Evangelio del día
– Ordo Liturgico Tradicional –
28 de Agosto de 2014
+ Segunda Epístola del Apóstol San Pablo a Timoteo (IV;1-8)
(1) Te conjuro delante de Dios y de Cristo Jesús, que ha de juzgar a vivos y muertos, por su aparición y por su reino:
(2) Predica la palabra, insiste a tiempo y a destiempo, arguye, enseña, exhorta con toda longanimidad y doctrina;"
(3)
pues vendrá un tiempo en que no sufrirán la sana doctrina, antes,
deseosos de novedades, se rodearán de maestros conforme a sus pasiones,
(4) y apartarán los oídos de la verdad para volverlos a las fábulas.
(5) Pero tú vela en todo, soporta los trabajos, haz obra de evangelista, cumple tu ministerio.
(6) Cuanto a mí, a punto estoy de derramarme en libación, siendo ya inminente el tiempo de mi partida.
(7) He combatido el buen combate, he terminado mi carrera, he guardado la fe.
(8)
Ya me está preparada la corona de la justicia, que me otorgará aquel
día el Señor, justo Juez, y no sólo a mí, sino a todos los que aman su
venida.
Deo Gratias
+ Continuación del Santo Evangelio según San Mateo (V;13-19)
(13)
Vosotros sois la sal de la tierra; pero, si la sal se desazona, ¿con
qué se salará? Para nada aprovecha ya, sino para tirarla y que la pisen
los hombres."
(14) Vosotros sois la luz del mundo. No puede ocultarse una ciudad asentada sobre un monte.
(15)
Ni se enciende una lámpara y se la pone bajo el celemín, sino sobre el
candelero, para que alumbre a cuantos hay en la casa.
(16) Así ha de
lucir vuestra luz ante los hombres, para que, viendo vuestras buenas
obras, glorifiquen a vuestro Padre, que está en los cielos.
(17) No penséis que he venido a abrogar la Ley y los Profetas; no he venido a abrogarla, sino a consumarla."
(18)
Porque en verdad os digo que antes pasarán el cielo y la tierra que
falte una yota o una tilde de la Ley hasta que todo se cumpla.
(19)
Si, pues, alguno descuidase uno de esos preceptos menores y enseñare así
a los hombres, será el menor en el reino de los cielos; pero el que
practicare y enseñare, éste será grande en el reino de los cielos."
LAUS TIBI CHRISTE
Comentario al Evangelio: Catena Aurea de Santo Tomás de Aquino

Mateo 5:13
"Vosotros
sois la sal de la tierra. Y si la sal se desvaneciere, ¿con qué se
salará? No vale ya para nada, sino para ser echada fuera y pisada por
los hombres". (v. 13)
San Juan Crisóstomo, in Matthaeum, hom. 15,6
Cuando
Jesús había dado a sus discípulos preceptos sublimes, para que no
dijesen: "¿cómo podremos cumplirlos?" los calma con alabanzas,
diciéndoles: "Vosotros sois la sal de la tierra". Demuestra así que les
añade esto por necesidad, como si les dijese: "No os envío por vuestra
vida, ni por una nación, sino por todo el mundo. Y si al herir el
corazón humano, éste os injuria, alegraos". Ese es el efecto de la sal,
morder lo que es de naturaleza laxo y lo reduce. Por ello, la maldición
de otros no os dañará, sino que será testigo de vuestra virtud.
San Hilario, in Matthaeum, 4
Debemos
ver aquí cuán apropiado es lo que se dice, cuando se compara el oficio
de los Apóstoles con la naturaleza de la sal. Esta se aplica a todos los
usos de los hombres, puesto que cuando se esparce sobre los cuerpos,
les introduce la incorrupción y los hace aptos para percibir un buen
sabor en los sentidos. Los Apóstoles son los predicadores de las cosas
celestiales y son como los saladores de la eternidad. Con toda razón,
pues, se les llama sal de la tierra, porque por la virtud de su
predicación preservan los cuerpos salándolos para la eternidad.
Remigio
La
sal también cambia de naturaleza por medio del agua, el ardor del sol y
la violencia del viento. Así los varones apostólicos, por el agua del
bautismo, por el ardor del amor y por el soplo del Espíritu Santo se
transforman en una naturaleza espiritual. La sabiduría celestial,
predicada por los Apóstoles, purifica las obras materiales, quita el mal
olor y podredumbre de la mala conversación y el gusano de los malos
pensamientos, a quien se refiere el profeta cuando dice: "El gusano de
ellos no muere" (Isa_66:24).
Remigio
Los Apóstoles son sal de la tierra, esto es, de los hombres terrenos, que amando la tierra, se llaman tierra.
San Jerónimo
Los Apóstoles se llaman también sal de la tierra porque por ellos se condimenta el género humano.
Pseudo-Crisóstomo, opus imperfectum super Mattheus, hom 10
Cuando
un sabio está adornado de todas las virtudes mencionadas, entonces se
le considera como una sal perfecta y todo el pueblo se condimenta de él
viéndolo y oyéndolo.
Remigio
Debe saberse que no se ofrecía a
Dios ningún sacrificio en el Antiguo Testamento (Lev 2) si primero no se
condimentaba con sal, porque ninguno puede ofrecer un sacrificio que
sea agradable a Dios si no se lo ofrece con el sabor de la sabiduría
celestial.
San Hilarioin Matthaeum. 4
Pero como el hombre está
sujeto a la conversión, por eso nos advierte que los Apóstoles,
llamados sal de la tierra, persisten en la virtud de potestad que les ha
sido dada, añadiendo: "Y si la sal se desvaneciere, ¿con qué será
salada?"
San Jerónimo
Esto es, si el doctor se equivoca, ¿por qué otro doctor será enmendado?
San Agustín, de sermone Domini, 1,6
Y
si vosotros, por quienes deben ser condimentados los pueblos,
perdiéreis el Reino de los Cielos por miedo de las persecuciones
temporales, ¿qué harán los hombres que debieron ser libres del error por
vosotros? También dice "si la sal se desvaneciese", manifestando que
deben considerarse como necios todos aquellos que, siguiendo la
abundancia o temiendo la escasez de los bienes temporales, pierden los
eternos, que no pueden ser dados ni arrebatados por los hombres.
San Hilario, in Matthaeum, 4
Si
los maestros se vuelven necios, nada salan, y aun ellos mismos,
habiendo perdido el sentido del saber recibido, no pueden vivificar lo
corrompido, quedan inútiles. Por ello sigue: "No vale ya para nada, sino
para ser echada fuera y pisada por los hombres".
San Jerónimo
El
ejemplo está tomado de la agricultura. La sal es necesaria para
condimento de las comidas y para secar las carnes, pero no tiene otro
uso. Ciertamente leemos en las Escrituras (Jue_9:45) que algunas
ciudades sembradas de sal por los vencedores, quedaron inutilizadas para
que en ellas no pudiese brotar germen alguno.
Glosa
Después que aquellos que son cabezas de otros faltan, no aprovechan para nada, sino para ser arrojados de su oficio de enseñar.
San Hilario, in Matthaeum, 4
Separados de los oficios de la Iglesia, sean pisoteados por todos los que pasen.
San Agustín, de sermone Domini,, 1, 6
No
es pisado por los hombres el que sufre persecuciones, sino aquel que se
acobarda temiendo la persecución. No puede ser pisado sino el que está
debajo, y no puede decirse que está debajo aquel que, aun cuando sufre
muchas cosas en su cuerpo mientras dura esta vida, tiene su corazón fijo
en el cielo.
Mateo 5:14-16
"Vosotros
sois la luz del mundo. Una ciudad que está puesta sobre un monte no se
puede esconder. Ni encienden una antorcha y la ponen debajo del celemín,
sino sobre el candelero, para que alumbre a todos los que están en la
casa. A este modo ha de brillar vuestra luz delante de los hombres, para
que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre, que está
en los cielos". (vv. 14-16)
Pseudo-Crisóstomo, opus imperfectum in Matthaeum, hom. 10
Así
como los maestros, por su buena predicación, son sal con la cual el
pueblo se condimenta, así por la palabra de su doctrina son luz, con la
que iluminan a los ignorantes. Primero se debe vivir bien y luego
enseñar. Por lo tanto, después de llamar a los Apóstoles sal, los llama
también luz, diciendo: "Vosotros sois la luz del mundo". La sal en su
propio estado sostiene las cosas para que no se pudran, pero la luz
conduce al perfeccionamiento ilustrando. Por lo cual los Apóstoles
fueron llamados primero sal, a causa de los judíos y de los cristianos,
por quienes Dios es conocido y a quienes éstos conservan en el
conocimiento; y segundo luz, a causa de los gentiles, a quienes conducen
a la luz de la verdadera ciencia.
San Agustín, de sermone Domini, 1,6
Conviene,
pues, comprender aquí por mundo, no al cielo y la tierra, sino a los
hombres que están en el mundo, o a los que aman al mundo, para iluminar a
los que los Apóstoles fueran enviados.
San Hilario, in Matthaeum, 4
Es
propio de la naturaleza de la luz el alumbrar por cualquier parte que
se la lleve y que introducida en las casas mate las tinieblas, quedando
sola la luz. Por lo tanto, el mundo, sin el conocimiento de Dios, estaba
oscurecido con las tinieblas de la ignorancia. Mas por medio de los
Apóstoles se le comunicó la luz de la verdadera ciencia, y así brilla el
conocimiento de Dios y por cualquier parte que caminen, de su pobre
humanidad brota la luz que disipa las tinieblas.
Remigio
Así
como el sol dirige sus rayos, así el Señor, que es sol de justicia,
dirigió sus Apóstoles para desterrar las tinieblas del género humano.
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 15,7
Comprende
cuán grandes son las cosas que les promete, cuando aquéllos, que eran
desconocidos en su propio país, adquirieron tanta fama, que llegó ésta
en poco tiempo hasta los confines de la tierra: ni las persecuciones que
les había predicho pudieron ocultarlos, sino que más bien los hizo
mucho más famosos.
San Jerónimo
Para que los apóstoles no se
escondan por el miedo, sino que se presenten con toda libertad, les
enseña la confianza en los resultados de su predicación, diciéndoles en
seguida: "No puede esconderse una ciudad que está puesta sobre un
monte".
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 12
Por
estas palabras les enseña también a cuidar con solicitud de su propia
vida, como que ésta había de estar mirada constantemente por todos, así
como la ciudad que está colocada sobre un monte, o como la luz que está
luciendo sobre un candelero.
Pseudo-Crisóstomo, opus imperfectum in Matthaeum, hom. 10
Esta
ciudad es la iglesia de los santos, de la que se dice: "Cosas
admirables se han dicho de ti, ciudad de Dios" (Sal_86:3). Sus
ciudadanos son todos los fieles, de quienes el Apóstol dice a los
Efesios: "Vosotros sois los conciudadanos de los santos" (Efe_2:19).
Esta ciudad, pues, está colocada sobre el monte, de quien dice Daniel:
"La piedra arrancada sin esfuerzo de manos, se convirtió en un gran
monte" (Dan_2:34).
San Agustín, de sermone Domini, 1,6
Está
colocada esta ciudad sobre un monte, esto es, sobre la gran justicia de
Dios que representa ese monte, en el cual juzga el Señor.
Pseudo-Crisóstomo, opus imperfectum in Matthaeum, hom. 10
No
puede, pues, esconderse una ciudad colocada sobre un monte. Aun cuando
ella quiera, el monte que la tiene sobre sí, la hace visible a todos.
Así los Apóstoles y los sacerdotes, que han sido establecidos en Cristo
no pueden esconderse, aun cuando quieran, porque Jesucristo los
manifiesta.
San Hilario, in Matthaeum, 4
Llama ciudad a la
carne que tomó, porque en ella, por la naturaleza del cuerpo que ha
tomado, se contiene cierta congregación del género humano. Y nosotros,
por la unión con su carne, resultamos los habitantes de esta ciudad. No
puede esconderse, pues, porque colocada en la altura de la elevación de
Dios, se ofrece a la contemplación de todos por medio de la admiración
de sus obras.
Pseudo-Crisóstomo, opus imperfectum in Matthaeum, hom. 10
Jesucristo
demuestra con otra comparación por qué manifiesta a sus santos y no
permite que se escondan, cuando dice: "No encienden una antorcha y la
ponen debajo de un celemín, sino sobre el candelero".
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 15,7
O
por esto que dijo: "No puede esconderse una ciudad", demostró su
virtud. En esto que añade: "No encienden la luz", nos induce a la libre
predicación, como si dijese: "Yo, en verdad, he encendido la luz, y a
vosotros corresponde tenerla encendida, no sólo por vosotros y por otros
que serán iluminados, sino también por la gloria de Dios".
Pseudo-Crisóstomo, opus imperfectum in Matthaeum, hom. 10
La
antorcha es la palabra divina, de la cual se dice en el salmo (118,5):
"Tu palabra es la antorcha que guía mis pasos". Los que encienden la
antorcha son el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.
San Agustín, de sermone Domini, 1,6
¿Qué
pensamos que significa lo que se ha dicho: "Y la ponen debajo del
celemín"? ¿Que la ocultación de la antorcha se entienda como si dijese:
Ninguno enciende la antorcha para ocultarla? ¿O significa algo más el
celemín, como si poner la antorcha debajo de él fuese preferir las
comodidades del cuerpo a la predicación de la verdad? Coloca, pues, la
antorcha debajo del celemín todo aquel que oscurece y cubre la luz de la
buena doctrina con las comodidades temporales. El celemín es muy buena
figura de los bienes temporales, ya porque es una medida, y cada uno
recibirá la retribución según el bien que hizo en el cuerpo, ya porque
los bienes temporales que se hacen con el cuerpo tienen cierta medida de
días, que significa el celemín. Mas las cosas eternas y espirituales no
tienen tal limitación. Coloca la antorcha sobre el candelabro aquel que
sujeta su cuerpo al ministerio de la palabra, para que la predicación
de la verdad sea primero y las atenciones del cuerpo vengan después. La
doctrina resplandece más cuando el cuerpo está reducido a la esclavitud
en los momentos en que, por medio de las buenas obras y demás actos
visibles, se da buen ejemplo a los demás.
Pseudo-Crisóstomo, opus imperfectum in Matthaeum, hom. 10
El
celemín puede significar también los hombres mundanos, porque así como
éste es vacío por la parte de arriba y cerrado por debajo, así todos los
amantes del mundo son insensatos para las cosas espirituales y sabios
en las terrenas. Y por lo tanto, son como un celemín que tiene escondida
la palabra divina, cuando por alguna causa terrena no se atreven a
hacer pública la palabra de Dios ni a predicar las verdades de la fe. El
candelero es la Iglesia y todo sacerdote que anuncia la palabra de
Dios.
San Hilario, in Matthaeum, 4
El Señor comparó a la
sinagoga con el celemín que, recibiendo en su interior los frutos, los
contenía en cierta medida de su limitada observancia.
San Ambrosio Super Lucam, Super his verbis
Por
lo tanto, ninguno limite su fe a la medida de la ley, sino que se ciña a
lo que enseña la Iglesia, en la cual brillan los siete dones del
Espíritu Santo.
Beda
O bien es el mismo Jesucristo quien
enciende la antorcha, el cual ha llenado con la llama de su divinidad la
lámpara de tierra de nuestra naturaleza humana. No ha querido
esconderla a los creyentes ni colocarla debajo del celemín, esto es,
sujetarla a la medida de la ley ni limitarla a los términos de una sola
nación. Llama candelero a la Iglesia, sobre la que ha colocado la
antorcha, porque ha fijado en nuestras frentes la fe en su encarnación.
San Hilario, in Matthaeum, 4
O
bien, la antorcha de Cristo se coloca sobre el candelero, esto es,
suspendida en la cruz por la pasión, cuya antorcha había de producir una
luz eterna a todos los que habitasen en la Iglesia. Y por lo tanto,
dice: "Para que alumbre a todos los que están en la casa".
San Agustín, de sermone Domini, 1,6
Si
alguno entiende por esta casa a la Iglesia, no hay en ello absurdo.
Puede que esta casa sea el mundo, por lo que dice más arriba: "Vosotros
sois la luz del mundo".
San Hilario, in Matthaeum, 4
Con esta
luz enseña a los Apóstoles a resplandecer para que, de la admiración de
sus obras resulte grande alabanza al Señor. De donde se sigue: "De tal
modo ha de brillar vuestra luz delante de los hombres que vean nuestras
buenas obras".
Pseudo-Crisóstomo, opus imperfectum in Matthaeum, hom. 10
Esto
es, cuando enseñéis iluminad de tal modo que, no sólo oigan vuestras
palabras, sino que vean también vuestras buenas obras, con el objeto de
que aquellos a quienes iluminéis con la palabra como luz, los
condimentéis con el ejemplo, como sal. Dan gloria a Dios aquellos
maestros que enseñan y obran bien, porque las disposiciones del Señor se
manifiestan en las costumbres de sus ministros. Por ello sigue: "Y den
gloria a vuestro Padre que está en los cielos".
San Agustín, de sermone Domini, 1,7
Si
tan sólo hubiese dicho: "para que vean vuestras buenas obras", hubiese
constituido su fin el ser vistos siendo alabados por los hombres, lo
cual buscan los hipócritas; sino que añade: "y glorifiquen a vuestro
Padre que está en los cielos" para que, por lo mismo que el hombre con
las buenas obras agrada a los hombres, no constituyendo en eso su fin
sino en dar alabanza a Dios, por lo tanto agrade a los hombres de modo
que en ello sea glorificado Dios.
San Hilario, in Matthaeum, 4
No
porque convenga buscar la gloria que dan los hombres (puesto que todo
debe hacerse en honor de Dios), sino que, disimulando nuestra obra a
aquellos entre quienes vivimos, brille para Dios.
Mateo 5:17-19
"No
penséis que he venido a destruir la ley o los profetas; no he venido a
destruirlos, sino a darles cumplimiento. Porque en verdad os digo que el
cielo y la tierra no pasarán, sin que se cumpla todo el contenido de la
ley hasta una jota o un ápice. Por lo cual quien quebrantare uno de
estos mandamientos muy pequeños y enseñare así a los hombres, muy
pequeño será llamado en el reino de los cielos; mas quien hiciere y
enseñare, éste será llamado grande en el reino de los cielos". (vv.
17-19)
Glosa
Después que exhortó a los que le oían
para que se preparasen a sufrir todas las cosas por la justicia y no
escondiesen lo que habían de recibir, sino que aprendiesen con la misma
benevolencia con que habían de enseñar a los demás, empezó enseñándoles
todo lo que debían enseñar. Como si preguntaran: ¿Qué es esto que no
quieres que se oculte, por lo que nos mandas sufrir todas las cosas?
¿Acaso habrás de decir alguna cosa fuera de lo que está consignado en la
ley? Por lo tanto dice: "No penséis que he venido a destruir la ley o
los profetas".
Pseudo-Crisóstomo, opus imperfectum in Matthaeum, hom. 10
Dice
esto por dos razones. Primero para invitar a sus discípulos a la
imitación de su ejemplo con estas palabras, con el fin de que así como
El cumplía toda ley, así también ellos procurasen cumplirla. Finalmente,
había de suceder que los judíos le iban a calumniar como infractor de
la ley. Por ello satisface a la calumnia antes de incurrir en ella.
Remigio
Para
que no apareciese que Jesús había venido con el objeto sólo de predicar
la ley -como los profetas habían hecho-, dijo dos cosas: Niega que
hubiese venido a quebrantar la ley y asegura que ha venido a cumplirla.
Por ello añade: "No he venido a destruir la ley, sino a cumplirla".
San Agustín, de sermone Domini, 1,8
Esta sentencia tiene dos sentidos. En efecto, cumplir la ley, o es añadir algo a lo que tiene de menos, o cumplir lo que tiene.
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 16,2
Jesucristo
llevó a su plenitud a los profetas cumpliendo todas las cosas que éstos
habían dicho de El. Primero, la ley, no quebrantando ninguna
prescripción legal. Segundo, justificando por la fe lo que la ley no
podía hacer por medio de la letra.
San Agustín, contra Faustum, 19, 7
Finalmente,
porque aun los que estaban constituidos en esta vida bajo la influencia
de la gracia, encontraban grande dificultad en cumplir lo que estaba
escrito en la ley: "No desearás" (Éxo_20:17). Cristo, constituido en
sacerdote, nos alcanza el perdón por el sacrificio de su carne,
cumpliendo también la ley para que lo que no podamos cumplir por nuestra
debilidad, se cumpla por la perfección de Cristo, de cuya cabeza fuimos
constituidos miembros. Y en el capítulo veintidos añade: Pienso que
estas palabras: "No he venido a destruir la ley, sino a cumplirla" (Ex
22-23), deben entenderse de aquellas adiciones que pertenecen a la
exposición de las antiguas sentencias o a la vida en conformidad con
ellas (Mt 5). Así es como el Señor nos enseña que hasta el deseo inicuo
de hacer daño al hermano pertenece al género de homicidio. Quiso el
Señor más bien que nosotros no jurando no nos separásemos de la verdad, a
que, jurando lo verdadero nos acercásemos al falso juramento
(Mat_17:1). Y vosotros, ¡oh maniqueos! ¿Por qué no recibís la ley y los
profetas cuando Jesucristo asegura que no había venido a abrogarlos sino
a cumplirlos? A esto responde el hereje Fausto: ¿Quién asegura que
Jesús ha dicho esto? Mateo. ¿Cómo, pues, lo que San Juan no dice, que
estuvo en el monte, lo escribe San Mateo (Mt 17), quien siguió a Jesús
después que bajó del monte? A esto responde San Agustín. Si ninguno dice
verdad de Cristo, más que aquel que lo vio o que lo oyó, hoy ninguno
diría verdad tratándose de El. ¿Por qué no pudo San Mateo oír de boca de
San Juan (Jn 21) cosas verdaderas de Cristo, cuando nosotros, nacidos
después de tanto tiempo, podemos hablar cosas verdaderas de Cristo
tomándolas del libro de San Juan? Por otra parte, no sólo el Evangelio
de San Mateo, sino que también el de San Lucas y San Marcos tienen igual
autoridad. A esto puede añadirse que aun el mismo Jesucristo pudo
contar a San Mateo lo que había hecho antes de llamarlo. Decid
claramente que no creéis en el Evangelio. Los que no creéis del
Evangelio más que lo que queréis, creéis en vosotros más que en el
Evangelio. Añade Fausto:
San Agustín, contra Faustum, 17, 4
Probemos
que San Mateo no escribió esto, sino que lo escribió otro, no sé quién,
pero en nombre suyo. ¿Qué dice, pues? Pasando Jesús vio a un hombre
llamado Mateo, sentado en el despacho de impuestos. ¿Y quién,
escribiendo de sí mismo, dirá: vio a un hombre, y no más bien, me vio a
mí? A lo cual contesta San Agustín: San Mateo escribió de sí como si
hablara de otro, como San Juan hizo lo mismo diciendo: "Habiéndose
vuelto San Pedro, vio a otro discípulo, a quien Jesús amaba". Se ve,
pues, que ésta fue la costumbre de aquellos escritores cuando contaban
las cosas que sucedían. Insiste Fausto:
San Agustín, contra Faustum, 17,2
¿Por
qué dice también en el mismo sermón, que no se creyese que había venido
a destruir la ley, dando más bien a entender con eso que la destruía
realmente? Pues de otro modo nunca los judíos hubieran sospechado tal
cosa. A lo cual contesta San Agustín: esto es muy pobre, pues no negamos
que para los judíos que no entendían, Cristo fuese un destructor de la
ley y los profetas. Otra vez Fausto:
San Agustín, contra Faustum, 17,2
¿Para
qué esto cuando la ley y los profetas no necesitan cumplimiento, puesto
que se dice en el Deuteronomio: "Observarás estos preceptos que te
ordeno, y no añadirás nada a ellos, ni disminuirás?" (Deu_12:32). A lo
que contesta San Agustín:
San Agustín, contra Faustum, 17,6
No
entiende Fausto lo que quiere decir cumplir la ley, cuando cree que
esto debe entenderse de la adición de palabras. La plenitud de la ley es
la caridad, la que concedió nuestro Señor enviando a los fieles el
Espíritu Santo. Se cumple, pues, la ley, o cuando se practica lo que
manda, o cuando se manifiestan las cosas que están profetizadas. Sigue
Fausto:
San Agustín, contra Faustum, 18,1
Cuando confesamos
que Jesucristo ha formado el Nuevo Testamento, ¿qué otra cosa decimos
sino que a la vez había destruido el Antiguo? A lo cual contesta San
Agustín:
San Agustín, contra Faustum, 18,4
En el Antiguo
Testamento estaba prefigurado cuanto había de suceder. Sus figuras
habían de ser suprimidas por las mismas obras que Jesucristo practicaba,
con el objeto de que la ley y los profetas se cumpliesen, toda vez que
en ellas está escrito, que habría de formarse un Nuevo Testamento. Añade
Fausto:
San Agustín, contra Faustum, 18, 2
Si Jesucristo dijo
esto, o lo dijo significando otra cosa, o -lo que no es de creer- lo
dijo mintiendo, o en absoluto no lo dijo -pero que Jesucristo mintiese
nadie puede asegurarlo- y que por esto dijese otra cosa, o en realidad
que no dijese nada; me persuado, pues, contra la necesidad de este
capítulo, y la fe de los maniqueos me confirma en ello, de que las cosas
que en un principio se leen como escritas respecto del Salvador, no
todas pueden creerse. Hay mucha cizaña que cierto sembrador colocó en
casi todas las escrituras, como divagando en perjuicio de la buena
semilla. A lo cual contesta San Agustín:
San Agustín, contra Faustum, 18,7
el
maniqueo ha enseñado una perversidad impía para que aceptes del
Evangelio, lo que tu herejía no te impida que aceptes, sin embargo para
que lo que te impida aceptar no lo aceptes. Nosotros, según nos enseña
el Apóstol en la carta primera a los de Galacia (1,9), guardamos una
piadosa prudencia, y por ello anatematizamos a todo aquel que nos enseñe
algo contrario a lo que de los Apóstoles hemos recibido. Nuestro Señor
nos dice también por San Mateo que debemos entender por cizaña, no el
que se mezclen algunas falsedades en las verdaderas escrituras -como tú
interpretas- sino los hombres que son hijos del espíritu maligno. Añade
Fausto:
San Agustín, contra Faustum, 18, 3
Cuando un judío te
arguya porque no observas los preceptos de la ley y de los profetas, que
Jesucristo dijo no había venido a abrogar sino a cumplir, te verás
obligado a confesarte, o como subyugado a la falsa superstición, o a
decir que el capítulo es falso, o a negar que tú seas verdadero
discípulo de Cristo. A lo que contesta San Agustín:
San Agustín, contra Faustum, 18,7
Los
católicos nada tienen que temer de ese capítulo -como si no cumpliesen
la ley y los profetas-, porque tienen la caridad de Dios y del prójimo,
preceptos en los cuales están resumidos toda la ley y los profetas. Y
todo lo que allí está profetizado por los acontecimientos, las
ceremonias y las palabras figuradas lo reconocen cumplido en Jesucristo y
en la Iglesia. De donde se deduce que ni estamos sometidos a la
superstición, ni negamos la veracidad de este capítulo, ni que somos
discípulos de Cristo.
San Agustín, contra Faustum, 19,16
El
que dice que: si Jesucristo no hubiese abrogado la ley y los profetas,
aquellos sacramentos de la ley y de los profetas hubiesen continuado
celebrándose entre los cristianos, éste puede también decir que: si
Jesucristo no hubiese abrogado la ley y los profetas, aún subsistiría
anunciado que habría de nacer, padecer y resucitar. Pero más bien que
abrogarlos, los ha cumplido, puesto que ya no se promete que nacerá,
padecerá y resucitará. Porque aquellas profecías se referían a una
persona que ya existió, anunciándose que ya ha nacido, padecido y
resucitado. Estos misterios son admitidos por los cristianos y podemos
decir que estas profecías ya se han realizado. Se comprende, desde
luego, cuán grande sea el error en que viven todos aquellos que creen
que, cuando se han mudado las señales y los sacramentos han resultado
nuevas las cosas que entre los profetas se anunciaron como futuras y el
Evangelio prueba que ya se han cumplido. Sigue Fausto:
San Agustín, contra Faustum, 19,1
Debe
averiguarse si Jesucristo dijo esto y por qué lo dijo. Si lo dijo con
el objeto de no despertar el furor de los judíos que, viendo sus cosas
santas confundidas por Jesucristo, no creían oportuno oírle; o bien para
persuadirnos a que aceptásemos el yugo de la ley, nosotros que debíamos
creer entre los gentiles.
San Agustín, contra Faustum, 19, 2
Si
no fue éste el motivo que le impulsó a hablar así, debe ser el que ya
he dicho, y ni en ello ha mentido. Hay tres clases de leyes: una de los
hebreos, que San Pablo en su carta a los romanos apellida de pecado y de
muerte; otra de los gentiles, a la cual llama natural, diciendo a los
romanos: "Los gentiles practican naturalmente lo que manda la ley"
(Rom_2:14); y otra de verdad, acerca de la cual dijo también a los
romanos: "La ley es espíritu de vida", etc (Rom_8:2). Igualmente los
profetas: los hay de los judíos, muy conocidos; de los gentiles, de
quienes dice San Pablo a Tito: "Uno de sus profetas ha dicho"; y de la
verdad, de quienes dice Jesucristo por medio de San Mateo: "Os envío
profetas y sabios" (Mat_23:24). (l. 19, c. 3) Y en verdad, si hubiese
manifestado las observancias de los hebreos respecto de su cumplimiento,
no hubiese resultado la duda acerca de que había dicho esto
refiriéndose a la ley de los judíos y de los profetas. En ello sólo
refiere los preceptos más antiguos -esto es, no matarás, no fornicarás-,
que en otro tiempo fueron promulgados por Enoc y Set y los demás
judíos, ¿a quién no parece que esto lo dijo El refiriéndose a la ley y a
los profetas? En lo que parece que mencionó ciertas cosas de los
judíos, las arrancó casi de raíz, mandando lo contrario, como es esto
que dice: "Ojo por ojo, diente por diente" (Éxo_21:24). A lo que dice
San Agustín:
San Agustín, contra Faustum, 19,7
Manifiesto es,
qué ley y qué profetas no vino Cristo a derogar sino a cumplir la misma
ley que promulgó Moisés. Jesucristo no cumplió solamente, como dice
Fausto, los preceptos trasmitidos por los justos antiguos, antes de la
ley de Moisés, ni derogó los que eran propios de la ley de los judíos
(19,17), como éste: "No matarás" (Éxo_20:13). Nosotros, pues, decimos
que estas cosas estuvieron bien mandadas en su tiempo y que ahora no han
sido aprobadas por Jesucristo, sino cumplidas como se expresa en los
demás preceptos. Tampoco entienden esto los que continúan viviendo en
aquella perversidad para obligar a los gentiles a judaizar, como son los
herejes que se llaman nazarenos.
Pseudo-Crisóstomo, opus imperfectum in Matthaeum, hom. 10
Para
que no se crea que todas las cosas que habían de suceder desde el
principio hasta el fin, no eran antes conocidas por Dios, fueron
vaticinadas en la ley de una manera mística. Por ello dice: No puede
suceder que pasen el cielo y la tierra, hasta que todas las cosas que
han sido vaticinadas en la ley se cumplan en realidad y esto es lo que
dice: "En verdad os digo, que hasta que no pasen el cielo y la tierra,
ni una jota, ni un ápice perecerán de cuanto está mandado en la ley,
mientras todas estas cosas no se verifiquen".
Remigio
La
palabra amén es un modismo hebreo y en latín quiere decir
verdaderamente, fielmente, así sea. Por dos razones usa Jesucristo de
esta palabra. Ya por la dureza de aquellos que eran tardos para creer,
ya por los que habían creído, con el objeto de que comprendiesen mejor
las palabras que siguen.
San Hilario, in Matthaeum, 4
Por esto
que dice: "Hasta que no pasen el cielo y la tierra", manifiesta que
éstos, a pesar de su grandeza -como nosotros creemos-, habrán de
desaparecer.
Remigio
Subsistirán esencialmente, pero se renovarán.
San Agustín, de sermone Domini, 1,8
Por
estas palabras que añade: "Una jota o un ápice no perecerá de la ley",
no debe entenderse otra cosa más que una expresión terminante de la
perfección que se demuestra por medio de las Sagradas Letras, entre las
cuales la jota es la menor de todas porque consta de un solo trazo, y el
ápice es el punto que se pone sobre la jota. Con estas palabras
manifiesta que en la ley hasta las cosas más pequeñas pueden invitarnos
al cumplimiento de ella.
Rábano
Con intención puso la jota
griega y no el ioth hebreo, porque la jota en el griego es la décima
letra, y el número diez expresa el decálogo cuyo ápice y perfección es
el Evangelio.
Pseudo-Crisóstomo, opus imperfectum in Matthaeum, hom. 10
Si
el hombre ingenuo se avergüenza cuando se le descubre en alguna mentira
y el hombre sabio cuando no cumple su palabra, ¿cómo las palabras
divinas podrán subsistir sin un fin y carecer de cumplimiento? De donde
concluye: "El que quebrantare uno de estos mandamientos más pequeños y
enseñare así a los hombres, será considerado como pequeño en el Reino de
los Cielos". Creo que el mismo Dios responde claramente esto, mostrando
cuáles son los mandamientos más pequeños, diciendo: "Si alguno
quebrantare uno de estos mandamientos más pequeños", esto es, de la
manera que habré de decir.
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom.16,3-4
No
dijo, pues, esto refiriéndose a las leyes antiguas, sino a las que El
había de dar, a las cuales llama pequeñas, aun cuando sean grandes. Así
como muchas veces había hablado de sí con humildad, también ahora habla
humildemente de sus preceptos. O de otro modo:
Pseudo-Crisóstomo, opus imperfectum in Matthaeum, hom. 10
Los
mandatos de Moisés son fáciles de ejecutar: no matarás, no adulterarás.
La misma magnitud de estos crímenes hace rechazar el deseo de
cometerlos. Por lo tanto, en la remuneración son pequeños pero en el
pecado son grandes. Los mandamientos de Cristo -esto es, no te
enfurezcas, no tengas deseos-, en la ejecución son difíciles, pero en el
premio son grandes, aun cuando sean pequeños en el pecado. Por lo
tanto, Jesucristo dictó estos mandamientos: "No te enfurezcas, no
desees". Luego aquellos que cometen pecados leves son los más pequeños
en el Reino de Dios. Esto es, el que se enfurezca y no cometa pecado
grande, puede considerarse como libre de la pena -esto es, de la eterna
condenación-, pero tampoco puede estar en la gloria que consiguen
aquellos que cumplen aun estos preceptos más pequeños.
San Agustín, de sermone Domini, 1,8
O
de otro modo: aquellos preceptos que están en la ley se llaman
pequeños, pero aquéllos que Jesucristo había de dictar eran grandes. Los
menores mandamientos se significan por una jota o por un ápice. Aquel,
pues, que los viola y enseña a otros a quebrantarlos, se llamará pequeño
en el Reino de los Cielos. Y acaso tampoco pueda entrar en el Reino de
los Cielos, porque allí no pueden entrar sino los grandes.
Glosa
Quebrantar
es no hacer lo que rectamente entiende uno que debe hacer, o no
entender lo que ha dañado, o disminuir la integridad de la adición hecha
por Jesucristo.
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom.16,4
Cuando
oigas pequeño en el Reino de los Cielos, debes creer que en ello no se
significa otra cosa que el suplicio y el infierno. Reino suele llamarse
no sólo la utilidad del Reino, sino el tiempo de su resurrección y la
venida de Jesucristo.
San Gregorio, homiliae in Evangelia. 12
También
debe entenderse por Reino de los Cielos la Iglesia, en la que el sabio
que quebranta un mandamiento se llama pequeño, porque aquél cuya vida no
es buena no puede esperar otra cosa que el menosprecio de su
predicación.
San Hilario, in Matthaeum, 4
O llama pequeños los
sucesos de la pasión y muerte del Señor, la que si alguno no confiesa
-considerándola vergonzosa- será pequeño -esto es, el último y casi
nulo-, pero al que la confiesa se le promete la gloria de una gran
vocación en el cielo. De donde sigue: "El que hiciere, pues, y enseñare,
se llamará grande en el Reino de los Cielos".
San Jerónimo
Reprende
en esto a los fariseos que despreciando los mandatos del Señor, daban
la preferencia a sus propias tradiciones, porque no les aprovecha la
doctrina que enseñan al pueblo si prescinden de lo más pequeño que está
mandado en la ley. Podemos entender esto de otra manera, creyendo que la
instrucción del que enseña, aun cuando incurra en un defecto pequeño,
le hace caer del punto más elevado; y no le aprovecha enseñar la
justicia, que él mismo destruye, aun con la culpa más leve. La
bienaventuranza es perfecta cuando se ejecuta lo que se predica.
San Agustín, de sermone Domini, 1,8
O
de otro modo: el que quebrantare aquellas cosas pequeñas (a saber, los
preceptos de la ley) y enseñare así a los demás, será llamado pequeño;
pero el que practica la ley aún en lo más insignificante y enseña así a
los demás, no debe considerarse como grande, sino no tan pequeño como
aquél que la quebranta, pues para que sea grande debe practicar y
enseñar lo que Jesucristo enseña.