iota, ¡más vale ser preciso!
Un Papa menos creíble Resulta difícil dar un juicio sobre esas palabras porque un poco más tarde, o casi al mismo tiempo, se encuentran palabras sobre la fe, sobre puntos de fe, sobre puntos de moral, que son muy claras y que condenan al pecado, al demonio; afirmaciones que explican muy fuertemente y muy claramente que no se puede ir al cielo sin una verdadera contrición por los pecados, que no se puede esperar la misericordia del buen Dios sino se lamentan seriamente los pecados. Estos son recordatorios que nos alegran, ¡recordatorios bien necesarios! Pero desgraciadamente que ya han perdido una gran parte de su fuerza a causa de las aserciones contrarias.
Creo que una de las mayores desgracias de esas afirmaciones es que han quitado la credibilidad, han restado una gran parte de credibilidad al soberano pontífice, de tal manera que cuando debe hablar o deberá hablar de cosas importantes, esos dichos serán puestos al mismo nivel que los otros. Se dirá: “Trata de complacer a todo el mundo: un paso a la izquierda, un paso a la derecha”. Espero equivocarme, pero se tiene la impresión de que eso será una de las líneas de su pontificado.
Cuanto más se está en alto, en posición de autoridad, tanto más hay que prestar atención a lo que se dice y sobre todo respecto de la palabra del Papa. Pienso que habla demasiado. Por consiguiente su palabra está perjudicada, vulgarizada, puede ser que en el sentido más profundo del término. Non decet: eso no conviene; no es así como debe obrar el Papa.
No se sabe más qué es opinión privada, qué es enseñanza… Las amalgamas se hacen inmediatamente ¡Pero quien habla es el Papa! Ahora bien, el Papa no es una persona privada. Por supuesto que puede hablar como teólogo privado, ¡pero es el Papa que habla, a pesar de todo! Y los periódicos no van a decir “es la opinión privada del Papa”, sino más bien “es el Papa, es la Iglesia que dice eso, que piensa eso”.
El Papa, hombre de acción Creo que no osaría decirme ya capaz de hacer una síntesis. Veo muchos elementos dispares, veo un hombre de acción – es el primado de la acción, no hay duda – no es un hombre de doctrina. Un argentino me decía: “Ustedes, europeos, tendrán mucha dificultad en discernir su personalidad, porque el Papa Francisco no es un hombre de doctrina, es un hombre de acción, de praxis. Es un hombre extremadamente pragmático, muy pegado a la tierra”. Se ve en sus sermones, está cerca de la gente y quizás sea eso lo que lo vuelve muy popular, porque lo que dice toca a todo el mundo. Araña también un poco a todo el mundo, pero está muy pegado a la tierra. No tiene mucha teoría. Se ve bien, es la acción, simplemente.
Eso es lo que se ve. ¿Pero cuáles van a ser las incidencias, las consecuencias sobre la vida de la Iglesia en su conjunto? ¿Es simplemente una voz que grita en el desierto, que no tendrá ningún efecto o por el contrario una parte de la Iglesia, la parte progresista, va a aprovecharse? Se siente bien que les gustaría aprovecharse.
Lo que es interesante, ya ahora – en este análisis de la situación de la Iglesia – es ver que se pronuncian palabras torpes, algunos sacan conclusiones, después viene una “recuperación” (un intento de restablecimiento de la doctrina). Una o dos recuperaciones ya notables, son las intervenciones del Prefecto para la Doctrina de la Fe que reafirma, con mucha claridad y firmeza, los puntos vacilantes del Papa. Es un poco como si el Prefecto de la Fe debiese censurar o corregir…¡es algo torpe! Finalmente los progresistas, en cierto momento, van a desilusionarse y van a decir que no es lo que esperaban. Mientras tanto el Papa les da una esperanza, una falsa esperanza…
¿Un Papa modernista? He usado la palabra modernista, creo que no ha sido comprendida por todo el mundo. Quizás habría que decir un modernista en acción. De nuevo, no es el modernista en el sentido puro, teórico, un hombre que desarrolla todo un sistema coherente, no hay esta coherencia. Hay líneas, por ejemplo la línea evolutiva pero que justamente está vinculada con la acción. Cuando el Papa dice que quiere una imprecisión en la doctrina, cuando se introduce hasta la duda, no solo la imprecisión, sino la duda llegando a decir que aun los grandes guías de la fe, como Moisés, han dado lugar a la duda…no conozco más que una sola duda de Moisés: ¡es cuando dudó en golpear la roca! A causa de eso el Buen Dios lo castigó y no pudo entrar en la Tierra Prometida. ¡Entonces! No creo que esa duda esté a favor de Moisés, quien por lo demás fue más bien enérgico en sus afirmaciones…sin ninguna duda. Es verdaderamente sorprendente esta idea de querer decir que hay que poner la duda en todo; ¡es muy raro! No voy a decir que hace pensar en Descartes, pero…crea un ambiente. Y lo que es realmente peligroso, es que así quedan las cosas en los periódicos, en los medios…
Es un poco el preferido de los medios, está bien visto, lo alaban, se lo pone en relieve, pero esto no es el fondo de las cosas.
Una situación inalterada Es un ambiente que pasa al lado de la situación real de la Iglesia, pero la situación, en sí misma, no ha cambiado. Se pasó de un pontificado al otro y la situación de la Iglesia ha permanecido siendo la misma. Las líneas de fondo quedaron siendo las mismas. Hay, en la superficie, variaciones: ¡se puede decir que son variaciones sobre un tema conocido! Las afirmaciones de fondo se tienen por ejemplo sobre el Concilio. El Concilio, que es una relectura del Evangelio a la luz de la civilización contemporánea o moderna – el Papa ha utilizado los dos términos.
Pienso que se debería comenzar por pedir muy seriamente una definición de lo que es la civilización contemporánea, moderna. Para nosotros y para el común de los mortales es el rechazo de Dios, así de simple, es la muerte de Dios. Es Nietzsche, es la Escuela de Frankfurt, es una rebelión prácticamente generalizada contra Dios. Se lo ve un poco por doquier. Se lo ve en el caso de la Unión Europea, que rehúsa reconocer en su Constitución sus raíces cristianas. Se lo ve en todo lo que propagan los medios, la literatura, la filosofía, el arte; todo tiende al nihilismo, a la afirmación del hombre sin Dios, y hasta en rebelión contra Dios.
Entonces, ¿cómo se puede releer el Evangelio bajo esta luz? Evidentemente no es posible, ¡es la cuadratura del círculo! Estamos de acuerdo con la definición dada y sacamos consecuencias que son radicalmente diferentes de las del Papa Francisco, que llega hasta a mostrar, a exponer la continuación de su pensamiento, diciendo: “¡miren los hermosos frutos, los frutos maravillosos del Concilio; miren la reforma litúrgica!” ¡Evidentemente que es para nosotros un escalofrío en la columna vertebral! ¡Se tiene dificultad en ver y en comprender que la reforma litúrgica, calificada por su predecesor directo como la causa de la crisis de la Iglesia, sea de golpe calificada como uno de los más hermosos frutos del Concilio!
Es ciertamente un fruto del Concilio, pero si ese es un hermoso fruto, entonces ¿qué es hermoso y bueno o malo? ¡Uno se desorienta!
Por el momento, no se ha hecho nada para sanar a la Iglesia Por el momento, nada se ha hecho para encausar la situación de desviación, de decadencia de la Iglesia, absolutamente nada, ninguna medida que afecte a toda la Iglesia. Se puede mencionar la encíclica sobre la fe, no pienso que se la pueda considerar cono una medida eficaz. Ciertamente que no. Eso no afecta, no sana al Cuerpo místico enfermo, enfermo de muerte, la Iglesia moribunda. ¿Qué se hace para salir de ahí? Nada, en fin, hasta ahora, nada. Palabras, palabras que pasan, que entran por un oído y salen por el otro; puede ser que se diga que soy demasiado duro, no lo sé, pero efectivamente ¿dónde están las medidas tomadas, anunciadas, para corregir el tiro? Manifiestamente, no las hay. La Iglesia tiene sin embargo loas promesas de la vida eterna Nuestro Señor lo ha dicho claramente: “las puertas del infierno no prevalecerán contra ella” (Mateo 16, 18). A uno le gustaría, en nombre mismo de esas palabras, a uno le gustaría volverse hacia Nuestro Señor y decirle: “¿Pero qué es lo que haces? ¡Aquí dejas que pasen cosas que parecen ir contra tu palabra!” Dicho de otro modo, estamos un poco sorprendidos de lo que pasa. Hablo de la historia de la Iglesia. Esas palabras, estoy convencido, han sido para la mayoría de los teólogos la fuente de afirmaciones sobre la imposibilidad de ver en la Iglesia precisamente lo que vemos. Considerando que es absolutamente imposible a causa de esta promesa de Nuestro Señor. Entonces, no se van a negar las promesas de Nuestro Señor, se va a tratar de decir cómo esas promesas que son infalibles son aún posibles en una situación que nos parece contraria. Nos parece que esta vez las puertas del infierno han hecho una significativa entrada en la Iglesia. Creo que hay que prestar mucha atención, no hay que ser unívoco. Sobre todo con esas frases, frases de profecía de Nuestro Señor, hay que mantener el fondo de ellas. Son analogías muy fuertes, hay una realidad que está afirmada y que es innegable: las puertas del infierno no prevalecerán. Punto. Pero eso no quiere decir que la Iglesia no vaya a sufrir. Entonces, ¿hasta qué punto puede llegar este sufrimiento? Y allí hay un margen a la explicación, uno está obligado de ampliar la perspectiva un poco más de lo que se pensaba.
Cuando pienso en San Pablo que habla del Hijo de perdición, que se hará adorar como Dios, entonces no es solamente un anticristo militar, o – se podría decir – civil, es una persona religiosa, una persona que se hace adorar, que reclama actos de religión. Y la abominación de la desolación ¿está vinculada a eso? Pienso que sí. Eso quiere decir que hay, al lado de este anuncio, de las promesas de indefectibilidad de la Iglesia, los anuncios de un tiempo espantoso para la Iglesia, cuando la gente se hará preguntas. Justamente esta pregunta: ¿Pero entonces, esta indefectibilidad, estas promesas de Nuestro Señor? La Santísima Virgen…las famosas palabras de La Salette, que son retomadas casi palabra por palabra por León XIII, allí ya no son revelaciones, es la Iglesia y aún se puede decir la Iglesia en un acto; León XIII redacta un exorcismo, ese famoso exorcismo de León XIII, pero más tarde se ha tachado la palabra más solemne de ese exorcismo, que anuncia que Satanás va a reinar, va a poner su trono en Roma. Así de simple. Por lo tanto la sede de la Iglesia se va a encontrar de golpe como sede del Anticristo. Son las palabras mismas de la Santísima Virgen: “Roma se volverá la sede del Anticristo”. Son las palabras de La Salette. Lo mismo que “Roma perderá la fe”, “el eclipse de la Iglesia”, por lo tanto palabras muy fuertes y contrastando con la promesa. Eso no quiere decir que la promesa sea caduca, es evidente que permanece, pero no excluye para la Iglesia un momento de dolor tal que se la podrá considerar como una muerte aparente.
Pasión de Cristo, Pasión de la Iglesia Creo que estamos allí. Queda una pregunta: ¿Hasta qué punto el Buen Dios va a pedir a su Cuerpo místico acompañar, imitar lo que su cuerpo físico debió soportar, que ha sido hasta la muerte? ¿Llegará a tanto, se detendrá antes? Todos deseamos que se detenga antes. Pienso – no sería la primera vez – que el Buen Dios intervendrá para restablecer las cosas, en el momento en que se pensará: esta vez se acabó. Creo que será una de las pruebas de la divinidad de la Iglesia. En el momento en que todos los medios humanos se acaban, agotados, dicho de otro modo, cuando todo terminó, es en ese momento que va a actuar. Pienso. Y será entonces una manifestación extraordinaria precisamente, de que esta Iglesia es la única que sea verdaderamente divina. La actitud de los fieles En primer lugar deben guardar la Fe. Es el primer mensaje, se puede decir, de San Pablo. Era también el de los tiempos de persecución: Manteneos firmes, state, aguantad, manteneos de pie, manteneos bien firmes en la Fe. Guardar la Fe, no puede ser simplemente teórico. Lo que llamaría la fe “teórica” existe, es la de alguien capaz de recitar el Credo; aprendió su catecismo, lo conoce, es capaz de repetirlo y por supuesto que esta fe es el comienzo, hay que tenerla sino no se tiene fe. Pero esta fe no conduce al cielo, es que hay que comprender bien la fe de la que habla la Escritura. Es esta fe que está – según el término técnico – informada por la caridad. De esa relación entre fe y caridad habla San Pablo a los Corintios, diciendo: “Si tengo la fe para desplazar montañas – lo que no es poca cosa, ¡una fe para desplazar montañas, no se la ve todos los días! – y no tengo caridad, entonces no soy nada, no soy más que un címbalo que suena, nada de nada, una campana…” (Cf. I Cor. 13, 1-2).
No basta hacer grandes declaraciones de fe, no basta atacar o condenar los errores; muchos piensan haber cumplido su deber de cristiano habiendo hecho esto; es un error. No digo que no hay que hacerlo, es una parte, pero la fe de la que hablan San Pablo y la Sagrada Escritura, es la fe informada, es decir, impregnada de caridad, es la caridad que da forma a la fe. La caridad es el amor de Dios y por consiguiente el amor del prójimo. Se trata por lo tanto de una fe que se orienta hacia el prójimo que está ciertamente en el error y que le recuerda la verdad pero de un modo tal que, gracias a sus avisos, el cristiano podrá sembrar la fe, restablecer la verdad, llevar este alma hacia la verdad. No es por lo tanto un celo amargo, es por el contrario una fe que se torna amable por la caridad.
El deber de estado Lo que deben hacer los fieles es su deber de estado. Guardar la fe, una fe bien impregnada de caridad, profundamente anclada en la caridad, que va a permitirles seguir sin desanimarse, sin celo amargo, sin rencor pero con esta alegría del cristiano que consiste en saber que Dios nos ama tanto que está pronto a vivir con nosotros, a vivir en nosotros en la gracia. Eso ilumina a todo lo que pasa, da una alegría que hace olvidar los problemas, que los pone en su lugar, problemas que ciertamente pueden ser serios. ¿Pero qué son en comparación del cielo que se gana precisamente en esas pruebas? Esas pruebas son preparadas, dispuestas por el Buen Dios, no para hacernos caer sino para hacernos progresar. Dios va hasta a vivir en nosotros, como dice San pablo: “Vivo pero no soy yo quien vive, es Jesús que vive en mí!” (Gal., 2, 20). ¡Es tan hermoso! ¡El cristiano, es un tabernáculo de la Santa Trinidad, un templo de Dios, un templo viviente! El rol de la Fraternidad San Pío X Su primera preocupación es verdaderamente la que hace vivir a la Iglesia, es la Misa. El Santo Sacrificio de la Misa es verdaderamente la aplicación concreta, cotidiana de los méritos de Nuestro Señor Jesucristo, todo lo que ha ganado, merecido en la Cruz y que es verdaderamente la universalidad de las gracias para todos los hombres desde los primeros, Adán y Eva, hasta el fin del mundo. Todas las gracias han sido merecidas por Nuestro Señor en la Cruz. La Misa, es la perpetuación, la renovación, la representación de ese sacrificio, es un sacrificio idéntico al de la Cruz sobre el altar, y que pone cotidianamente a disposición de los cristianos – por extensión se podría decir a disposición de los hombres – los méritos de Nuestro Señor, su satisfacción, su reparación para obtener el perdón de todos esos pecados, este mar de pecados cometidos todos los días, y también para obtener esas gracias de las que tenemos necesidad. La Misa es verdaderamente la bomba que distribuye en todo el Cuerpo místico, las gracias merecidas sobre la Cruz. Es por lo que se puede decir: es el corazón que distribuye por la sangre todo lo que las células del cuerpo necesitan. Así es con la Misa, es el corazón. Cuidando ese corazón, se cuida toda la Iglesia. Restaurar a la Iglesia por la Misa Si se quiere, y ciertamente que se quiere una restauración de la Iglesia, es por allí que hay que ir. Es la fuente, y la fuente es la Misa. No cualquier liturgia, una liturgia, tengo ganas de decir, extremadamente santa. Santa a un punto inimaginable. De una santidad extraordinaria, verdaderamente forjada por el Espíritu Santo a través de los siglos, redactada por Papas santos ellos mismos, y por lo tanto de una profundidad extraordinaria. No hay absolutamente ninguna comparación entre la nueva misa y esta Misa. Son verdaderamente dos mundos, e iba a decir, los cristianos un poco sensibles a la gracia se dan cuenta bien rápidamente. Bien rápidamente. ¡Ay! ¡Hoy día se constata que muchos no lo ven más! Pero para mí es evidente que querer la restauración de la Iglesia debe comenzar por eso. Entonces es por eso que le estoy profundamente agradecido al papa Benedicto XVI por haber restablecido la Misa. Era capital y, es capital. Formar sacerdotes La Fraternidad cuida a la Misa, quiere esta Misa y cuida también a quien la dice y no hay más que uno, el sacerdote. Por lo tanto es verdaderamente el fin mismo de la Fraternidad: el sacerdocio, el sacerdote, formar sacerdotes, ayudar a los sacerdotes, sin ninguna limitación, no, sin limitación, no hay exclusividad para nadie, ¡no! Es el sacerdote tal como Nuestro Señor lo ha querido. Recordándole justamente esos tesoros que hoy muchos ignoran. Es trágico. Reencontrar el espíritu cristiano La Misa es aún más importante. La Misa, es lo que va a dar la Fe, lo que va a nutrir la Fe. Evidentemente que si se celebra la Misa sin Fe hay un grave problema. Entonces, no se trata de hacer antagonismos, se trata de unir lo que debe ser unido. Pero pienso que ya con esos dos elementos se tiene muchísimo para la supervivencia de la Iglesia. Digamos, se ve bien que la Iglesia es atacada en diversos niveles, pero lo más profundo, estoy persuadido, es la pérdida del espíritu cristiano. Se ha querido ser como el mundo. Se lo ha dicho todo el tiempo, era el objetivo del Concilio acomodarse al mundo moderno. Ahora bien, ¡Esto no es posible! Se vive en el mundo, entonces se utilizan muchas cosas que son del orden de las circunstancias históricas concretas, que pasan. La base que permanece es el aficionarse al Buen Dios. Es el servicio al Buen Dios que incluye, seguramente, la Fe, la gracia y el espíritu cristiano. Se quiere ir al cielo, se debe ir al cielo, para eso hay que evitar el pecado y hay que hacer el bien. Los dos. En tanto que no se llegue a eso, la Iglesia continuará, digamos, herida por un virus mórbido que es el virus del mundo moderno, justamente de la civilización moderna. El triunfo del Corazón Inmaculado de María “Al final, mi Corazón Inmaculado triunfará”, es una palabra absoluta que no está para nada condicionada por lo que pase antes. Es verdaderamente una palabra que fija la esperanza, que la establece, es una roca. Evidentemente, parecería que ese triunfo esté vinculado a la consagración (de Rusia), se pide esta consagración, es muy normal. ¿Hasta cuándo habrá que esperar para verla hecha como ha sido pedida, o es que el Buen Dios, una vez más, se contentará con menos? No se sabe. Lo que se sabe es que al final habrá ese triunfo. Y eso es una certeza. No se va a hablar de una certeza de fe, porque no es una cuestión de fe, es una palabra dada por la Santísima Virgen, y además ¡se sabe bien que esta palabra vale! Eso es todo. ¡Stat!
(Fuente: FSSPX/MG – DICI nº266 del 6/12/13)

lunes, 22 de noviembre de 2010

Oración a San Miguel Arcángel


































Sancte Michael Archangele, defende nos in proelio; contra nequitiam et insidias diaboli esto praesidium. Imperet illi Deus, supplices deprecamur: tuque, Princeps militiae caelestis, Satanam aliosque spiritus malignos, qui ad perditionem animarum pervagantur in mundo, divina virtute in infernum detrude. Amen.

El Humanismo: Paso inicial de la Descristianización

El Humanismo: Paso inicial de la Descristianización

Tomado de Revista Familia Católica
Dr. Héctor Guiscafré G.


La gente, las personas de la Edad Media, eran fervorosas, eran piadosas. Tenían fe en Dios, tenían por objeto salvar su alma tratando de cumplir la voluntad de Dios y así, amando también al prójimo en relación con Dios. Creían que Cristo era Dios mismo, que se hizo hombre para redimirnos con su pasión, (como lo creemos nosotros). En fin, eran cristianos católicos con una sola autoridad de la Iglesia en la tierra, el Papa romano. Las familias de esas personas eran proveedoras, a la sociedad, de jóvenes con esa formación recia que da un hogar verdaderamente católico.
 
Veamos que nos dice Federico Wilhelmsen al respecto: "La sociedad medieval se componía de un mundo sagrado. Puesto que Dios se hizo hombre, la creación entera se elevó a un nivel sagrado. Dios no hizo sólo que el mundo existiese, sino que también levantó el mundo hasta la intimidad de Su Vida Interna. Se puede decir que se había divinizado la realidad. De esta manera, toda la creación respiraba el aire del Espíritu Santo. Había una distinción entre la Iglesia y el Estado, entre lo sobrenatural y lo natural, pero no había ninguna separación. El Estado era católico porque todas las cosas participaban en el fruto de la redención”. ¿Pero qué pasó? ¿Como se inició la destrucción paulatina de esta sociedad teocéntrica, de estas familias católicas, piadosas y fervorosas?

La revolución humanista
  
Poco se sabe, sobre el inicio de esta revolución humanista o primera revolución, en los siglos XIV y XV. Pero sin duda ha sido la revolución más discreta, más imperceptible y por ello más peligrosa y exitosa. Sus iniciadores, quedarán en el misterio mientras no llegue el fin de los tiempos, en el que todo se sabrá. Pero recordemos que Satanás fue el primer revolucionario y el que inspira y conduce toda revolución todo el tiempo. Sus tropas regulares, como les llama Jean Ousset, o sea sus colaboradores aquí, en la tierra, no se conocen, pero seguro que no fue algo que se haya hecho al azar, sino que seguramente hubo un plan maestro, previamente concebido, al que favorecieron ciertas circunstancias, entre las que sobresalen la invención del papel por los chinos y de la imprenta por Juan Gutenberg en Alemania, en el siglo V. Estos dos inventos facilitaron la difusión rápida de la Ia revolución. El hecho es que el humanismo aparece en la historia general solamente como una tendencia literaria en el siglo XVI (el estudio de las obras griegas y latinas en sus idiomas originales) y no fue tan solo eso. Sino que correspondió a toda una corriente doctrinal "que se caracteriza por el interés predominante que se concede al elemento humano". Se manifestó en las artes, la literatura, la moral y la sociedad.

En las artes el humanismo promovió la vuelta a los clásicos antiguos griegos y romanos, imitando y perfeccionando la pintura, la arquitectura y la escultura de los pueblos paganos en ese entonces.

En la parte histórica conocida, el humanismo en el arte se inició con Leonardo da Vinci (1452-1519) con la Gioconda o Monna Lisa para continuar con Miguel Ángel Buonaroti como su máximo exponente con las pinturas del techo y los muros de la Capilla Sixtina y sus esculturas: los esclavos, el David, la familia Médicis, la noche, la aurora, el día y el crepúsculo.

En la literatura pasó lo mismo; hubo pasión por la literatura clásica de los antiguos griegos y latinos y se buscaron afanosamente libros en conventos e iglesias. Al movimiento del arte y la literatura en conjunto, en esa dirección humanística, se le llamó el Renacimiento (finales del siglo XV y siglo XVI, principalmente).

Las obras literarias de más renombre, que atizaron el fuego del humanismo, fueron "El príncipe" de Nicolás Maquiavelo (1569-1527), "Elogio a la locura" de Erasmo de Rotterdam (sacerdote), "la utopía" de Tomás Moro (1478-1535) -muerto mártir de la fe católica, por lo que ahora es santo . "Philosophias moralis epitome" de Felipe Melanchton (1497-1560), y "De la República" de Juan Bodin (1530-1597).

No digo que todos estos artistas y literatos o escritores hayan sido los directamente responsables u originarios del humanismo. Repito que estos últimos no se conocen, pero todos ellos y muchos más que por espacio no creo conveniente mencionar, han sido los que han reforzado o promovido o apoyado a la revolución humanista, conscientemente o no, sólo Dios lo sabe.

En lo moral hubo un impacto mayúsculo a pesar de que en sí, nada era herético o pecaminoso. De hecho el Renacimiento fue apoyado por papas, reyes, santos y muchos personajes ilustres católicos. El cambio progresivo y casi imperceptible fue el de convertirse en una sociedad antropocéntrica, o sea que de ser Dios el centro de su vida, cambió lentamente a convertirse el mismo hombre en lo más importante. No fue una herejía, fue, como hemos dicho antes, un movimiento de la concepción teocéntrica por la antropocéntrica, pero sin negar a Dios, ni a Cristo, ni a su Iglesia. Exaltando el hombre al hombre mismo, en su obra con las bellas artes y la literatura, se envaneció poco a poco de tal manera, que simplemente se convenció de que él podía solo. Y dejó lentamente, de pedir a Dios. Se sintió señor y no criatura.

Los propagadores más importantes de esta manifestación del humanismo fueron los padres de familia de aquellos tiempos, los cuales, en general, aflojaron en su fervor y piedad, como un efecto de esa exaltación constante y en muchos campos del hombre. Y permitieron, sin desearlo realmente, sin dejar de ser creyentes, que sus familias empezaran a ser un poquito menos católicas, un poco menos de Dios y un mucho más del mundo.

En la sociedad ocurrió algo muy parecido. Como sabemos, ella esta formada por familias; si éstas últimas cambian y ponen al hombre mismo como lo primordial en vez de Dios, la sociedad formada por esas familias, lógicamente también se humaniza y así, da origen a errores graves como el "culto" (interés exagerado) por el arte o la literatura, la separación de la Iglesia y el Estado, la abolición de la propiedad privada y la supresión de las clases sociales.

El hombre humanista

Tal vez la mejor forma de describir al humanismo, es mirando sus resultados. El hombre humanista o renacentista se puede apreciar en tres dimensiones de la vida humana: la psicológica, la político-social y la religiosa.

1.- Psicológicamente, el humanismo logró que el hombre tuviera una fatal paradoja. Por un lado, con los descubrimientos astronómicos de esa época, el hombre se sintió empequeñecido porque dejaba de ser el centro del cosmos. Pero por el otro, se sintió dueño del universo, capaz de borrar los límites de su antigua realidad en aras de una conquista física hasta entonces desconocida. El humanista dejó de mirar arriba en busca de la gracia, para mirar dentro de su propia personalidad a fin de encontrar un poder específicamente humano, dejó de sentir su dependencia para con la divinidad y, por consiguiente, Dios empezó a retirarse al Cielo y a dejar libre la tierra para la mano pseudo-liberadora humana.

2.-Este viraje psicológico hacia una descristianización de los hombres y sus familias, tuvo que tener un impacto importante en el orden político y social. El mundo cristiano antes del renacimiento, estaba atado no solamente a la ley natural, sino a un orden cristiano cuya cumbre era el Sacro Imperio Romano. La cristiandad simbolizaba la unión de todas las patrias en una sociedad que las abarcaba sin anularlas. El humanismo produjo un engreimiento de cada patria; ellas podían ser grandes por sí mismas y se fueron aislando al descristianizarse. Planearon metas políticas que nada tenían que ver con el cristianismo. Todavía el europeo del renacimiento no se había hecho liberal, pero ya tenía sembrada la semilla para llegar a serlo.

3.- El sentido religioso del renacimiento lo podemos resumir así: En una sociedad católica como la de la edad media, hubiera sido posible asimilar, sin daño, los nuevos descubrimientos y el desarrollo tan acelerado de las ciencias exactas y las humanísticas. Pero el hombre renacentista o humanista, en general, comenzó a ser individualista. La fe, en vez de continuar siendo un acto corporativo, ejercitado por una familia, por un pueblo o nación comenzó a transformarse en un acto solo e individual. Hubo como un agotamiento general del entusiasmo religioso. La gente siguió rezando pero sin ese fervor que da el sentirse un insecto ante Dios y considerarlo a Él lo que es: Dios creador, omnipotente y redentor misericordioso. Europa estaba preparada ya para recibir la 2o revolución, la reforma protestante de Lutero.

Conclusión:

El humanismo no fue solamente una tendencia literaria del renacimiento. Fue todo un plan, bien organizado para iniciar la descristianización de la Europa de la edad media. Se trató de exaltar los valores del hombre para que éste, extasiado consigo mismo, disminuyera su fervor, se olvidara un poco de Dios, abandonara la oración. Promovió o dio origen al Renacimiento. Esta revolución fue tan discreta e imperceptible en su aparente bondad y belleza, que logró ser apoyada, en algunas de sus manifestaciones, por grandes figuras del cristianismo de ese tiempo, incluyendo papas y reyes. Lucifer, el ángel caído, inspirador y jefe máximo de todas las revoluciones que van contra Cristo, quiere que tu familia, amable lector, también se descristianice o no se cristianice más. Seguramente que está utilizando y utilizará armas semejantes a las que nos hace ver la historia.

¿Estás preparado para defenderla? ¿Identificas como ha minado a tu familia el humanismo? Si ya lo sabes o lo vislumbras, atrévete a expulsarlo de tu casa, sea lo que sea.

FUENTE: ConviccionRadio.cl

viernes, 29 de octubre de 2010

CARTA ENCÍCLICA SATIS COGNITUM DEL SUMO PONTÍFICE LEÓN XIII SOBRE LA NATURALEZA DE LA IGLESIA

CARTA ENCÍCLICASATIS COGNITUM
DEL SUMO PONTÍFICE
LEÓN XIII
SOBRE LA NATURALEZA DE LA IGLESIA


Introducción
1. Bien sabéis que una parte considerable de nuestros pensamientos y de nuestras preocupaciones tiene por objeto esforzarnos en volver a los extraviados al redil que gobierna el soberano Pastor de las almas, Jesucristo. Aplicando nuestra alma a ese objeto, Nos hemos pensado que sería utilísimo a tamaño designio y a tan grande empresa de salvación trazar la imagen de la Iglesia, dibujando, por decirlo así, sus contornos principales, y poner en relieve, como su distintivo más característico y más digno de especial atención, la unidad, carácter insigne de la verdad y del invencible poder que el Autor divino de la Iglesia ha impreso en su obra. Considerada en su forma y en su hermosura nativa, la Iglesia debe tener una acción muy poderosa sobre las almas, y no es apartarse de la verdad decir que ese espectáculo puede disipar la ignorancia y desvanecer las ideas falsas y las preocupaciones, sobre todo aquellas que no son hijas de la malicia. Pueden también excitar en los hombres el amor a la Iglesia, un amor semejante a la caridad, bajo cuyo impulso Jesucristo ha escogido a la Iglesia por su Esposa, rescatándola con su sangre divina; pues Jesucristo amó a la Iglesia y se entregó El mismo por ella(1).
Si para volver a esta madre amantísima deben aquellos que no la conocen, o los que cometieron el error de abandonarla, comprar ese retorno, desde luego, no al precio de su sangre (aunque a ese precio la pagó Jesucristo), pero sí al de algunos esfuerzos y trabajos, bien leves por otra parte, verán claramente al menos que esas condiciones no han sido impuestas a los hombres por una voluntad humana, sino por orden y voluntad de Dios, y, por lo tanto, con la ayuda de la gracia celestial, experimentarán por sí mismos la verdad de esta divina palabra: «Mi yugo es dulce y mi carga ligera»(2).
Por esto, poniendo nuestra principal esperanza en el «Padre de la luz, de quien desciende toda gracia y todo don perfecto»(3), en aquel que sólo «da el acrecentamiento»(4). Nos le pedimos, con vivas instancias, se digne poner en Nos el don de persuadir.
2. Dios, sin duda, puede operar por sí mismo y por su sola virtud todo lo que realizan los seres creados; pero, por un consejo misericordioso de su Providencia, ha preferido, para ayudar a los hombres, servirse de los hombres. Por mediación y ministerio de los hombres da ordinariamente a cada uno, en el orden puramente natural, la perfección que le es debida, y se vale de ellos, aun en el orden sobrenatural, para conferirles la santidad y la salud.
Pero es evidente que ninguna comunicación entre los hombres puede realizarse sino por el medio de las cosas exteriores y sensibles. Por esto el Hijo de Dios tomó la naturaleza humana, El, que teniendo la forma de Dios..., se anonadó, tomando la forma de esclavo y haciéndose semejante a los hombres(5): y así, mientras vivió en la tierra, reveló a los hombres, conversando con ellos, su doctrina y sus leyes.
Pero como su misión divina debía ser perdurable y perpetua, se rodeó de discípulos, a los que dio parte de su poder, y haciendo descender sobre ellos desde lo alto de los cielos «el Espíritu de verdad», les mandó recorrer toda la tierra y predicar fielmente a todas las naciones lo que El mismo había enseñado y prescrito, a fin de que, profesando su doctrina y obedeciendo sus leyes, el género humano pudiese adquirir la santidad en la tierra y en el cielo la bienaventuranza eterna.
Naturaleza sacramental de la Iglesia
3. Tal es el plan a que obedece la constitución de la Iglesia, tales son los principios que han presidido su nacimiento. Si miramos en ella el fin último que se propone y las causas inmediatas por las que produce la santidad en las almas, seguramente la Iglesia es espiritual; pero si consideramos los miembros de que se compone y los medios por los que los dones espirituales llegan hasta nosotros, la Iglesia es exterior y necesariamente visible. Por signos que penetran en los ojos y por los oídos fue como los apóstoles recibieron la misión de enseñar; y esta misión no la cumplieron de otro modo que por palabras y actos igualmente sensibles. Así su voz, entrando por el oído exterior, engendraba la fe en las almas: «la fe viene por la audición, y la audición por la palabra de Cristo»(6).
Y la fe misma, esto es, el asentimiento a la primera y soberana verdad, por su naturaleza, está encerrada en el espíritu, pero debe salir al exterior por la evidente profesión que de ella se hace: «pues se cree de corazón para la justicia; pero se confiesa por la boca para la salvación»(7). Así, nada es más íntimo en el hombre que la gracia celestial, que produce en él la salvación, pero exteriores son los instrumentos ordinarios y principales por los que la gracia se nos comunica: queremos hablar de los sacramentos, que son administrados con ritos especiales por hombres evidentemente escogidos para ese ministerio. Jesucristo ordenó a los apóstoles y a los sucesores de los apóstoles que instruyeran y gobernaran a los pueblos: ordenó a los pueblos que recibiesen su doctrina y se sometieran dócilmente a su autoridad. Pero esas relaciones mutuas de derechos y de deberes en la sociedad cristiana no solamente no habrían podido ser duraderas, pero ni aun habrían podido establecerse sin la mediación de los sentidos, intérpretes y mensajeros de las cosas.
4. Por todas estas razones, la Iglesia es con frecuencia llamada en las sagradas letras un cuerpo, y también el cuerpo de Cristo. «Sois el cuerpo de Cristo»(8). Porque la Iglesia es un cuerpo visible a los ojos; porque es el cuerpo de Cristo, es un cuerpo vivo, activo, lleno de savia, sostenido y animado como está por Jesucristo, que lo penetra con su virtud, como, aproximadamente, el tronco de la viña alimenta y hace fértiles a las ramas que le están unidas. En los seres animados, el principio vital es invisible y oculto en lo más profundo del ser, pero se denuncia y manifiesta por el movimiento y la acción de los miembros; así, el principio de vida sobrenatural que anima a la Iglesia se manifiesta a todos los ojos por los actos que produce.
De aquí se sigue que están en un pernicioso error los que, haciéndose una Iglesia a medida de sus deseos, se la imaginan como oculta y en manera alguna visible, y aquellos otros que la miran como una institución humana, provista de una organización, de una disciplina y ritos exteriores, pero sin ninguna comunicación permanente de los dones de la gracia divina, sin nada que demuestre por una manifestación diaria y evidente la vida sobrenatural que recibe de Dios.
Lo mismo una que otra concepción son igualmente incompatibles con la Iglesia de Jesucristo, como el cuerpo o el alma son por sí solos incapaces de constituir el hombre. El conjunto y la unión de estos dos elementos es indispensable a la verdadera Iglesia, como la íntima unión del alma y del cuerpo es indispensable a la naturaleza. La Iglesia no es una especie de cadáver; es el cuerpo de Cristo, animado con su vida sobrenatural. Cristo mismo, jefe y modelo de la Iglesia, no está entero si se considera en El exclusivamente la naturaleza humana y visible, como hacen los discípulos de Fotino o Nestorio, o únicamente la naturaleza divina e invisible, como hacen los monofisitas; pero Cristo es uno por la unión de las dos naturalezas, visible e invisible, y es uno en las dos: del mismo modo, su Cuerpo místico no es la verdadera Iglesia sino a condición de que sus partes visibles tomen su fuerza y su vida de los dones sobrenaturales y otros elementos invisibles; y de esta unión es de la que resulta la naturaleza de sus mismas partes exteriores.
Mas como la Iglesia es así por voluntad y orden de Dios, así debe permanecer sin ninguna interrupción hasta el fin de los siglos, pues de no ser así no habría sido fundada para siempre, y el fin mismo a que tiende quedaría limitado en el tiempo y en el espacio; doble conclusión contraria a la verdad. Es cierto, por consiguiente, que esta reunión de elementos visibles e invisibles, estando por la voluntad de Dios en la naturaleza y la constitución íntima de la Iglesia, debe durar, necesariamente, tanto como la misma Iglesia dure.
5. No es otra la razón en que se funda San Juan Crisóstomo cuando nos dice: «No te separes de la Iglesia. Nada es más fuerte que la Iglesia. Tu esperanza es la Iglesia; tu salud es la Iglesia; tu refugio es la Iglesia. Es más alta que el cielo y más ancha que la tierra. No envejece jamás, su vigor es eterno. Por eso la Escritura, para demostrarnos su solidez inquebrantable, le da el nombre de montaña»(9). San Agustín añade: «Los infieles creen que la religión cristiana debe durar cierto tiempo en el mundo para luego desaparecer. Durará tanto como el sol; y mientras el sol siga saliendo y poniéndose, es decir, mientras dure el curso de los tiempos, la Iglesia de Dios, esto es, el Cuerpo de Cristo, no desaparecerá del mundo»(10). Y el mismo Padre dice en otro lugar: «La Iglesia vacílará si su fundamento vacila; pero ¿cómo podrá vacilar Cristo? Mientras Cristo no vacile, la Iglesia no flaqueará jamás hasta el fin de los tiempos. ¿Dónde están los que dicen: La Iglesia ha desaparecido del mundo, cuando ni siquiera puede flaquear?»(11).
Estos son los fundamentos sobre los que debe apoyarse quien busca la verdad. La Iglesia ha sido fundada y constituida por Jesucristo nuestro Señor; por tanto, cuando inquirimos la naturaleza de la Iglesia, lo esencial es saber lo que Jesucristo ha querido hacer y lo que ha hecho en realidad. Hay que seguir esta regla cuando sea preciso tratar, sobre todo, de la unidad de la Iglesia, asunto del que nos ha parecido bien, en interés de todo el mundo, hablar algo en las presentes letras.
Unicidad de la Iglesia
6. Sí, ciertamente, la verdadera Iglesia de Jesucristo es una; los testimonios evidentes y multiplicados de las Sagradas Letras han fijado tan bien este punto, que ningún cristiano puede llevar su osadía a contradecirlo. Pero cuando se trata de determinar y establecer la naturaleza de esta unidad, muchos se dejan extraviar por varios errores. No solamente el origen de la Iglesia, sino todos los caracteres de su constitución pertenecen al orden de las cosas que proceden de una voluntad libre; toda la cuestión consiste, pues, en saber lo que en realidad ha sucedido, y por eso es preciso averiguar no de qué modo la Iglesia podría ser una, sino qué unidad ha querido darle su Fundador.
Si examinamos los hechos, comprobaremos que Jesucristo no concibió ni instituyó una Iglesia formada de muchas comunidades que se asemejan por ciertos caracteres generales, pero distintas unas de otras y no unidas entre sí por aquellos vínculos que únicamente pueden dar a la Iglesia la individualidad y la unidad de que hacemos profesión en el símbolo de la fe: «Creo en la Iglesia una»...
«La Iglesia está constituida en la unidad por su misma naturaleza; es una, aunque las herejías traten de desgarrarla en muchas sectas. Decimos, pues, que la antigua y católica Iglesia es una, porque tiene la unidad; de la naturaleza, de sentimiento, de principio, de excelencia... Además, la cima de perfección de la Iglesia, como el fundamento de su construcción, consiste en la unidad; por eso sobrepuja a todo el mundo, pues nada hay igual ni semejante a ella»(12). Por eso, cuando Jesucristo habla de este edificio místico, no menciona más que una Iglesia, que llama suya: «Yo edificaré mi Iglesia». Cualquiera otra que se quiera imaginar fuera de ella no puede ser la verdadera Iglesia de Jesucristo.
7. Esto resulta más evidente aún si se considera el designio del divino Autor de la Iglesia. ¿Qué ha buscado, qué ha querido Jesucristo nuestro Señor en el establecimiento y conservación de la Iglesia? Una sola cosa: transmitir a la Iglesia la continuación de la misma misión del mismo mandato que El recibió de su Padre.
Esto es lo que había decretado hacer y esto es lo que realmente hizo: «Como mi Padre me envió, os envío a vosotros»(13). «Como tú me enviaste al mundo, los he enviado también al mundo»(14). En la misión de Cristo entraba rescatar de la muerte y salvar «lo que había perecido»; esto es, no solamente algunas naciones o algunas ciudades, sino la universalidad del género humano, sin ninguna excepción en el espacio ni en el tiempo. «El Hijo del hombre ha venido... para que el mundo sea salvado por El»(15). «Pues ningún otro nombre ha sido dado a los hombres por el que podamos ser salvados»(16). La misión, pues, de la Iglesia es repartir entre los hombres y extender a todas las edades la salvación operada por Jesucristo y todos los beneficios que de ella se siguen. Por esto, según la voluntad de su Fundador, es necesario que sea única en toda la extensión del mundo y en toda la duración de los tiempos. Para que pudiera existir una unidad más grande sería preciso salir de los límites de la tierra e imaginar un género humano nuevo y desconocido.
8. Esta Iglesia única, que debía abrazar a todos los hombres, en todos los tiempos y en todos los lugares, Isaías la vislumbró y señaló por anticipado cuando, penetrando con su mirada en lo porvenir, tuvo la visión de una montaña cuya cima, elevada sobre todas las demás, era visible a todos los ojos y que representaba la Casa de Dios, es decir, la Iglesia: «En los últimos tiempos, la montaña, que es la Casa del Señor, estará preparada en la cima de las montañas»(17).
Pero esta montaña colocada sobre la cima de las montañas es única; única es esta Casa del Señor, hacia la cual todas las naciones deben afluir un día en conjunto para hallar en ella la regla de su vida. «Y todas las naciones afluirán hacia ella y dirán: Venid, ascendamos a la montaña del Señor, vamos a la Casa del Dios de Jacob y nos enseñará sus caminos y marcharemos por sus senderos»(18). Optato de Mileve dice a propósito de este pasaje: «Está escrito en la profecía de Isaías: La ley saldrá de Sión, y la palabra de Dios, de Jerusalén».
No es, pues, en la montaña de Sión donde Isaías ve el valle, sino en la montaña santa, que es la Iglesia, y que llenando todo el mundo romano eleva su cima hasta el cielo... La verdadera Sión espiritual es, pues, la Iglesia, en la cual Jesucristo ha sido constituido Rey por Dios Padre, y que está en todo el mundo, lo cual es exclusivo de la Iglesia católica(19). Y he aquí lo que dice San Agustín: «¿Qué hay más visible que una montaña?» Y, sin embargo, hay montañas desconocidas que están situadas en un rincón apartado del globo... Pero no sucede así con esa montaña, pues ella llena toda la superficie de la tierra y está escrito de ella que está establecida sobre las cimas de las montañas(20).
9. Es preciso añadir que el Hijo de Dios decretó que la Iglesia fuese su propio Cuerpo místico, al que se uniría para ser su Cabeza, del mismo modo que en el cuerpo humano, que tomó por la Encarnación, la cabeza mantiene a los miembros en una necesaria y natural unión. Y así como tomó un cuerpo mortal único que entregó a los tormentos y a la muerte para pagar el rescate de los hombres, así también tiene un Cuerpo místico único en el que y por medio del cual hizo participar a los hombres de la santidad y de la salvación eterna. «Dios le hizo (a Cristo) jefe de toda la Iglesia, que es su cuerpo»(21).
Los miembros separados y dispersos no pueden unirse a una sola y misma cabeza para formar un solo cuerpo. Pues San Pablo dice: «Todos los miembros del cuerpo, aunque numerosos, no son sino un solo cuerpo: así es Cristo»(22). Y es por esto por lo que nos dice también que este cuerpo está unido y ligado. «Cristo es el jefe, en virtud del que todo el cuerpo, unido y ligado por todas sus coyunturas que se prestan mutuo auxilio por medio de operaciones proporcionadas a cada miembro, recibe su acrecentamiento para ser edificado en la caridad»(23). Así, pues, si algunos miembros están separados y alejados de los otros miembros, no podrán pertenecer a la misma cabeza como el resto del cuerpo. «Hay dice San Cipriano un solo Dios, un solo Cristo, una sola Iglesia de Cristo, una sola fe, un solo pueblo que, por el vínculo de la concordia, está fundado en la unidad sólida de un mismo cuerpo. La unidad no puede ser amputada; un cuerpo, para permanecer único, no puede dividirse por el fraccionamiento de su organismo»(24). Para mejor declarar la unidad de su Iglesia, Dios nos la presenta bajo la imagen de un cuerpo animado, cuyos miembros no pueden vivir sino a condición de estar unidos con la cabeza y de tomar sin cesar de ésta su fuerza vital; separados, han de morir necesariamente. «No puede (la Iglesia) ser dividida en pedazos por el desgarramiento de sus miembros y de sus entrañas. Todo lo que se separe del centro de la vida no podrá vivir por sí solo ni respirar»(25). Ahora bien: ¿en qué se parece un cadáver a un ser vivo? «Nadie jamás ha odiado a su carne, sino que la alimenta y la cuida como Cristo a la Iglesia, porque somos los miembros de su cuerpo formados de su carne y de sus huesos»(26).
Que se busque, pues, otra cabeza parecida a Cristo, que se busque otro Cristo si se quiere imaginar otra Iglesia fuera de la que es su cuerpo. «Mirad de lo que debéis guardaros, ved por lo que debéis velar, ved lo que debéis tener. A veces se corta un miembro en el cuerpo humano, o más bien se le separa del cuerpo una mano, un dedo, un pie. ¿Sigue el alma al miembro cortado? Cuando el miembro está en el cuerpo, vive; cuando se le corta, pierde la vida. Así el hombre, en tanto que vive en el cuerpo de la Iglesia, es cristiano católico; separado se hará herético. El alma no sigue al miembro amputado»(27).
La Iglesia de Cristo es, pues, única y, además, perpetua: quien se separa de ella se aparta de la voluntad y de la orden de Jesucristo nuestro Señor, deja el camino de salvación y corre a su pérdida. «(Quien se separa de la Iglesia para unirse a una esposa adúltera, renuncia a las promesas hechas a la Iglesia. Quien abandona a la Iglesia de Cristo no logrará las recompensas de Cristo... Quien no guarda esta unidad, no guarda la ley de Dios, ni guarda la fe del Padre y del Hijo, ni guarda la vida ni la salud»(28).
Unidad de la Iglesia
10. Pero aquel que ha instituido la Iglesia única, la ha instituido una; es decir, de tal naturaleza, que todos los que debían ser sus miembros habían de estar unidos por los vínculos de una sociedad estrechísima, hasta el punto de formar un solo pueblo, un solo reino, un solo cuerpo. «Sed un solo cuerpo y un solo espíritu, como habéis sido llamados a una sola esperanza en vuestra vocación»(29).
En vísperas de su muerte, Jesucristo sancionó y consagró del modo más augusto su voluntad acerca de este punto en la oración que dirigió a su Padre: «No ruego por ellos solamente, sino por aquellos que por su palabra creerán en mí... a fin de que ellos también sean una sola cosa en nosotros... a fin de que sean consumados en la unidad»(30). Y quiso también que el vínculo de la unidad entre sus discípulos fuese tan íntimo y tan perfecto que imitase en algún modo a su propia unión con su Padre: «os pido... que sean todos una misma cosa, como vos mi Padre estáis en mí y yo en vos»(31).
Unidad de fe y comnnión
11. Una tan grande y absoluta concordia entre los hombres debe tener por fundamento necesario la armonía y la unión de las inteligencias, de la que se seguirá naturalmente la armonía de las voluntades y el concierto en las acciones. Por esto, según su plan divino, Jesús quiso que la unidad de la fe existiese en su Iglesia; pues la fe es el primero de todos los vínculos que unen al hombre con Dios, y a ella es a la que debemos el nombre de fieles.
«Un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo»(32), es decir, del mismo modo que no tienen más que un solo Señor y un solo bautismo, así todos los cristianos del mundo no deben tener sino una sola fe. Por esto el apóstol San Pablo no pide solamente a los cristianos que tengan los mismos sentimientos y huyan de las diferencias de opinión, sino que les conjura a ello por los motivos más sagrados: «Os conjuro, hermanos míos, por el nombre de nuestro Señor Jesucristo, que no tengáis más que un mismo lenguaje ni sufráis cisma entre vosotros, sino que estéis todos perfectamente unidos en el mismo espíritu y en los mismos sentimientos»(33). Estas palabras no necesitan explicación, son por sí mismas bastante elocuentes.
La Sagrada Escritura
12. Además, aquellos que hacen profesión de cristianismo reconocen de ordinario que la fe debe ser una. El punto más importante y absolutamente indispensable, aquel en que yerran muchos, consiste en discernir de qué naturaleza es, de qué especie es esta unidad. Pues aquí, como Nos lo hemos dicho más arriba, en semejante asunto no hay que juzgar por opinión o conjetura, sino según la ciencia de los hechos hay que buscar y comprobar cuál es la unidad de la fe que Jesucristo ha impuesto a su Iglesia.
La doctrina celestial de Jesucristo, aunque en gran parte esté consignada en libros inspirados por Dios, si hubiese sido entregada a los pensamíentos de los hombres no podría por sí misma unir los espíritus. Con la mayor facilidad llegaría a ser objeto de interpretaciones diversas, y esto no sólo a causa de la profundidad y de los misterios de esta doctrina, sino por la diversidad de los entendimientos de los hombres y de la turbación que nacería del choque y de la lucha de contrarias pasiones. De las diferencias de interpretación nacería necesariamente la diversidad de los sentimientos, y de ahí las controversias, disensiones y querellas, como las que estallaron en la Iglesia en la época más próxima a su origen: He aquí por qué escribía San Ireneo, hablando de los herejes: «Confiesan las Escrituras, pero pervierten su interpretación»(34). Y San Agustín: «El origen de las herejías y de los dogmas perversos, que tienden lazos a las almas y las precipitan en el abismo, está únicamente en que las Escrituras, que son buenas, se entienden de una manera que no es buena»(35).
El Magisterio de los apóstoles y sus sucesores
13. Para unir los espíritus, para crear y conservar la concordia de los sentimientos, era necesario, además de la existencia de las Sagradas Escrituras, otro principio. La sabiduría divina lo exige, pues Dios no ha podido querer la unidad de la fe sin proveer de un modo conveniente a la conservación de esta unidad, y las mismas Sagradas Escrituras indican claramente que lo ha hecho, como lo diremos más adelante. Ciertamente, el poder infinito de Dios no está ligado ni constreñido a ningún medio determinado, y toda criatura le obedece como un dócíl instrumento. Es, pues, preciso buscar, entre todos los medios de que disponía Jesucristo, cuál es el principio de unidad en la fe que quiso establecer.
Para esto hay que remontarse con el pensamiento a los primeros orígenes del cristianismo. Los hechos que vamos a recordar están confirmados por las Sagradas Letras y son conocidos de todos.
Jesucristo prueba, por la virtud de sus milagros, su divinidad y su misión divina; habla al pueblo para instruirle en las cosas del cielo y exige absolutamente que se preste entera fe a sus enseñanzas; lo exige bajo la sanción de recompensas o de penas eternas. «Si no hago las obras de mi Padre, no me creáis»(36).
«Si no hubiese hecho entre ellos obras que ningún otro ha hecho no habrían pecado»(37). «Pero si yo hago esas obras y no queréis creer en mí, creed en mis obras»(38). Todo lo que ordena, lo ordena con la misma autoridad; en el asentimiento de espíritu que exige, no exceptúa nada, nada distingue. Aquellos, pues, que escuchaban a Jesús, si querían salvarse, tenían el deber no sólo de aceptar en general toda su doctrina, sino de asentir plenamente a cada una de las cosas que enseñaba. Negarse a creer, aunque sólo fuera en un punto, a Dios cuando habla es contrario a la razón.
14. A1 punto de volverse al cielo, envía a sus apóstoles revistiéndolos del mismo poder con el que el Padre le enviara, les ordenó que esparcieran y sembraran por todo el mundo su doctrina. «Todo poder me ha sido dado en el cielo y sobre la tierra. Id y enseñad a todas las naciones... enseñadles a observar todo lo que os he mandado»(39). Todos los que obedezcan a los apóstoles serán salvos, y los que no obedezcan perecerán.
«Quien crea y sea bautizado será salvo; quien no crea será condenado(40). Y como conviene soberaranamente a la Providencia divina no encargar a alguno de una misión, sobre todo si es importante y de gran valor, sin darle al mismo tiempo los medios de cumplirla, Jesucristo promete enviar a sus discípulos el Espíritu de verdad, que permanecerá con ellos eternamente. «Si me voy, os lo enviaré (al Paráclito)... y cuando este Espírítu de verdad venga sobre vosotros, os enseñará toda la verdad»(41). «Y yo rogaré a mi Padre, y El os enviará otro Paráclito para que viva siempre con vosotros; éste será el Espíritu de verdad»(42). «El os dará testimonio de mí, y vosotros también daréis testimonio»(43).
Además, ordenó aceptar religiosamente y observar santamente la doctrina de los apóstoles como la suya propia. «Quien os escucha me escucha, y quien os desprecia me desprecia»(44).
Los apóstoles, pues, fueron enviados por Jesucristo de la misma manera que El fue enviado por su Padre: «Como mi Padre me ha enviado, así os envío yo a vosotros»(45). Por consiguiente, así como los apóstoles y los discípulos estaban obligados a someterse a la palabra de Cristo, la misma fe debía ser otorgada a la palabra de los apóstoles por todos aquellos a quienes instruían los apóstoles en virtud del mandato divino. No era, pues, permitido repudiar un solo precepto de la doctrina de los apóstoles sin rechazar en aquel punto la doctrina del mismo Jesucristo.
Seguramente la palabra de los apóstoles después de haber descendido a ellos el Espíritu Santo, resonó hasta los lugares más apartados.
Donde ponían el pie se presentaban como los enviados de Jesús. «Es por El (Jesucristo) por quien hemos recibido la gracia y el apostolado para hacer que obedezcan a la fe, para gloria de su nombre en todas las naciones»(46). Y en todas partes Dios hacía resplandecer bajo sus pasos la divinidad de su misión por prodigios. «Y habiendo partido, predicaron por todas partes, y el Señor cooperaba con ellos y confirmaba su palabra por los milagros que la acompañaban»(47).
¿De qué palabra se trata? De aquella, evidentemente, que abraza todo lo que habían aprendido de su Maestro, pues ellos daban testimonio públicamente y a la luz del sol de que les era imposible callar nada de lo que habían visto y oído.
15. Pero, ya lo hemos dicho, la misión de los apóstoles no era de tal naturaleza que pudiese perecer con las personas de los apóstoles o para desaparecer con el tiempo, pues era una misión pública e instituida para la salvación del género humano. Jesucristo, en efecto, ordenó a los apóstoles que predicasen «el Evangelio a todas las gentes», y que «llevasen su nombre delante de los pueblos y de los reyes», y que le sirviesen de testigos hasta en las extremidades de la tierra.
Y en cumplimiento de esta gran misión les prometió estar con ellos, y esto no por algunos años, o algunos periodos de años, sino por todos los tiempos, «hasta la consumación de los siglos». Acerca de esto escribe San Jerónimo: «Quien promete estar con sus discípulos hasta la consumación de los siglos, muestra con esto que sus discípulos vivirán siempre, y que El mismo no cesará de estar con los creyentes»(48).
¿Y cómo había de suceder esto únicamente con los apóstoles, cuya condición de hombres les sujetaba a la ley suprema de la muerte? La Providencia divina había, pues, determinado que el magisterio instituido por Jesucristo no quedaría restringido a los límites de la vida de los apóstoles, sino que duraría siempre. Y, en realidad, vemos que se ha transmitido y ha pasado como de mano en mano en la sucesión de los tiempos.
16. Los apóstoles, en efecto, consagraron a los obispos y designaron nominalmente a los que debían ser sus sucesores inmediatos en el «ministerio de la palabra». Pero no fue esto solo: ordenaron a sus sucesores que escogieran hombres propios para esta función y que les revistieran de la misma autoridad y les confiasen a su vez el cargo de enseñar.
«Tú, pues, hijo mío, fortifícate en la gracia que está en Jesucristo, y lo que has escuchado de mí delante de gran número de testigos, confíalo a los hombres fieles que sean capaces de instruir en ello a los otros»(49). Es, pues, verdad que, así como Jesucristo fue enviado por Dios y los apóstoles por Jesucristo, del mismo modo los obispos y todos los que sucedieron a los apóstoles fueron enviados por los apóstoles.
«Los apóstoles nos han predicado el Evangelio enviados por nuestro Señor Jesucristo, y Jesucristo fue enviado por Dios. La misión de Cristo es la de Dios, la de los apóstoles es la de Cristo, y ambas han sido instituidas según el orden y por la voluntad de Dios... Los apóstoles predicaban el Evangelio por naciones y ciudades; y después de haber examinado, según el espíritu de Dios, a los que eran las primicias de aquellas cristiandades, establecieron los obispos y los diáconos para gobernar a los que habían de creer en lo sucesivo... Instituyeron a los que acabamos de citar, y más tarde tomaron sus disposiciones para que, cuando aquéllos murieran, otros hombres probados les sucedieran en su ministerio»(50).
Es, pues, necesario que de una manera permanente subsista, de una parte, la misión constante e inmutable de enseñar todo lo que Jesucristo ha enseñado, y de otra, la obligación constante e inmutable de aceptar y de profesar toda la doctrina así enseñada. San Cipriano lo expresa de un modo excelente en estos términos: «Cuando nuestro Señor Jesucristo, en el Evangelio, declara que aquellos que no están con El son sus enemigos, no designa una herejía en particular, sino denuncia como a sus adversarios a todos aquellos que no están enteramente con El, y que no recogiendo con El ponen en dispersión su rebaño: El que no está conmigo dijoestá contra mí, y el que no recoge conmigo esparce»(51).
17. Penetrada plenamente de estos principios, y cuidadosa de su deber, la Iglesia nada ha deseado con tanto ardor ni procurado con tanto esfuerzo cómo conservar del modo más perfecto la integridad de la fe. Por esto ha mirado como a rebeldes declarados y ha lanzado de su seno a todos los que no piensan como ella sobre cualquier punto de su doctrina.
Los arrianos, los montanistas, los novacianos, los cuartodecimanos, los eutiquianos no abandonaron, seguramente, toda la doctrina católica, sino solamente tal o cual parte, y, sin embargo, ¿quién ignora que fueron declarados herejes y arrojados del seno de la Iglesia? Un juicio semejante ha condenado a todos los fautores de doctrinas erróneas que fueron apareciendo en las diferentes épocas de la historia. «Nada es más peligroso que esos heterodoxos que, conservando en lo demás la integridad de la doctrina, con una sola palabra, como gota de veneno, corrompen la pureza y sencillez de la fe que hemos recibido de la tradición dominical, después apostólica»(52).
Tal ha sido constantemente la costumbre de la Iglesia, apoyada por el juicio unánime de los Santos Padres, que siempre han mirado como excluido de la comunión católica y fuera de la Iglesia a cualquiera que se separe en lo más mínimo de la doctrina enseñada por el magisterio auténtico. San Epifanio, San Agustín, Teodoreto, han mencionado un gran número de herejías de su tiempo. San Agustín hace notar que otras clases de herejías pueden desarrollarse, y que, si alguno se adhiere a una sola de ellas, por ese mismo hecho se separa de la unidad católica.
«De que alguno diga que no cree en esos errores (esto es, las herejías que acaba de enumerar), no se sigue que deba creerse y decirse cristiano católico. Pues puede haber y pueden surgir otras herejías que no están mencionadas en esta obra, y cualquiera que abrazase una sola de ellas cesaría de ser cristiano católico»(53).
18. Este medio, instituido por Dios para conservar la unidad de la fe, de que Nos hablamos, está expuesto con insistencia por San Pablo en su epístola a los de Efeso, al exhortarles, en primer término, a conservar la armonía de los corazones. «Aplicaos a conservar la unidad del espíritu por el vínculo de la paz»(54); y como los corazones no pueden estar plenamente unidos por la caridad si los espíritus no están conformes en la fe, quiere que no haya entre todos ellos más que una misma fe. «Un solo Señor y una sola fe».
Y quiere una unidad tan perfecta que excluya todo peligro de error, «a fin de que no seamos como niños vacilantes llevados de un lado a otro a todo viento de doctrina por la malignidad de los hombres, por la astucia que arrastra a los lazos del error». Y enseña que esta regla debe ser observada no durante un periodo de tiempo determinado, sino «hasta que lleguemos todos a la unidad de la fe, en la medida de los tiempos de la plenitud de Cristo». Pero ¿dónde ha puesto Jesucristo el principio que debe establecer esta unidad y el auxilio que debe conservarla? Helo aquí: «Ha hecho a unos apóstoles, a otros pastores y doctores para la perfección de los santos, para la obra del ministerio, para la edificación del Cuerpo de Cristo».
19. Esta es también la regla que desde la antigüedad más remota han seguido siempre y unánimemente han defendido los Padres y los doctores. Escuchad a Orígenes: «Cuantas veces nos muestran los herejes las Escrituras canónicas, a las que todo cristiano da su asentimiento y su fe, parecen decir: En nosotros está la palabra de la verdad. Pero no debemos creerlos ni apartarnos de la primitiva tradición eclesiástica, ni creer otra cosa que lo que las Iglesias de Dios nos han enseñado por la tradición sucesiva»(55).
Escuchad a San Ireneo: «La verdadera sabiduría es la doctrina de los apóstoles... que ha llegado hasta nosotros por la sucesión de los obispos... al transmitirnos el conocimiento muy completo de las Escrituras, conservado sin alteración»(56).
He aquí lo que dice Tertuliano: «Es evidente que toda doctrina, conforme con las de las Iglesias apostólicas, madres y fuentes primitivas de la fe, debe ser declarada verdadera; pues que ella guarda sin duda lo que las Iglesias han recibido de los apóstoles; los apóstoles, de Cristo; Cristo, de Dios... Nosotros estamos siempre en comunión con las Iglesias apostólicas; ninguna tiene diferente doctrina; éste es el mayor testimonio de la verdad»(57).
Y San Hilario: «Cristo, sentado en la barca para enseñar, nos hace entender que los que están fuera de la Iglesia no pueden tener ninguna inteligencia con la palabra divina. Pues la barca representa a la Iglesia, en la que sólo el Verbo de verdad reside y se hace escuchar, y los que están fuera de ella y fuera permanecen, estériles e inútiles como la arena de la ribera, no pueden comprenderle»(58).
Rufino alaba a San Gregorio Nacianceno y a San Basilio porque «se entregaban únicamente al estudio de los libros de la Escritura Santa, sin tener la presunción de pedir su interpretación a sus propios pensamientos, sino que la buscaban en los escritos y en la autoridad de los antiguos, que, a su vez, según era evidente, recibieron de la sucesión apostólica la regla de su interpretación»(59).
Integridad del depósito de la fe
20. Es, pues, incontestable, después de lo que acabamos de decir, que Jesucristo instituyó en la Iglesia un magisterio vivo, auténtico y además perpetuo, investido de su propia autoridad, revestido del espíritu de verdad, confirmado por milagros, y quiso, y muy severamente lo ordenó, que las enseñanzas doctrinales de ese magisterio fuesen recibidas como las suyas propias. Cuantas veces, por lo tanto, declare la palabra de ese magisterio que tal o cual verdad forma parte del conjunto de la doctrina divinamente revelada, cada cual debe creer con certidumbre que eso es verdad; pues si en cierto modo pudiera ser falso, se seguiría de ello, lo cual es evidentemente absurdo, que Dios mismo sería el autor del error de los hombres. «Señor, si estamos en el error, vos mismo nos habéis engañado» (60). Alejado, pues, todo motivo de duda, ¿puede ser permitido a nadie rechazar alguna de esas verdades sin precipitarse abiertamente en la herejía, sin separarse de la Iglesia y sin repudiar en conjunto toda la doctrina cristiana?
Pues tal es la naturaleza de la fe, que nada es más imposible que creer esto y dejar de creer aquello. La Iglesia profesa efectivamente que la fe es «una virtud sobrenatural por la que, bajo la inspiración y con el auxilio de la gracia de Dios, creemos que lo que nos ha sido revelado por El es verdadero; y lo creemos no a causa de la verdad intrínseca de las cosas, vista con la luz natural de nuestra razón, sino a causa de la autoridad de Dios mismo, que nos revela esas verdades y que no puede engañarse ni engañarnos»(61).
«Si hay, pues, un punto que haya sido revelado evidentemente por Dios y nos negamos a creerlo, no creemos en nada de la fe divina». Pues el juicio que emite Santiago respecto de las faltas en el orden moral hay que aplicarlo a los errores de entendimiento en el orden de la fe. «Quien se hace culpado en un solo punto, se hace transgresor de todos»(62). Esto es aún más verdadero en los errores del entendimiento. No es, en efecto, en el sentido más propio como pueda llamarse transgresor de toda la ley a quien haya cometido una sola falta moral, pues si puede aparecer despreciando a la majestad de Dios, autor de toda la ley, ese desprecio no aparece sino por una suerte de interpretación de la voluntad del pecador. Al contrario, quien en un solo punto rehúsa su asentimiento a las verdades divinamente reveladas, realmente abdica de toda la fe, pues rehúsa someterse a Dios en cuanto a que es la soberana verdad y el motivo propio de la fe. «En muchos puntos están conmigo, en otros solamente no están conmigo; pero a causa de esos puntos en los que no están conmigo, de nada les sirve estar conmigo en todo lo demás»(63).
Nada es más justo; porque aquellos que no toman de la doctrina cristiana sino lo que quieren, se apoyan en su propio juicio y no en la fe, y al rehusar «reducir a servidumbre toda inteligencia bajo la obediencia de Cristo(64) obedecen en realidad a sí mismos antes que a Dios. «Vosotros, que en el Evangelio creéis lo que os agrada y os negáis a creer lo que os desagrada, creéis en vosotros mismos mucho más que en el Evangelio»(65).
21. Los Padres del concilio Vaticano I nada dictaron de nuevo, pues sólo se conformaron con la institución divina y con la antigua y constante doctrina de la Iglesia y con la naturaleza misma de la fe cuando formularon este decreto: «Se deben creer como de fe divina y católica todas las verdades que están contenidas en la palabra de Dios escrita o transmitida por la tradición, y que la Iglesia, bien por un juicio solemne o por su magisterio ordinario y universal, propone como divinamente revelada»(66).
Siendo evidente que Dios quiere de una manera absoluta en su Iglesia la unidad de la fe, y estando demostrado de qué naturaleza ha querido que fuese esa unidad, y por qué principio ha decretado asegurar su conservación, séanos permitido dirigirnos a todos aquellos que no han resuelto cerrar los oídos a la verdad y decirles con San Agustín: «Pues que vemos en ellos un gran socorro de Dios y tanto provecho y utilidad, ¿dudaremos en acogernos en el seno de esta Iglesia que, según la confesión del género humano, tiene en la Sede Apostólica y ha guardado por la sucesión de sus obispos la autoridad suprema, a despecho de los clamores de los herejes que la asedian y han sido condenados, ya por el juicio del pueblo, ya por las solemnes decisiones de los concilios, o por la majestad de los milagros? No querer darle el primer lugar es seguramente producto de una soberana impiedad o de una arrogancia desesperada. Y si toda ciencia, aun la más humilde y fácil, exige, para ser adquirida, el auxilio de un doctor o de un maestro, ¿puédese imaginar un orgullo más temerario, tratándose de libros de los divinos misterios, negarse a recibirlo de boca de sus intérpretes y sin conocerlos querer condenarlos?»(67).
Fe y vida cristiana
22. Es, pues, sin duda deber de la Iglesia conservar y propagar la doctrina cristiana en toda su integridad y pureza. Pero su papel no se limita a eso, y el fin mismo para el que la Iglesia fue instituida no se agotó con esta primera obligación. En efecto, por la salud del género humano se sacrificó Jesucristo, y a este fin refirió todas sus enseñanzas y todos sus preceptos, y lo que ordenó a la Iglesia que buscase en la verdad de la doctrina fue la santificación y la salvación de los hombres. Pero este designio tan grande y tan excelente, no puede realizarse por la fe sola; es preciso añadir a ella el culto dado a Dios en espíritu de justicia y de piedad, y que comprende, sobre todo, el sacrificio divino y la participación de los sacramentos, y por añadidura la santidad de las leyes morales y de la disciplina.
Todo esto debe encontrarse en la Iglesia, pues está encargada de continuar hasta el fin de los siglos las funciones del Salvador; la religión que, por la voluntad de Dios, en cierto modo toma cuerpo en ella es la Iglesia sola quien la ofrece en toda su plenitud y perfección; e igualmente todos los medios de salvacíón que, en el plan ordinario de la Providencia, son necesarios a los hombres, sólo ella es quien los procura.
Unidad de régimen
23. Pero así como la doctrina celestial no ha estado nunca abandonada al capricho o al juicio individual de los hombres, sino que ha sido primeramente enseñada por Jesús, después confiada exclusivamente al magisterio de que hemos hablado, tampoco al primero que llega entre el pueblo cristiano, sino a ciertos hombres escogidos ha sido dada por Dios la facultad de cumplir y administrar los divinos misterios y el poder de mandar y de gobernar.
Sólo a los apóstoles y a sus legítimos sucesores se refieren estas palabras de Jesucristo: «Id por todo el mundo y predicad el Evangelio... bautizad a los hombres... haced esto en memoria mía... A quien remitierais los pecados le serán remitidos». Del mismo modo, sólo a los apóstoles y a sus legítimos sucesores se les ordenó apacentar el rebaño, esto es, gobernar con autoridad al pueblo cristiano, que por este mandato quedó obligado a prestarles obediencia y sumisión. El conjunto de todas estas funciones del ministerio apostólico está comprendido en estas palabras de San Pablo: «Que los hombres nos miren como a ministros de Cristo y dispensadores de los misterios de Dios»(68).
De este modo, Jesucristo llamó a todos los hombres sin excepción, a los que existían en su tiempo y a los que debían de existir en adelante, para que le siguiesen como a Jefe y Salvador, y no aislada e individualmente, sino todos en conjunto, unidos en una asociación de personas, de corazones, para que de esta multitud resultase un solo pueblo, legítimamente constituido en sociedad; un pueblo verdaderamente uno por la comunidad de fe, de fin y de medios apropiados a éste; un pueblo sometido a un solo y mismo poder.
De hecho, todos los principios naturales que entre los hombres crean espontáneamente la sociedad destinada a proporcionarles la perfección de que su naturaleza es capaz, fueron establecidos por Jesucristo en la Iglesia, de modo que, en su seno, todos los que quieran ser hijos adoptivos de Dios pueden llegar a la perfección conveniente a su dignidad y conservarla, y así lograr su salvación. La Iglesia, pues, como ya hemos indicado, debe servir a los hombres de guía en el camino del cielo, y Dios le ha dado la misión de juzgar y de decidir por sí misma de todo lo que atañe a la religión, y de administrar, según su voluntad, libremente y sin cortapisas de ningún género, los intereses cristianos.
24. Es, por lo tanto, no conocerla bien o calumniarla injustamente el acusarla de querer invadir el dominio propio de la sociedad civil o de poner trabas a los derechos de los soberanos. Todo lo contrario; Dios ha hecho de la Iglesia la más excelente de todas las sociedades, pues el fin a que se dirige sobrepuja en nobleza al fin de las demás sociedades, tanto como la gracia divina sobrepuja a la naturaleza y los bienes inmortales son superiores a las cosas perecederas.
Por su origen es, pues, la Iglesia una sociedad divina; por su fin y por los medios inmediatos que la conducen es sobrenatural; por los miembros de que se compone, y que son hombres, es una sociedad humana. Por esto la vemos designada en las Sagradas Escrituras con los nombres que convienen a una sociedad perfecta. Llámasela no solamente Casa de Dios, la Ciudad colocada sobre la montaña y donde todas las naciones deben reunirse, sino también Rebaño que debe gobernar un solo pastor y en el que deben refugiarse todas las ovejas de Cristo; también es llamada Reino suscitadopor Dios y que durará eternamente; en fin, Cuerpo de Cristo, Cuerpo místico, sin duda, pero vivo siempre, perfectamente formado y compuesto de gran número de miembros, cuya función es diferente, pero ligados entre sí y unidos bajo el imperio de la Cabeza, que todo lo dirige.
Y pues es imposible imaginar una sociedad humana verdadera y perfecta que no esté gobernada por un poder soberano cualquiera, Jesucristo debe haber puesto a la cabeza de la Iglesia un jefe supremo, a quien toda la multitud de los cristianos fuese sometida y obediente. Por esto también, del mismo modo que la Iglesia, para ser una en su calidad de reunión de los fieles, requiere necesariamente la unidad de la fe, también para ser una en cuanto a su condición de sociedad divinamente constituida ha de tener de derecho divino la unidad de gobierno, que produce y comprende la unidad de comunión. «La unidad de la Iglesia debe ser considerada bajo dos aspectos: primero, el de la conexión mutua de los miembros de la Iglesia o la comunicación que entre ellos existe, y en segundo lugar, el del orden, que liga a todos los miembros de la Iglesia a un solo jefe(69).
Por aquí se puede comprender que los hombres no se separan menos de la unidad de la Iglesia por el cisma que por la herejía. «Se señala como diferencia entre la herejía y el cisma que la herejía profesa un dogma corrompido, y el cisma, consecuencia de una disensión entre el episcopado, se separa de la Iglesia»(70).
Estas palabras concuerdan con las de San Juan Crisóstomo sobre el mismo asunto: «Digo y protesto que dividir a la Iglesia no es menor mal que caer en la herejía»(71). Por esto, si ninguna herejía puede ser legítima, tampoco hay cisma que pueda mirarse como promovido por un buen derecho. «Nada es más grave que el sacrilegio del cisma: no hay necesidad legítima de romper la unidad»(72).
El Primado de Pedro
25. ¿Y cuál es el poder soberano a que todos los cristianos deben obedecer y cuál es su naturaleza? Sólo puede determinarse comprobando y conociendo bien la voluntad de Cristo acerca de este punto. Seguramente Cristo es el Rey eterno, y eternamente, desde lo alto del cielo, continúa dirigiendo y protegiendo invisiblemente su reino; pero como ha querido que este reino fuera visible, ha debido designar a alguien que ocupe su lugar en la tierra después que él mismo subió a los cielos.
«Si alguno dice que el único jefe y el único pastor es Jesucristo, que es el único esposo de la Iglesia única, esta respuesta no es suficiente. Es cierto, en efecto, que el mismo Jesucristo obra los sacramentos en la Iglesia. El es quien bautiza, quien remite los pecados; es el verdadero Sacerdote que se ofrece sobre el altar de la cruz y por su virtud se consagra todos los días su cuerpo sobre el altar, y, no obstante, como no debía permanecer con todos los fieles por su presencia corpórea, escogió ministros por cuyo medio pudieran dispensarse a los fieles los sacramentos de que acabamos de hablar, como lo hemos dicho más arriba (c.74). Del mismo modo, porque debía sustraer a la Iglesia su presencia corporal, fue preciso que designara a alguien para que, en su lugar, cuidase de la Iglesia universal. Por eso dijo a Pedro antes de su ascensión: "Apacienta mis ovejas"»(73).
26. Jesucristo, pues, dio a Pedro a la Iglesia por jefe soberano, y estableció que este poder, ínstituido hasta el fin de los siglos para la salvación de todos, pasase por herencia a los sucesores de Pedro, en los que el mismo Pedro se sobreviviría perpetuamente por su autoridad. Seguramente al bienaventurado Pedro, y fuera de él a ningún otro, se hizo esta insigne promesa: «Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia»(74). «Es a Pedro a quien el Señor habló; a uno solo, a fin de fundar 1a unidad por uno solo»(75).
«En efecto, sin ningún otro preámbulo, designa por su nombre al padre del apóstol y al apóstol mismo (Tú eres bienaventurado, Simón, hijo de Jonás), y no permitiendo ya que se le llame Simón, reivindica para él en adelante como suyo en virtud de su poder, y quiere por una imagen muy apropiada que así se llame al nombre de Pedro, porque es la piedra sobre la que debía fundar su Iglesia»(76).
Según este oráculo, es evidente que, por voluntad y orden de Dios, la Iglesia está establecida sobre el bienaventurado Pedro, como el edificio sobre los cimientos. Y pues la naturaleza y la virtud propia de los cimientos es dar cohesión al edificio por la conexión íntima de sus diferentes partes y servir de vínculo necesario para la seguridad y solidez de toda la obra, si el cimiento desaparece, todo el edificio se derrumba. El papel de Pedro es, pues, el de soportar a la Iglesia y mantener en ella la conexión y la solidez de una cohesión indisoluble. Pero ¿cómo podría desempeñar ese papel si no tuviera el poder de mandar, defender y juzgar; en una palabra: un poder de jurisdicción propio y verdadero? Es evidente que los Estados y las sociedades no pueden subsistir sin un poder de jurisdicción. Una primacía de honor, o el poder tan modesto de aconsejar y advertir que se llama poder de dirección, son incapaces de prestar a ninguna sociedad humana un elemento eficaz de unidad y de solidez.
27. Por el contrario, el verdadero poder de que hablamos está declarado y afirmado con estas palabras: «Y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella».
«¿Qué es decir contra ella? ¿Es contra la piedra sobre la que Jesucristo edificó su Iglesia? ¿Es contra la Iglesia? La frase resulta ambigua. ¿Será para significar que la piedra y la Iglesia no son sino una misma cosa? Sí; eso es, a lo que creo, la verdad; pues las puertas del infierno no prevalecerán ni contra la piedra sobre la que Jesucristo fundó la Iglesia, ni contra la Iglesia misma»(77). He aquí el alcance de esta divina palabra: La Iglesia apoyada en Pedro, cualquiera que sea la habilidad que desplieguen sus enemigos, no podrá sucumbir jamás ni desfallecer en lo más mínimo.
«Siendo la Iglesia el edificio de Cristo, quien sabiamente ha edificado su casa sobre piedra, no puede estar sometida a las puertas del infierno; éstas pueden prevalecer contra quien se encuentre fuera de la piedra, fuera de la Iglesia, pero son impotentes contra ésta»(78). Si Dios ha confiado su Iglesia a Pedro, ha sido con el fin de que ese sostén invisible la conserve siempre en toda su integridad. La ha investido de la autoridad, porque para sostener real y eficazmente una sociedad humana, el derecho de mandar es indispensable a quien la sostiene.
28. Jesús añade aún: «Y te daré las llaves del reino de los cielos», y es claro que continúa hablando de la Iglesia, de esta Iglesia que acaba de llamar suya y que ha declarado querer edificar sobre Pedro como sobre su fundamento. La Iglesia ofrece, en efecto, la imagen no sólo de un edificio, sino de un reino; y además nadie ignora que las llaves son la insignia ordinaria de la autoridad. Así, cuando Jesús promete dar a Pedro las llaves del reino de los cielos, promete darle el poder y la autoridad de la Iglesia. «El Hijo le ha dado (a Pedro) la misión de esparcir en el mundo entero el conocimiento del Padre y del Hijo y ha dado a un hombre mortal todo el poder de los cielos al confiar las llaves a Pedro, que ha extendido la Iglesia hasta las extremidades del mundo y que la ha mostrado más inquebrantable que el cielo»(79).
29. Lo que sigue tiene también el mismo sentido: «Todo lo que atares en la tierra será también atado en el cielo, y lo que desatares en la tierra será desatado en el cielo». Esta expresión figurada: atar y desatar, designa el poder de establecer leyes y el de juzgar y castigar. Y Jesucristo afirma que ese poder tendrá tanta extensión y tal eficacia, que todos los decretos dados por Pedro serán ratificados por Dios. Este poder es, pues, soberano y de todo punto independiente, porque no hay sobre la tierra otro poder superior al suyo que abrace a toda la Iglesia y a todo lo que está confiado a la Iglesia.
30. La promesa hecha a Pedro fue cumplida cuando Jesucristo nuestro Señor, después de su resurrección, habiendo preguntado por tres veces a Pedro si le amaba más que los otros, le dijo en tono imperativo: «Apacienta mis corderos... apacienta mis ovejas»(80).
Es decir, que a todos los que deben estar un día en su aprisco les envía a Pedro como a su verdadero pastor. «Si el Señor pregunta lo que no le ofrece duda, no quiere, indudablemente, instruirse, sino instruir a quien, a punto de subir al cielo, nos dejaba por Vicario de su amor... Y porque sólo entre todos Pedro profesaba este amor, es puesto a la cabeza de los más perfectos para gobernarlos, por ser él mismo más perfecto»(81). El deber y el oficio del pastor es guiar al rebaño, velar por su salud, procurándole pastos saludables, librándole de los peligros, descubriendo los lazos y rechazando los ataques violentos; en una palabra: ejerciendo la autoridad del gobierno. Y pues Pedro ha sido propuesto como pastor al rebaño de fieles, ha recibido el poder de gobernar a todos los hombres, por cuya salvación Jesucristo dio su sangre «¿Y por qué vertió su sangre? Para rescatar a esas ovejas que ha confiado a Pedro y a sus sucesores»(82).
31. Y porque es necesario que todos los cristianos estén unidos entre sí por la comunidad de una fe inmutable, nuestro Señor Jesucristo, por la virtud de sus oraciones, obtuvo para Pedro que en el ejercicio de su poder no desfalleciera jamás su fe. «He orado por ti a fin de que tu fe no desfallezca»(83).
Y le ordenó además que, cuantas veces lo pidieran las circunstancias, comunicase a sus hermanos la luz y la energía de su alma: «Confirma a tus hermanos»(84). Aquel, pues, a quien, designado como fundamento de la Iglesia, quiere que sea columna de la fe. Pues que de su propia autoridad le dio el reino, no podía afirmar su fe de otro modo que llamándole Piedra y designándole como el fundamento que debía afirmar su Iglesia(83).
Soberanía de Cristo
32. De aquí que ciertos nombres que designan muy grandes cosas y que «pertenecen en propiedad a Jesucristo en virtud de su poder, Jesús mismo ha querido hacerlas comunes a El y a Pedro por participación(86), a fin de que la comunidad de títulos manifestase la comunidad del poder. Así, El, que es la piedra principal del ángulo sobre la que todo el edificio construido se eleva como un templo sagrado en el Señor»(87), ha establecido a Pedro como la piedra sobre la que debía estar apoyada su Iglesia. «Cuando dice: Tú eres la piedra, esta palabra le confiere un hermoso título de nobleza. Y, sin embargo, es la piedra, no como Cristo es la piedra, sino como Pedro puede ser la piedra. Cristo es esencialmente la piedra inquebrantable, y por ésta es por quien Pedro es la piedra. Porque Cristo comunica sus dignidades sin empobrecerse... Es sacerdote y hace sacerdotes... Es piedra y hace de su apóstol la piedra»(88).
Es, además, el Rey de la Iglesia, «que posee la llave de David; cierra, y nadie puede abrir; abre, y nadie puede cerrar»(89), y por eso, al dar las llaves a Pedro, le declara jefe de la sociedad cristiana. Es también el Pastor supremo, que a sí mismo se llama el Buen Pastor(90), y por eso también ha nombrado a Pedro pastor de sus corderos y ovejas. Por esto dice San Crisóstomo:
«Era el principal entre los apóstoles, era como la boca de los otros discípulos y la cabeza del cuerpo apostólico... Jesús, al decirle que debe tener en adelante confianza, porque la mancha de su negación está ya borrada, le confía el gobierno de sus hermanos. Si tú me amas, sé jefe de tus hermanos»(91). Finalmente, aquel que confirma «en toda buena obra y en toda buena palabra»(92) es quien manda a Pedro que confirme a sus hermanos.
San León el Grande dice con razón: «Del seno del mundo entero, Pedro sólo ha sido elegido para ser puesto a la cabeza de todas las naciones llamadas, de todos los apóstoles, de todos los Padres de la Iglesia; de tal suerte que, aunque haya en el pueblo de Dios muchos pastores, Pedro, sin embargo, rige propiamente a todos los que son principalmente regidos por Cristo»(93). Sobre el mismo asunto escribe San Gregorio el Grande al emperador Mauricio Augusto: «Para todos los que conocen el Evangelio, es evidente que, por la palabra del Señor, el cuidado de toda la Iglesia ha sido confiado al santo apóstol Pedro, jefe de todos los apóstoles... Ha recibido las llaves del reino de los cielos, el poder de atar y desatar le ha sido concedido, y el cuidado y el gobierno de toda la Iglesia le ha sido confiado»(94).
Los sucesores de Pedro
33. Y pues esta autoridad, al formar parte de la constitución y de la organización de la Iglesia como su elemento principal, es el principio de la unidad, el fundamento de la seguridad y de la duración perpetua, se sigue que de ninguna manera puede desaparecer con el bienaventurado Pedro, sino que debía necesariamente pasar a sus sucesores y ser transmitida de uno a otro. «La disposición de la verdad permanece, pues el bienaventurado Pedro, perseverando en la firmeza de la piedra, cuya virtud ha recibido, no puede dejar el timón de la Iglesia, puesto en su mano»(95).
Por esto los Pontífices, que suceden a Pedro en el episcopado romano, poseen de derecho divino el poder supremo de la Iglesia. «Nos definimos que la Santa Sede Apostólica y el Pontífice Romano poseen la primacía sobre el mundo entero, y que el Pontífice Romano es el sucesor del bienaventurado Pedro, Príncipe de los Apóstoles, y que es el verdadero Vicario de Jesucristo, el Jefe de toda la Iglesia, el Padre y el Doctor de todos los cristianos, y que a él, en la persona del bienaventurado Pedro, ha sido dado por nuestro Señor Jesucristo el pleno poder de apacentar, regir y gobernar la Iglesia universal; así como está contenido tanto en las actas de los concilios ecuménicos como en los sagrados cánones»(96). El cuarto concilio de Letrán dice también: «La Iglesia romana..., por la disposición del Señor, posee el principado del poder ordinario sobre las demás Iglesias, en su cualidad de madre y maestra de todos los fieles de Cristo».
34. Tal había sido antes el sentimiento unánime de la antigüedad, que sin la menor duda ha mirado y venerado a los Obispos de Roma como a los sucesores legítimos del bienaventurado Pedro. ¿Quién podrá ignorar cuán numerosos y cuán claros son acerca de este punto los testimonios de los Santos Padres? Bien elocuente es el de San Ireneo, que habla así de la Iglesia romana: «A esta Iglesia, por su preeminencia superior, debe necesariamente reunirse toda la Iglesia»(97).
San Cipriano afirma también de la Iglesia romana que es «la raíz y madre de la Iglesia católica(98), la Cátedra de Pedro y la Iglesia principal, aquella de donde ha nacido la unidad sacerdotal»(99). La llama «Catédra de Pedro», porque está ocupada por el sucesor de Pedro; «Iglesia principal», a causa del principado conferido a Pedro y a sus legítimos sucesores; «aquella de donde ha nacido la unidad», porque, en la sociedad cristiana, la causa eficiente de la unidad es la Iglesia romana.
Por esto San Jerónimo escribe lo que sigue a Dámaso: «Hablo al sucesor del Pescador y al discípulo de la Cruz... Estoy ligado por la comunión a Vuestra Beatitud, es decir, a la Cátedra de Pedro. Sé que sobre esa piedra se ha edificado la Iglesia»(100).
El método habitual de San Jerónimo para reconocer si un hombre es católico es saber si está unido a la Cátedra romana de Pedro. «Si alguno está unido a la Cátedra romana de Pedro, ése es mi hombre»(101). Por un método análogo, San Agustín declara abiertamente que en la Iglesia romana está siempre contenido lo principal de la Cátedra apostólica(102), y afirma que quien se separa de la fe romana no es católico. «No puede creerse que guardáis la fe católica los que no enseñáis que se debe guardar la fe romana»(103).
Y lo mismo San Cipriano: «Estar an comunión con Cornelio es estan en comunión con la Iglesia católica»(104).
El abad Máximo enseña igualmente que el sello de la verdadera fe y de la verdadera comunión consiste en estar sometido al Pontífice Romano. «Quien no quiera ser hereje ni sentar plaza de tal no trate de satisfacer a éste ni al otro... Apresúrese a satisfacer en todo a la Sede de Roma. Satisfecha la Sede de Roma, en todas partes y a una sola voz le proclamarán pío y ortodoxo. Y el que de ello quiera estar persuadido, será en vano que se contente con hablar si no satisface y si no implora .al bienaventurado Papa de la santísima Iglesia de los Romanos, esto es, la Sede apostólica». Y he aquí, según él, la causa y la explicación de este hecho... La Iglesia romana ha recibido del Verbo de Dios encarnado, y según los santos concilios, según los santos cánones y las definiciones posee, sobre la universalidad de las santas Iglesias de Dios que existen sobre la superficie de la tierra, el imperio y la autoridad, en todo y por todo, y el poder de atar y desatar. Pues cuando ella ata y desata, el Verbo, que manda a las virtudes celestiales, ata y desata también en el cielo(105).
35. Era esto, pues, un artículo de la fe cristiana; era un punto reconocido y observado constantemente, no por una nación o por un siglo, sino por todos los siglos, y por Oriente no menos que por Occidente, conforme recordaba el sínodo de Efeso, sin levantar la menor contradicción el sacerdote Felipe, legado del Pontífice Romano: «No es dudoso para nadie y es cosa conocida en todos los tiempos que el Santo y bienaventurado Pedro, Príncipe y Jefe de los apóstoles, columna de la fe y fundamento de la Iglesia católica, recibió de nuestro Señor Jesucristo, Salvador y Redentor del género humano, las Ilaves del reino, y que el poder de atar y desatar los pecados fue dado a ese mismo apóstol, quien hasta el presente momento y siempre vive en sus sucesores y ejerce por medio de ellos su autoridad»(106). Todo el mundo conoce la sentencia del concilio de Calcedonia sobre el mismo asunto: «Pedro ha hablado... por boca de León», sentencia a la que la voz del tercer concilio de Constantinopla respondió como un eco: «El soberano Príncipe de los apóstoles combatía al lado nuestro, pues tenemos en nuestro favor su imitador y su sucesor en su Sede... No se veía al exterior (mientras se leía la carta del Pontífice Romano) más que el papel y la tinta, y era Pedro quien hablaba por boca de Agatón»(107). En la fórmula de profesión de fe católica, propuesta en términos precisos por Hormisdas en los comienzos del siglo VI y suscrita por el emperador Justiniano y los patriarcas Epifanio, Juan y Mennas, se expresó el mismo pensamiento con gran vigor: «Como la sentencia de nuestro Señor Jesucristo, que dice: "Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia", no puede ser desatendida, lo que ha dicho está confirmado por la realidad de los hechos, pues en la Sede Apostólica la religión católica se ha conservado sin ninguna mancha»(108).
No queremos enumerar todos los testimonios; pero, no obstante, nos place recordar la fórmula con que Miguel Paleólogo hizo su profesión de fe en el segundo concilio de Lyón: «La Santa Iglesia romana posee también el soberano y pleno primado y principal sobre la Iglesia católica universal, y reconoce con verdad y humildad haber recibido este primado y principado con la plenitud del poder del Señor mismo, en la persona del bienaventurado Pedro, príncipe o jefe de los apóstoles, y de quien el Pontífice romano es el sucesor. Y por lo mismo que está encargado de defender, antes que las demás, la verdad de la fe, también cuando se levantan dificultades en puntos de fe, es a su juicio al que las demás deben atenerse»(109).
El Colegio episcopal
36. De que el poder de Pedro y de sus sucesores es pleno y soberano no se ha de deducir, sin embargo, que no existen otros en la Iglesia. Quien ha establecido a Pedro como fundamento de la Iglesia, también «ha escogido doce de sus discípulos, a los que dio el nombre de apóstoles»(110). Así, del mismo modo que la autoridad de Pedro es necesariamente permanente y perpetua en el Pontificado romano, también los obispos, en su calidad de sucesores de los apóstoles, son los herederos del poder ordinario de los apóstoles, de tal suerte que el orden episcopal forma necesariamente parte de la constitución íntima de la Iglesia. Y aunque la autoridad de los obispos no sea ni plena, ni universal, ni soberana, no debe mirárselos como a simples Vicarios de los Pontífices romanos, pues poseen una autoridad que les es propia, y llevan en toda verdad el nombre de Prelados ordinarios de los pueblos que gobiernan.
37. Pero como el sucesor de Pedro es único, mientras que los de los apóstoles son muy numerosos, conviene estudiar qué vínculos, según la constitución divina, unen a estos últimos al Pontífice Romano. Y desde luego la unión de los obispos con el sucesor de Pedro es de una necesidad evidente y que no puede ofrecer la menor duda; pues si este vínculo se desata, el pueblo cristiano mismo no es más que una multitud que se disuelve y se disgrega, y no puede ya en modo alguno formar un solo cuerpo y un solo rebaño. «La salud de la Iglesia depende de la dignidad del soberano sacerdote: si no se atribuye a éste un poder aparte y sobre todos los demás poderes, habrá en la Iglesia tantos cismas como sacerdotes»(111).
Por esto hay necesidad de hacer aquí una advertencia importante. Nada ha sido conferido a los apóstoles independientemente de Pedro; muchas cosas han sido conferidas a Pedro aislada e independientemente de los apóstoles. San Juan Crisóstomo, explicando las palabras de Jesucristo (Jn 21,15), se pregunta: «¿Por qué dejando a un lado a los otros se dirige Cristo a Pedro?», y responde formalmente: «Porque era el principal entre los apóstoles, como la boca de los demás discípulos y el jefe del cuerpo apostólico»(112). Sólo él, en efecto, fue designado por Cristo para fundamento de la Iglesia. A él le fue dado todo el poder de atar y de desatar; a él sólo confió el poder de apacentar el rebaño. Al contrario, todo lo que los apóstoles han recibido en lo que se refiere al ejercicio de funciones y autoridad lo han recibido conjuntamente con Pedro. «Si la divina Bondad ha querido que los otros príncipes de la Iglesia tengan alguna cosa en común con Pedro, lo que no ha rehusado a los demás no se les ha dado jamás sino con él». «El solo ha recibido muchas cosas, pero nada se ha concedido a ninguno sin su participación»(113).
Por donde se ve claramente que los obispos perderían el derecho y el poder de gobernar si se separasen de Pedro o de sus sucesores. Por esta separación se arrancan ellos mismos del fundamento sobre que debe sustentarse todo el edificio y se colocan fuera del mismo edificio; por la misma razón quedan excluidos del rebaño que gobierna el Pastor supremo y desterrados del reino cuyas llaves ha dado Dios a Pedro solamente.
La necesaria unión con Pedro
38. Estas consideraciones hacen que se comprenda el plan y el designio de Dios en la constitución de la sociedad cristiana. Este plan es el siguiente: el Autor divino de la Iglesia, al decretar dar a ésta la unidad de la fe, de gobierno y de comunión, ha escogido a Pedro y a sus sucesores para establecer en ellos el principio y como el centro de la unidad. Por esto escribe San Cipriano: hay, para Ilegar a la fe, una demostración fácil que resume la verdad. El Señor se dirige a Pedro en estos términos: «Te digo que eres Pedro»... Es, pues, sobre uno sobre quien edifica la Iglesia. Y aunque después de su resurrección confiere a todos los apóstoles un poder igual, y les dice: «Como mi Padre me envió...», no obstante, para poner la unidad en plena luz, coloca en uno solo, por su autoridad, el origen y el punto de partida de esta misma unidad(114).
Y San Optato de Mileve: «Tú sabes muy bien escribe, tú no puedes negarlo, que es a Pedro el primero a quien ha sido conferida la Cátedra episcopal en la ciudad de Roma; es en la que está sentado el jefe de los apóstoles, Pedro, que por esto ha sido llamado Cefas. En esta Cátedra única es en la que todos debían guardar la unidad, a fin de que los demás apóstoles no pudiesen atribuírsela cada uno en su Sede, y que fuera en adelante cismático y prevaricador quien elevara otra Cátedra contra esta Cátedra única»(115).
De aquí también esta sentencia del mismo San Cipriano, según la que la herejía y el cisma se producen y nacen del hecho de negar al poder supremo la obediencia que le es debida: «La única fuente de donde han surgido las herejías y de donde han nacido los cismas es que no se obedece al Pontífice de Dios ni se quiere reconocer en la Iglesia un solo Pontífice y un solo juez, que ocupa el lugar de Cristo»(116).
39. Nadie, pues, puede tener parte en la autoridad si no está unido a Pedro, pues sería absurdo pretender que un hombre excluido de la Iglesia tuviese autoridad en la Iglesia. Fundándose en esto, Optato de Mileve, reprendía así a los donatistas: «Contra las puertas del infierno, como lo leemos en el Evangelio, ha recibido las llaves de salud Pedro, es decir, nuestro jefe, a quien Jesucristo ha dicho: "Te daré las llaves del reino de los cielos, y las puertas del infierno no triunfarán jamás de ellas". ¿Cómo, pues, tratáis de atribuiros las llaves del reino de los cielos, vosotros que combatís la cátedra de Pedro?»(117)
Pero el orden de los obispos no puede ser mirado como verdaderamente unido a Pedro, de la manera que Cristo lo ha querido, sino en cuanto está sometido y obedece a Pedro; sin esto, se dispersa necesariamente en una multitud en la que reinan la confusión y el desorden. Para conservar la unidad de fe y comunión, no bastan ni una primacía de honor ni un poder de dirección; es necesaria una autoridad verdadera y al mismo tiempo soberana, a la que obedezca toda la comunidad. ¿Qué ha querido, en efecto, el Hijo de Dios cuando ha prometido las llaves del reino de los cielos sólo a Pedro? Que las llaves signifiquen aquí el poder supremo; el uso bíblico y el consentimiento unánime de los Padres no permiten dudarlo. Y no se pueden interpretar de otro modo los poderes que han sido conferidos, sea a Pedro separadamente, o ya a los demás apóstoles conjuntamente con Pedro. Si la facultad de atar y desatar, de apacentar el rebaño, da a los obispos, sucesores de los apóstoles, el derecho de gobernar con autoridad propia al pueblo confiado a cada uno de ellos, seguramente esta misma facultad debe producir idéntico efecto en aquel a quien ha sido designado por Dios mismo el papel de apacentar los corderos y las ovejas. «Pedro no ha sido sólo instituido Pastor por Cristo, sino Pastor de los pastores. Pedro, pues, apacienta a los corderos y apacienta a las ovejas; apacienta a los pequeñuelos y a sus madres, gobierna a los súbditos y también a los prelados, pues en la Iglesia, fuera de los corderos y de las ovejas, no hay nada»(118).
40. De aquí nacen entre los antiguos Padres estas expresiones que designan aparte al bienaventurado Pedro, y que le muestran evidentemente colocado en un grado supremo de la dignidad y del poder. Le llaman con frecuencia «jefe de la Asamblea de los discípulos; príncipe de los santos apóstoles; corifeo del coro apostólico; boca de todos los apóstoles; jefe de esta familia; aquel que manda al mundo entero; el primero entre los apóstoles; columna de la Iglesia».
La conclusión de todo lo que precede parece hallarse en estas palabras de San Bernardo al papa Eugenio: «¿Quién sois vos? Sois el gran Sacerdote, el Pontífice soberano.
Sois el príncipe de los obispos, el heredero de los apóstoles... Sois aquel a quien las Ilaves han sido dadas, a quien las ovejas han sido confiadas. Otros además que vos son también porteros del cielo y pastores de rebaños; pero ese doble título es en vos tanto más glorioso cuanto que lo habéis recibido como herencia en un sentido más particular que todos los demás. Estos tienen sus rebaños, que les han sido asignados a cada uno el suyo; pero a vos han sido confiados todos los rebaños; vos únicamente tenéis un solo rebaño, formado no solamente por las ovejas, sino también por los pastores; sois el único pastor de todos. Me preguntáis cómo lo pruebo. Por la palabra del Señor. ¿A quién, en efecto, no digo entre los obispos, sino entre los apóstoles, han sido confiadas absoluta e indistintamente todas las ovejas? Si tú me amas, Pedro, apacienta mis ovejas. ¿Cuáles? ¿Los pueblos de tal o cual ciudad, de tal o cual comarca, de tal reino? Mis ovejas, dice. ¿Quién no ve que no se designa a una o algunas, sino que todas se confian a Pedro? Ninguna distinción, ninguna excepción»(119).
Todos los obispos y cada uno en particular
41. Sería apartarse de la verdad y contradecir abiertamente a la constitución divina de la Iglesia pretender que cada uno de los obispos, considerados aisladamente, debe estar sometido a la jurisdicción de los Pontífices romanos; pero que todos los obispos, considerados en conjunto, no deben estarlo. ¿Cuál es, en efecto, toda la razón de ser y la naturaleza del fundamento? Es la de poner a salvo la unidad y la solidez más bien de todo el edificio que la de cada una de sus partes.
Y esto es mucho más verdadero en el punto de que tratamos, pues Jesucristo nuestro Señor ha querido para la solidez del fundamento de su Iglesia obtener este resultado: que las puertas del infierno no puedan prevalecer contra ella. Todo el mundo conviene en que esta promesa divina se refiere a la Iglesia universal y no a sus partes tomadas aisladamente, pues éstas pueden, en realidad, ser vencidas por el esfuerzo de los infiernos, y ha ocurrido a muchas de ellas separadamente ser, en efecto, vencidas.
Además, el que ha sido puesto a la cabeza de todo el rebaño, debe tener necesariamente la autoridad, no solamente sobre las ovejas dispersas, sino sobre todo el conjunto de las ovejas reunidas. ¿Es acaso que el conjunto de las ovejas gobierna y conduce al pastor? Los sucesores de los apóstoles, reunidos, ¿serán el fundamento sobre el que el sucesor de Pedro debería apoyarse para encontrar la solidez?
Quien posee las llaves del reino tiene, evidentemente, derecho y autoridad no sólo sobre las provincias aisladas, sino sobre todas a la vez; y del mismo modo que los obispos, cada uno en su territorio, mandan con autoridad verdadera, así a los Pontífices romanos, cuya jurisdicción abraza a toda la sociedad cristiana, tiene todas las porciones de esta sociedad, aun reunidas en conjunto, sometidas y obedientes a su poder. Jesucristo nuestro Señor, según hemos dicho repetidas veces, ha dado a Pedro y a sus sucesores el cargo de ser sus Vicarios, para ejercer perpetuamente en la Iglesia el mismo poder que El ejerció durante su vida mortal. Después de esto, ¿se dirá que el colegio de los apóstoles excedía en autoridad a su Maestro?
42. Este poder de que hablamos sobre el colegio mismo de los obispos, poder que las Sagradas Letras denuncian tan abiertamente, no ha cesado la Iglesia de reconocerlo y atestiguarlo. He aquí lo que acerca de este punto declaran los concilios: «Leemos que el Pontifice romano ha juzgado a los prelados de todas las Iglesias; pero no leemos que él haya sido juzgado por ninguno de ellos»(120). Y la razón de este hecho está indicada con sólo decir que «no hay autoridad superior a la autoridad de la Sede Apostólica»(121).
Por esto Gelasio habla así de los decretos de los concilios: «Del mismo modo que lo que 1a Sede primera no ha aprobado no puede estar en vigor, así, por el contrario, lo que ha confirmado por su juicio, ha sido recibido por toda la Iglesia»(122). En efecto, ratificar o invalidar la sentencia y los decretos de los concilios ha sido siempre propio de los Pontífices romanos. León el Grande anuló los actos del conciliábulo de Efeso; Dámaso rechazó el de Rímini; Adriano I el de Constantinopla; y el vigésirno octavo canon del concilio de Calcedonia, desprovisto de la aprobación y de la autoridad de la Sede Apostólica, ha quedado, como todos saben, sin vigor ni efecto.
Con razón, pues, en el quinto concilio de Letrán expidió León X este decreto: «Consta de un modo manifiesto no solamente por los testimonios de la Sagrada Escritura, por las palabras de los Padres y de otros Pontífices romanos y por los decretos de los sagrados cánones, sino por la confesión formal de los mismos concilios, que sólo el Pontífice romano, durante el ejercicio de su cargo, tiene pleno derecho y poder, como tiene autoridad sobre los concilios, para convocar, transferir y disolver los concilios.
Las Sagradas Escrituras dan testimonio de que las llaves del reino de los cielos fueron confiadas a Pedro solamente, y también que el poder de atar y desatar fue conferido a los apóstoles conjuntamente con Pedro; pero ¿dónde consta que los apóstoles hayan recibido el soberano poder sin Pedro y contra Pedro? Ningún testimonio lo dice. Seguramente no es de Cristo de quien lo han recibido.
Por esto, el decreto del concilio Vaticano I que definió la naturaleza y el alcance de la primacía del Pontífice romano no introdujo ninguna opinión nueva, pues sólo afirmó la antigua y constante fe de todos los siglos».
43. Y no hay que creer que la sumisión de los mismos súbditos a dos autoridades implique confusión en la administración.
Tal sospecha nos está prohibida, en primer término, por la sabiduría de Dios, que ha concebido y establecido por sí mismo la organización de ese gobierno. Además, es preciso notar que lo que turbaría el orden y las relaciones mutuas sería la coexistencia, en una sociedad, de dos autoridades del mismo grado y que no se sometiera la una a la otra. Pero la autoridad del Pontífice es soberana, universal y del todo independiente; la de los obispos está limitada de una manera precisa y no es plenamente independiente. «Lo inconveniente sería que dos pastores estuviesen colocados en un grado igual de autoridad sobre el mismo rebaño. Pero que dos superiores, uno de ellos sometido al otro, estén colocados sobre los mismos súbditos no es un inconveniente, y así un mismo pueblo está gobernado de un modo inmediato por su párroco, y por el obispo, y por el papa»(123).
Los Pontífices romanos, que saben cuál es su deber, quieren más que nadie la conservación de todo lo que está divinamente instituido en la Iglesia, y por esto, del mismo modo que defienden los derechos de su propio poder con el celo y vigilancia necesarios, así también han puesto y pondrán constantemente todo su cuidado en mantener a salvo la autoridad de los obispos.
Y más aún, todo lo que se tributa a los obispos en orden al honor y a la obediencia, lo miran como si a ellos mismos les fuere tributado. «Mi honor es el honor de la Iglesia universal. Mi honor es el pleno vigor de la autoridad de mis hermanos. No me siento verdaderamente honrado sino cuando se tributa a cada uno de ellos el honor que le es debido»(124).
Eshortaciones finales
44. En todo lo que precede, Nos hemos trazado fielmente la imagen y figura de la Iglesia según su divina constitución. Nos hemos insistido acerca de su unidad, y hemos declarado cuál es su naturaleza y por qué principio su divino Autor ha querido asegurar su conservación.
Todos los que por un insigne beneficio de Dios tienen la dicha de haber nacido en el seno de la Iglesia católica y de vivir en ella, escucharán nuestra voz apostólica, Nos no tenemos ninguna razón para dudar de ello. «Mis ovejas oyen mi voz»(125). Todos ellos habrán hallado en esta carta medios para instruirse más plenamente y para adherirse con un amor más ardiente cada uno a sus propios Pastores, y por éstos al Pastor supremo, a fin de poder continuar con más seguridad en el aprisco único y recoger una mayor abundancia de frutos saludables.
Pero «fijando nuestras miradas en el autor y consumador de la fe, Jesús»(126), cuyo lugar ocupamos y por quien Nos ejercemos el poder, aunque sean débiles nuestras fuerzas para el peso de esta dignidad y de este cargo, Nos sentimos que su caridad inflama nuestra alma y emplearemos, no sin razón, estas palabras que Jesucristo decía de sí mismo: «Tengo otras ovejas que no están en este aprisco; es preciso también que yo las conduzca, y escucharán mi voz»(127). No rehúsen, pues, escucharnos y mostrarse dóciles a nuestro amor paternal todos aquellos que detestan la impiedad, hoy tan extendida, que reconocen a Jesucristo, que le confiesan Hijo de Dios y Salvador del género humano, pero que, sin embargo, viven errantes y apartados de su Esposa. Los que toman el nombre de Cristo es necesario que lo tomen todo entero. «Cristo todo entero es una cabeza y un cuerpo, la cabeza es el Hijo único de Dios; el cuerpo es su Iglesia: es el esposo y la esposa, dos en una sola carne. Todos los que tienen respecto de la cabeza un sentimiento diferente del de las Escrituras, en vano se encuentran en todos los lugares donde se halla establecida la Iglesia, porque no están en la Iglesia.
E, igualmente, todos los que piensan como la Sagrada Escritura respecto de la cabeza, pero que no viven en comunión con la autoridad de la Iglesia, no están en la Iglesia»(128).
45. Nuestro corazón se dirige también con sin igual ardor tras aquellos a quienes el soplo contagioso de la impiedad no ha envenenado del todo, y que, a lo menos, experimentan el deseo de tener por padre al Dios verdadero, creador de la tierra y del cielo. Que reflexionen y comprendan bien que no pueden en manera alguna contarse en el número de los hijos de Dios si no vienen a reconocer por hermano a Jesucristo y por madre a la Iglesia.
A todos, pues, Nos dirigimos con grande amor estas palabras que tomamos a San Agustín: «Amemos al Señor nuestro Dios, amemos a su Iglesia: a El como a un padre, a ella como una madre. Que nadie diga: Sí, voy aún a los ídolos, consulto a los poseídos y a los hechiceros, pero, no obstante, no dejo a la Iglesia de Dios, soy católico. Permanecéis adherido a la madre, pero ofendéis al padre. Otro dice poco más o menos: Dios no lo permita; no consulto a los hechiceros, no interrogo a los poseídos, no practico adivinaciones sacrílegas, no voy a adorar a los demonios, no sirvo a los dioses de piedra, pero soy del partido de Donato: ¿De qué os sirve no ofender al padre, que vengará a la madre a quien ofendéis? ¿De qué os sirve confesar al Señor, honrar a Dios, alabarle, reconocer a su Hijo, proclamar que está sentado a la diestra del Padre, si blasfemáis de su Iglesia? Si tuvieseis un protector, a quien tributaseis todos los días el debido obsequio, y ultrajaseis a su esposa con una acusación grave, ¿os atreveríais ni aun a entrar en la casa de ese hombre? Tened, pues, mis muy amados, unánimemente a Dios por vuestro padre, y por vuestra madre a la Iglesia»(129).
Confiando grandemente en la misericordia de Dios, que pueda tocar con suma eficacia los corazones de los hombres y formar las voluntades más rebeldes a venir a El, Nos recomendamos con vivas instancias a su bondad a todos aquellos a quienes se refiere nuestra palabra. Y como prenda de los dones celestiales, y en testimonio de nuestra benevolencia, os concedemos, con grande amor en el Señor, a vosotros, venerables hermanos, a vuestro clero y a vuestro pueblo la bendición apostólica.
Dado en Roma, en San Pedro, a veintinueve de junio del año 1896, decimonoveno de nuestro pontificado.

Notas
1. Ef 5,25.
2. Mt 11,30.
3. Sant 1,17.
4. 1Cor 3,6.
5. Flp 2,6-7.
6. Rom 10,17.
7. Ibíd., 10.
8. 1Cor 12,27.
9. Hom. De capto Eutropio n. 6.
10. In Psalm. 71 n.8.
11. Enarrat. in Psalm. 103 serm.2 n.2.
12. Clemente Alej., Stromata VII c.17.
13. Jn 20,21.
14. Jn 17,18.
15. Jn 3,17.
16. Hech 4,12.
17. Is 2,2.
18. Is 2,3.
19. De schism.donatist. III n.2.
20. In epist. Ioann. tract. 1 n.13.
21. Ef 1,22-23.
22. 1Cor 12,12.
23. Ef 4,15-16.
24. San Cipriano, De cathol.Eccl.unitate n.23.
25. Ibíd.
26. Ef 5,29-30.
27. San Agustín, Serm. 267 n.4.
28. San Cipriano, De cathol. Eccl. unitate n.6.
29. Ef 4,4.
30. Jn 17,20-23.
31. Jn 27,21.
32. Ef 4,5.
33. 1Cor 1,10.
34. San Ireneo, Adver.haeres. III c.12 n.12.
35. San Agustín, In Ioann. evang. tract. 18 c.5 n.1.
36. Jn 10,37.
37. Jn 15,24.
38. Jn 10,38.
39. Mt 28,18-20.
40. Mc 16,16.
41. Jn 16,7-13.
42. Jn 14,16-17.
43. Jn 15,26-27.
44. Lc 10,16.
45. Jn 20,21.
46. Rom 1,5.
47. Mc 16,20.
48. San Jerónimo, In Matth. IV c.28 v.20.
49. 2 Tim 2,1-2.
50. San Clemente Rom., Epist. I ad Cor. c.42,44.
51. San Cipriano, Epist. 50 ad Magnum n. 1.
52. Autor del  Tract. de fide orthod. contra Arianos.
53. San Agustín, De haeresibus n.88.
54. Ef 4,3ss.
55 Orígenes, Vetus interpretatio commentariorum in Matth. n.46.
56. San Ireneo, Adver. haeres. IV c.33 n.8.
57. Tertuliano, De praescript. c.21.
58. San Hilario, Commentar. in Matth. 31 n.1.
59. Rufino, Hist. Eccl. II c.9.
60. Ricardo de S. Víctor, De Trinit. I c.2.
61. Concilio Vaticano I, ses.3 c.3.
62. Sant 2,10.
63. San Agustín, Enarrat. in Psalm. 54 n.19.
64. 2 Cor 10,5.
65. San Agustín, Contra Faustum manich. XVII c.3.
66. Concilio Vaticano I, ses.3 c.3.
67. San Agustín, De utilit. credenci c.17 n.35.
68. 1 Cor 4, 1.
69 Santo Tomás de Aquino, Summa theol. II-II C.39 a.1.
70. San Jerónimo, Commentar. in epist. ad Titum c.3 v.10-11.
71. San Juan Crisóstomo, Hom. 11 in epist. ad Ephes. n.5.
72. San Agustín, Contra epist. Parmeniani II c.l l n.25.
73. Santo Tomás de Aquino, Contra Gentes IV c.76.
74. Mt 16,13.
75. San Paciano, Epist. 3 ad Sempronium n.11.
76. San Cirilo Alej., In evang. Ioann. II c.l v.42.
77. Orígenes, Comment. in Matth. XII n.11.
78. Ibíd.
79. San Juan Crisóstomo, Hom. 54 int Matth. n.2.
80. Jn 21,16-17.
81. San Ambrosio, Exposit. in evang. sec. Luc. X n.175-176.
82. San Juan Crisóstomo, De sacerdotio II.
83. Lc 22,32.
84. Ibíd.
85. San Ambrosio, De fide IV n.56.
86. San León Magno, Serm. 4c.2.
87. Ef 2,21.
88. San Basilio, Hom. de poenitentia n.4.
89 Ap 3,7.
90. Jn 10,11.
91. San Juan Crisóstomo, Hom. 88 in Ioann. n.1.
92. 2 Tes 2,16.
93. San León Magno, Serm. 4 c.11.
94. San Gregorio Magno, Epistolarum V epist.20.
95. San León Magno, Serm.3 c.3.
96. Concilio Florentino.
97. San Ireneo, Adr. haeres. III c.3 n.2.
98. San Cipriano, Epist.48 ad Cornelium n.3.
99. San Cipriano, Epist.59 ad Cornelium n.14.
100. San Jerónimo, Epist.15 ad Damasum n.2.
101. San Jerónimo, Epist.16 ad Damasum n.2.
102. San Agustín, Epist.43 n.7.
103. San Agustín, Serm.120 n.13.
104. San Cipriano, Epist.55 n.l.
105 Máximo Abad, Defloratio ex epistola ad Petrum illustrem.
 106. Concilio de Efeso, actio 3.
107. Concilio de Constantinopla III, actio 18.
108. Fórmula de profesión de fe católica, post epist.26 ad omnes episc. Hispan. n.4.
109. Concilio II de Lyón, actio 4: Fórmula de profesión de fe de Miguel Paleólogo.
110. Lc 6,13.
111. San Jerónimo, Diálogo Contra luciferianos n.9.
112. San Juan Crisóstomo, Hom.88 in Ioann. n.1.
113. San León Mano, Serm.4 c.2.
114. San Cipriano, De unitate Ecclesiae n.4.
115 San Optato De Mileve, De schismate donatistarum II.
116. San Cipriano, Epist.l2 ad Cornelium n.5.
117. San Optato De Mileve, De schismate donatistarum II n.4-5.
118. Bruno Obispo, Commentarium in Ioann. p.III c.21 n.55.
119. San Bernardo, De consideratione II c.8.
120. Adriano II, In allocutione III ad Synodum Romanam (a.869). Act. VII Concilii Constant.IV.
121. Nicolás, In epist.86 Ad Michael imp.: Patet profecto Sedis Apostolicae cuius auctoritate maior non est, iudicium a nemine fore retractandum, neque cuiquam de eius liceat iudicare iudicio.
122. Gelasio, Epist.26 ad episcopos Dardaniae n.5.
123 Santo Tomás de Aquino, In IV Sent. dist.17 a.4 ad c.4 ad 13.
124.San Gregorio Magno, Epistolarum VIII epist.30 ad Eulogium.
125. Jn 10,27.
126. Heb 12,2.
127. Jn 10,16.
128. San Agustín, Contra donatistas epist. sive de unitate ecclesiae c.4 n.7.
129. San Agustín, Enarratio in Psalm. 88 serm.2 n.14.



FUENTE: Vatican.va