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jueves, 6 de octubre de 2011

NUESTRA SEÑORA DEL SANTO ROSARIO

NUESTRA SEÑORA DEL SANTO ROSARIO

Fiesta: 7 de Octubre
 
Su fiesta fue instituida por el Papa San Pío V el 7 de Octubre, aniversario de la victoria obtenida por los cristianos en la Batalla naval de Lepanto (1571), atribuida a la Madre de Dios, invocada por la oración del rosario. La celebración de este día es una invitación para todos a meditar los misterios de Cristo, en compañía de la Virgen María, que estuvo asociada de un modo especialísimo a la encarnación, la pasión y la gloria de la resurrección del Hijo de Dios.


Historia del Rosario

Desde el principio de la Iglesia, los cristianos rezan los salmos como lo hacen los judíos.
Mas tarde, en muchos de los monasterios se rezan los 150 salmos cada día. Los laicos devotos no podían rezar tanto pero querían según sus posibilidades imitar a los monjes. Ya en el siglo IX había en Irlanda la costumbre de hacer nudos en un cordel para contar, en vez de los salmos, las Ave Marias. Los misioneros de Irlanda mas tarde propagaron la costumbre en Europa y hubieron varios desarrollos con el tiempo. 

Santo Domingo busca las ovejas perdidas

La Madre de Dios, en persona, le enseñó a Sto. Domingo a rezar el rosario en el año 1208 y le dijo que propagara esta devoción y la utilizara como arma poderosa en contra de los enemigos de la Fe.
Domingo de Guzmán era un santo sacerdote español que fue al sur de Francia para convertir a los que se habían apartado de la Iglesia por la herejía albingense. Esta enseña que existen dos dioses, uno del bien y otro del mal. El bueno creó todo lo espiritual. El malo, todo lo material. Como consecuencia, para los albingenses, todo lo material es malo. El cuerpo es material; por tanto, el cuerpo es malo. Jesús tuvo un cuerpo, por consiguiente, Jesús no es Dios.
También negaban los sacramentos y la verdad de que María es la Madre de Dios. Se rehusaban a reconocer al Papa y establecieron sus propias normas y creencias. Durante años los Papas enviaron sacerdotes celosos de la fe, que trataron de convertirlos, pero sin mucho éxito. También habían factores políticos envueltos.
Domingo trabajó por años en medio de estos desventurados. Por medio de su predicación, sus oraciones y sacrificios, logró convertir a unos pocos. Pero, muy a menudo, por temor a ser ridiculizados y a pasar trabajos, los convertidos se daban por vencidos. Domingo dio inicio a una orden religiosa para las mujeres jóvenes convertidas. Su convento se encontraba en Prouille, junto a una capilla dedicada a la Santísima Virgen. Fue en esta capilla en donde Domingo le suplicó a Nuestra Señora que lo ayudara, pues sentía que no estaba logrando casi nada.

La Virgen acude en ayuda de Santo Domingo de Guzmán

La Virgen se le apareció en la capilla. En su mano sostenía un rosario y le enseñó a Domingo a recitarlo. Dijo que lo predicara por todo el mundo, prometiéndole que muchos pecadores se convertirían y obtendrían abundantes gracias.
Domingo salió de allí lleno de celo, con el rosario en la mano. Efectivamente, lo predicó, y con gran éxito por que muchos albingenses volvieron a la fe católica.
Lamentablemente la situación entre albingences y cristianos estaba además vinculada con la política, lo cual hizo que la cosa llegase a la guerra. Simón de Montfort, el dirigente del ejército cristiano y a la vez amigo de Domingo, hizo que éste enseñara a las tropas a rezar el rosario. Lo rezaron con gran devoción antes de su batalla más importante en Muret. De Montfort consideró que su victoria había sido un verdadero milagro y el resultado del rosario. Como signo de gratitud, De Montfort construyó la primera capilla a Nuestra Señora del Rosario.

Las promesas de la Virgen a los que recen el Rosario

Un creciente número de hombres se unió a la obra apostólica de Domingo y, con la aprobación del Santo Padre, Domingo formó la Orden de Predicadores (mas conocidos como Dominicos). Con gran celo predicaban, enseñaban y los frutos de conversión crecían. A medida que la orden crecía, se extendieron a diferentes países como misioneros para la gloria de Dios y de la Virgen.

El rosario se mantuvo como la oración predilecta durante casi dos siglos. Cuando la devoción empezó a disminuir, la Virgen se apareció a Alano de la Rupe y le dijo que reviviera dicha devoción. La Virgen le dijo también que se necesitarían volúmenes inmensos para registrar todos los milagros logrados por medio del rosario y reiteró las promesas dadas a Sto. Domingo referentes al rosario.

Promesas de Nuestra Señora, Reina del Rosario, tomadas de los escritos del Beato Alano:

1. Quien rece constantemente mi Rosario, recibirá cualquier gracia que me pida.
2. Prometo mi especialísima protección y grandes beneficios a los que devotamente recen mi Rosario.
3. El Rosario es el escudo contra el infierno, destruye el vicio, libra de los pecados y abate las herejías.
4. El Rosario hace germinar las virtudes para que las almas consigan la misericordia divina. Sustituye en el corazón de los hombres el amor del mundo con el amor de Dios y los eleva a desear las cosas celestiales y eternas.
5. El alma que se me encomiende por el Rosario no perecerá.
6. El que con devoción rece mi Rosario, considerando sus sagrados misterios, no se verá oprimido por la desgracia, ni morirá de muerte desgraciada, se convertirá si es pecador, perseverará en gracia si es justo y, en todo caso será admitido a la vida eterna.
7. Los verdaderos devotos de mi Rosario no morirán sin los Sacramentos.
8. Todos los que rezan mi Rosario tendrán en vida y en muerte la luz y la plenitud de la gracia y serán partícipes de los méritos bienaventurados.
9. Libraré bien pronto del Purgatorio a las almas devotas a mi Rosario.
10. Los hijos de mi Rosario gozarán en el cielo de una gloria singular.
11. Todo cuanto se pida por medio del Rosario se alcanzará prontamente.
12. Socorreré en sus necesidades a los que propaguen mi Rosario.
13. He solicitado a mi Hijo la gracia de que todos los cofrades y devotos tengan en vida y en muerte como hermanos a todos los bienaventurados de la corte celestial.
14. Los que rezan Rosario son todos hijos míos muy amados y hermanos de mi Unigénito Jesús.
15. La devoción al Santo rosario es una señal manifiesta de predestinación de gloria.
 
La Virgen del Rosario: ¡Vencedora de las batallas!

Europa y con ella toda la cristiandad estaba en grave peligro de extinción. Sabemos, por las promesas de Jesucristo, que eso no puede ocurrir pero, humanamente, no había solución para la amenaza del Islam. Los Musulmanes se proponían hacer desaparecer, a punta de espada, el cristianismo. Ya habían tomado Tierra Santa, Constantinopla, Grecia, Albania, África del Norte y España. En esas extensas regiones el cristianismo era perseguido, y muchos mártires derramaron su sangre, muchas diócesis desaparecieron completamente. Después de 700 años de lucha por la reconquista, España y Portugal pudieron librarse del dominio musulmán. Esa lucha comenzó a los pies de la Virgen de Covadonga y culminó con la conquista de Granada, cuando los reyes católicos, Fernando e Isabel, pudieron definitivamente expulsar a los moros de la península en el 1492. ¡La importancia de esta victoria es incalculable ya que en ese mismo año ocurre el descubrimiento de América y la fe se comienza a propagar en el nuevo continente!

La batalla de Lepanto 

 
En la época del Papa Pío V (1566 - 1572), los musulmanes controlaban el Mar Mediterráneo y preparaban la invasión de la Europa cristiana. Los reyes católicos de Europa estaban divididos y parecían no darse cuenta del peligro inminente. El Papa pidió ayuda pero se le hizo poco caso. El 17 de septiembre de 1569 pidió que se rezase el Santo Rosario. Por fin en 1571 se estableció una liga para la defensa de Europa. El 7 de octubre de 1571se encontraron las flotas cristianas y musulmanas en el Golfo de Corinto, cerca de la ciudad griega de Lepanto. La flota cristiana, compuesta de soldados de los Estados Papales, de Venecia, Génova y España y comandada por Don Juan de Austria, entró en batalla contra un enemigo muy superior en tamaño. Se jugaba el todo por el todo. Antes del ataque, las tropas cristianas rezaron el santo rosario con devoción. La batalla de Lepanto duró hasta altas horas de la tarde pero, al final, los cristianos resultaron victoriosos.

En Roma, el Papa se hallaba recitando el rosario en tanto se había logrado la decisiva y milagrosa victoria para los cristianos. El poder de los turcos en el mar se había disuelto para siempre. El Papa salió de su capilla y, guiado por una inspiración, anunció con mucha calma que la Santísima Virgen  había otorgado la victoria. Semanas mas tarde llegó el mensaje de la victoria de parte de Don Juan, quién. desde un principio, le atribuyó el triunfo de su flota a la poderosa intercesión de Nuestra Señora del Rosario. Agradecido con Nuestra Madre, el Papa Pío V instituyó la fiesta de Nuestra Señora de las Victorias y agregó a las Letanía de la Santísima Virgen el título de "Auxilio de los Cristianos". Más adelante, el Papa Gregorio III cambió la fiesta a la Nuestra Señora del Rosario.







Los turcos seguían siendo poderosos en tierra y, en el siglo siguiente, invadieron a Europa desde el Este y, después de tomar enormes territorios, sitiaron a Viena, capital de Austria. Una vez mas, las tropas enemigas eran muy superiores. Si conquistaban la ciudad toda Europa se hacia muy vulnerable. El emperador puso su esperanza en Nuestra Señora del Rosario.  Hubo gran lucha y derramamiento de sangre y la ciudad parecía perdida. El alivio llegó el día de la fiesta del Santo Nombre de María, 12 de septiembre, de 1683, cuando el rey de Polonia, conduciendo un ejército de rescate, derrotó a los turcos.

La batalla de Temesvar

 
El Príncipe Eugenio de Saboya derrotó en Temesvar (en la Rumania moderna) a un ejercito turco dos veces mas grande que el suyo, el 5 de agosto de 1716, que en aquel entonces era la fiesta de Nuestra Señora de las Nieves. El Papa Clemente XI atribuyó esta victoria a la devoción manifestada a Nuestra Señora del Rosario. En acción de gracias, mandó que la fiesta del Santo Rosario fuera celebrada por la Iglesia universal.




Excelencia del Rosario

A lo largo de los siglos los Papas han fomentado la pía devoción del rezo del rosario y le han otorgado indulgencias.
Dijo Nuestro Señor: "Donde dos o tres estén reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos" (Mt 18:20). El rosario en familia es algo maravilloso. Es un modo práctico de fortalecer la unidad de la vida familiar. Es una oración al alcance de todos.





El Papa dominico, San Pío V (1566 - 1572) dio el encargo a su congregación de propagar el Santo Rosario.  Muchos Papas han sido grandes devotos del rosario y lo han propagado con profunda convicción y confianza.

 
















El Sumo Pontífice León XIII escribió doce encíclicas referentes al rosario.  Insistió en el rezo del Rosario en familia, consagró el mes de octubre al rosario e insertó el título de "Reina del Santísimo Rosario" en la Letanía de la Virgen. Por todo esto mereció el título de "El Papa del Rosario" 

viernes, 28 de mayo de 2010

El Santísimo Rosario Baluarte del Hogar Católico

El Rosario Baluarte Del Hogar Católico


El Santísimo Rosario es una oración, una manera de rezar que, según el testimonio de más de cincuenta Sumos Pontífices, remonta a Santo Domingo, fundador de la Orden de los Padres Predicadores, comúnmente conocidos como Dominicos.
Ahora bien, sabemos que las prácticas piadosas que nacen en la Iglesia son inspiradas por Dios. A veces, a través de una intervención directa, Dios hace conocer a los fieles los medios más adecuados para llegar hasta Él, los caminos más seguros para acceder al Cielo.
De este modo, Jesús, apareciéndose a Santa Margarita María, revela la devoción a su Sagrado Corazón y la práctica de los nueve primeros viernes de cada mes.
María Santísima, por su parte, en distintas apariciones, nos entrega su Escapulario, la Medalla Milagrosa, el Agua de Lourdes, su Corazón Inmaculado…


De la misma manera, por un sin fin de intervenciones, tan misericordiosas como milagrosas, Dios ha hecho comprender a la Iglesia que debía adoptar, de un modo oficial la devoción del Santísimo Rosario.
San Luís María Grignion de Montfort nos enseña que esta práctica es sin duda la primera oración y la primera devoción de los fieles que, desde los Apóstoles y los Discípulos, ha estado en uso de siglo en siglo hasta llegar a nosotros.
Con todo, agrega el Santo, en su forma y método según el cual se le reza ahora, el Santo Rosario ha sido inspirado a la Iglesia recién en el año 1214, dado por la Santísima Virgen a Santo Domingo de Guzmán para convertir a los herejes albigenses y a los pecadores.
En efecto, viendo Santo Domingo que los crímenes de los hombres obstaculizaban la conversión de los albigenses, entró en un bosque cercano a Tolosa, Francia, y pasó en él tres días y tres noches en continua oración y penitencia. No cesaba de gemir, de llorar y de macerar su cuerpo con disciplina, a fin de apaciguar la ira de Dios; de suerte que cayó medio muerto.
La Santísima Virgen se le apareció y le dijo:
“¿Sabes, mi querido hijo Domingo, de qué arma se ha servido la Santísima Trinidad para reformar el mundo?”.
Respondió él:
“¡Oh! Señora, Vos lo sabéis mejor que yo, porque, después de vuestro Hijo Jesucristo, fuisteis el principal instrumento de nuestra salvación”.
Ella agregó:
“Sabe que el arma principal ha sido el Salterio Angélico, que es el fundamento del Nuevo Testamento; por lo cual, si quieres ganar para Dios esos corazones endurecidos, predica mi Salterio”.
En la Bula Consueverunt, del 17 de diciembre de 1569, el Papa San Pío V escribía:
“Santo Domingo descubrió un método fácil, asequible a todos, de una incomparable piedad, excelente para rogar a Dios y expresarle nuestras súplicas. Se llama ese método el Rosario o Salterio de la Santísima Virgen María. Consiste en honrar a la Madre de Dios ofreciéndole la recitación de la Salutación Angélica repetida ciento cincuenta veces, por analogía con los ciento cincuenta salmos de David. Tal es el rito creado por Santo Domingo y propagado por él en toda la Iglesia Romana gracias a sus hijos, los religiosos de la Orden de Predicadores.
Nuestra Señora escoge a Santo Domingo, le entrega su Bendito Rosario; aparece a Bernardita en Lourdes con él en sus manos y desgrana sus cuentas a medida que la vidente lo recita; en Fátima se proclama Señora del Santísimo Rosario y nos dice que junto con su Corazón Inmaculado son las dos últimas tablas de salvación…
¡Sí!… la misma Madre de Dios entregó a Santo Domingo el Santísimo Rosario junto con el encargo de predicarlo.
Este ardiente apóstol, devotísimo de la Santísima Virgen, fue escogido para predicar una mayor confianza en el Ave Maria y una mayor devoción mediante los Misterios de la vida de Jesucristo y de María Santí­sima.
Lo que el Rosario ha sido y ha hecho en el pasado, ha de continuar siéndolo y haciéndolo en nuestros días. Y eso depende de todos y cada uno de nosotros.
En estos días de apostasía que estamos viviendo, tenemos que fijar nuestra mirada en la Madre de Dios, la montaña sagrada, y llenarnos de los pensamientos que animaban a Santo Domingo y a San Pío V.
Es Nuestra Señora quien, por Jesús, fruto bendito de sus purísimas entrañas, recibió de toda eternidad el poder de aplastar la cabeza de la serpiente infernal. Lo que realizó en el siglo XIII por medio de Santo Domingo para exterminar la herejía albigense, lo que hizo en el siglo XVI merced a San Pío V para refrenar el protestantismo y destruir el peligro turco, puede, y aún más, quiere seguir haciéndolo para vencer la herejía modernista y el paganismo actuales. Y lo conseguirá, por supuesto, por el mismo y único medio: el Santí­simo Rosario.
Hay que estar profundamente convencidos de esta verdad fundamental, pues ella determina toda nuestra fe en el Rosario y nuestra actitud respecto de su rezo diario, conforme al pedido de la misma Madre de Dios en innumerables apariciones y revelaciones.
El Santo Rosario es una devoción uni­versal, extendida por toda la Cristiandad; él ha alimentado la piedad de millones de hombres, haciéndolos vivir unidos a Jesucristo y a su Santísima Madre. El Rosario de María ha mantenido unidas a millares de familias, ha salvado en numerosas oportunidades a la Cristiandad asediada y ha reportado victorias significativas que sólo pueden atribuirse a su intervención.
Por todos estos motivos, la recomendación del rezo frecuente, asiduo a incluso diario del Santo Rosario ha estado, desde Santo Domingo hasta hoy, en boca de todos los predicadores de todos los tiempos.
Igualmente, todos los Sumos Pontífices han exhortado al rezo cotidiano del Santo Rosario, tanto como oración individual como práctica piadosa familiar.
Y es digno de ser destacado (y es lo que pretendo hoy de manera particular) que el rezo del Santo Rosario en familia es el principal baluarte del hogar cristiano.
Baluarte significa obra de fortificación y defensa. En nuestro caso se trata de una fortaleza y una trinchera contra el demonio, contra el mundo y contra la carne.
En efecto, el demonio, valiéndose de la seducción del mundo y de la debilidad de la carne, puede ejercer, y de hecho ejerce, una acción conjunta sobre el jefe de la familia, sobre la madre y sobre los hijos.
El diablo puede muy bien abrir y atender varios frentes al mismo tiempo. Y esto lo hace mediante ideas, slogans, costumbres, modas, diversiones…; sirviéndose de la televisión, el cine, los libros, las revistas…; utilizando a los intelectuales, los filósofos, los teólogos…; teniendo como aliados a periodistas, educadores, políticos, juristas, militares e incluso eclesiásticos…
El Santo Rosario de María, rezado en familia todos los días, es entonces un baluarte, una fortaleza, una trinchera que se erige frente a los ataques modernos que el demonio, el mundo y la carne dirigen contra la santidad del hogar.
Entre los numerosos males que atacan la vida cristiana de la familia, tres son los más funestos: el disgusto de una vida modesta y laboriosa, el horror al sufrimiento y el olvido de los bienes eternos.
Contra todo esto, el rezo diario del Santo Rosario es un baluarte; es un lugar de fortaleza y de luz.
Cuando la duda y la confusión invaden los espíritus y los transforman en un campo de incertidumbres y de contiendas intestinas, la meditación de los Misterios y la reiteración del Avemaría levantan en las conciencias criterios seguros de pensamiento y de acción.
El Santo Rosario, diálogo con Jesús y su Madre Bendita, comunión silenciosa con los Misterios Divinos, nos coloca en soledad y silencio interior, y, de este modo, ayuda a conservar la fe y la presencia de Dios; recuerda las virtudes de Jesucristo y la Santísima Virgen María.
De este modo, frente al disgusto de una vida modesta y de duro trabajo, frente al menosprecio de los deberes y las virtudes que deben ser ornato de una vida obscura y ordinaria, se eleva la casita de Nazaret, ese asilo a la vez terrestre y divino.
¡Qué modelo tan hermoso para la vida diaria! ¡Qué espectáculo tan perfecto de la unión al hogar! Reinan ahí la sencillez y la pureza de las costumbres; un perpetuo acuerdo en los pareceres; un orden que nada perturba; la mutua indulgencia; el amor, en fin, no fugaz y mentiroso, sino un amor fundado en el cumplimiento asiduo de los deberes recíprocos.
En Nazaret, sin duda, se ocupan en disponer lo necesario para el sustento y el vestido, pero es con el sudor de la frente y como quienes, contentándose con poco, trabajan más bien para no sufrir del hambre que para procurarse lo superfluo.
Sobre todo esto, se advierte una soberana tranquilidad de espíritu y una alegría del alma igual en cada uno. Dos bienes que acompañan siempre a la conciencia de las buenas acciones cumplidas.
De la misma manera, contra el horror al sufrimiento, contra la resistencia al dolor, contra el rechazo violento de todo lo que parece molesto y contrario a nuestros gustos, el Santo Rosario es grandísimo socorro con sus Misterios Dolorosos.
En ellos se nos muestra a Jesucristo como modelo adecuado en las enseñanzas que nos dió sobre la manera cómo debemos soportar las fatigas y los sufrimientos.
Esos misterios nos hacen pensar en el dolor de la Santísima Virgen, cuyo Corazón Doloroso fue, no solamente herido, sino atravesado por una espada, de suerte que se la llama, y lo es realmente, la Madre del dolor.
Finalmente, la tercera especie de males a que es preciso poner remedio es, sobre todo, propia de nuestra época. Los hombres de hoy se adhieren de tal modo a los bienes fugaces de la vida presente que olvidan la bienaventuranza eterna y pierden completamente la idea misma de la eternidad, hasta caer en una condición indigna del hombre.
Evitará completamente este peligro aquel que se dé a la devoción del Santo Rosario y medite, atenta y frecuentemente, los Misterios Gloriosos.
Allí aprendemos que la muerte no es un aniquilamiento que nos arrebata y que nos destruye del todo, sino una emigración y, por decirlo así, un cambio de vida.
Los ejemplos de los Misterios Gozosos, ejemplos de modestia, de sumisión, de dedicación al trabajo, de benevolencia hacia el prójimo, de celo en cumplir los pequeños deberes de la vida ordinaria…; todas esas enseñanzas traerán un cambio notable en las ideas y las costumbres.
Entonces, cada uno, lejos de encontrar despreciables y penosos sus deberes particulares, los tendrá más bien por muy gratos y llenos de encanto. Así la vida doméstica se deslizará en medio del cariño y de la dicha, y las relaciones mutuas estarán llenas de sincera benevolencia y caridad.
Del mismo modo, quien medite frecuentemente los ejemplos de virtud que presentan los Misterios Dolorosos, sentirá renacer en sí la fuerza para imitarlos.
Sean las miserias físicas, sean las penas del corazón, sean las pruebas espirituales, sea el odio de los hombres, sea la cólera de los demonios, sean las calamidades públicas, sean las desgracias familiares…, no habrá mal alguno, que no se venza con resignación cristiana y conformidad con la divina voluntad.
Por último, el espíritu que considere los Misterios Gloriosos, no podrá menos que inflamarse y que repetir esta frase: “¡Qué triste y pesada es la tierra cuando miro al Cielo!”
¡Cómo no recordar la hermosa canción “Un día al Cielo iré”…!
Esa alma gozará del consuelo de pensar que, por una tribulación momentánea y ligera, conquistará una eternidad gloriosa. Este es el único lazo que une el tiempo presente con la vida eterna, la ciudad terrestre con el Cielo. Esta es la única consideración que fortifica y eleva las almas.
Estos son los frutos, esta es la virtud fecunda del Santo Rosario de María para curar los males de nuestra época y hacer del hogar mariano un baluarte contra la apostasía.