jueves, 9 de septiembre de 2010

Inquisición

Título: La Inquisición: Su propósito y razones en la visión medieval.
Autor: Dave Armstrong. 21 de febrero de 2006.
Copyright 2006 by Dave Armstrong. All rights reserved.
Original en Inglés: The Inquisition: Its Purpose and Rationale Within the Medieval Worldview
Traducción: Alejandro Villarreal de Biblia y Tradición, 2008.







La Inquisición fue el tema que más inquietud me produjo respecto a la Iglesia Católica antes de convertirme y todavía me inquieta a nivel moral, mas no desde el punto de vista desaprobatorio. Creo que ahora entiendo mucho mejor las razones por la cuales esas cosas ocurrieron y lo que la Iglesia aprendió en los siglos sucesivos. Esto se remonta a la visión medieval del mundo.

A menos que uno haga un esfuerzo objetivo para entender esto los demás no entenderán a la Inquisición o a las Cruzadas ni un poco, entender la clase de motivos que impulsaron a las personas de la edad media y que son por completo ajenos al moderno relativismo y punto de vista indiferentista de las cosas en la actualidad, sin embargo no son incomprensibles. La Inquisición representó una ampliación de los tipos de crímenes que eran considerados una amenaza a la sociedad, incluida la herejía. Por consiguiente, era un entendimiento diferente de lo que constituían las amenazas a la sociedad.

En la Edad Media la herejía era considerada como una obstinación, que se hacía de mala fe y de mala voluntad. En la actualidad la Iglesia tiene un enfoque con un matiz más psicológico: la herejía no es considerada de mala fe, de aquí que la persona es menos culpable y menos merecedora a ser castigada, esto es a nivel humano, el juicio divino es por completo diferente. Hemos aprendido también que la imposición es incongruente con el punto de vista cristiano, por lo menos en los casos en que la herejía no se convierta en desorden civil, como los donatistas, monofisistas, arrianos y albigenses, entre otros.

Me atrevería a decir que la herejía constituye, tanto una amenaza a la sociedad civil como a la Iglesia, de la misma manera en que la santidad, el absolutismo y la pureza sexual amenazan a la revolución liberal y sexual y la cultura de la muerte que estamos viviendo en la actualidad. Más allá de sus creencias extrañas y pervertidoras de la cultura, los albigenses no eran más que unos santurrones y sabelotodos.

Para entender mejor la historia, Will Durant escribió:

Por algún tiempo los cátaros, una variante del albigenismo, recibieron una amplia tolerancia de parte de los poderes eclesiástico y secular en el sur de Francia. En principio y apariencia a la gente se le permitía escoger entre la antigua y la nueva religión, fueron llevados a cabo debates públicos entre teólogos católicos y cátaros, uno de estos debates tuvo lugar en Carcasona en la presencia de un delegado papal y el rey Pedro II de Aragón en 1204. En 1167 varias ramas del catarismo celebraron un concilio, el cual fue atendido por representantes de varios países, en éste se discutía y regulaba la doctrina cátara, su disciplina y administración, concluyó sin disturbios.

Los nobles, de relativa pobreza, comenzaron a adueñarse de las propiedades de la Iglesia. En 1171 Roger II Vizconde de Béziers saqueó una abadía, encarcelo al obispo de Albi y comisionó a un hereje para que lo vigilara. Cuando los monjes de Allet escogieron un abad inconveniente para el Vizconde, éste quemó el monasterio y encarceló al abad, cuando el abad murió, el alegre Vizconde colocó su cadáver en el púlpito y persuadió a los monjes a escoger un sustituto a modo del perseguidor. Raymond Roger Conde de Foix sometió al abad y a los monjes de la abadía de Pamiers y sus caballos comieron avena en el altar, sus soldados utilizaron los brazos y piernas de los crucifijos como mazos para triturar granos y utilizaron la imagen de Cristo como diana. El Conde Raymond VI de Tolosa destruyó muchas iglesias y persiguió a los monjes de Moissac, fue excomulgado en 1196.

Inocencio III, quien llegó al papado en 1198, observó en estos acontecimientos una amenaza tanto para la Iglesia como para el estado, reconoció algunas posibles excusas para criticar a la Iglesia si tomaba medidas correctivas pero sintió que no podía permanecer con los brazos cruzados ante la gran organización eclesiástica que esperaba mucho de él y le veían como un bastión para contener la violencia humana, el caos social, la iniquidad nobiliaria que había atacado a la Iglesia de manera profunda, que había robado sus posesiones, dignidad y se había burlado con parodias blasfemas. El Estado había cometido muchos pecados, había albergado la corrupción y mantenido a muchos funcionarios desvergonzados, sin embargo, solo un tonto desearía destruir el Estado. ¿Cómo podría prevalecer cualquier orden social sobre principios que prohibían el linaje y recomendaban el suicidio? ¿Podría alguna economía prosperar con la idolatría de la indigencia y sin los incentivos de la propiedad? ¿La relación entre los sexos y la crianza de los niños podría ser rescatada del desorden salvaje sin la institución del matrimonio? (The Age of Faith, New York: Simon & Schuster, 1950, 772-773)

Esta declaración elocuente y precisa fue hecha por alguien que no era católico o cristiano, un humanista, y da justo en el blanco, cuando señala que en ese caso la herejía afectó demasiado tanto al orden social como al religioso. Las sociedades civiles hacen esto mismo de una manera muy semejante, ya sea en la persecución a los comunistas por la derecha (McCartismo), ya sea en la persecución de los grupos pro vida y pro familia por la izquierda en la actualidad, llamándolos homofóbicos, antifeministas e intolerantes. De nuevo sostengo que la Iglesia tenía motivos valiosos, racionales y éticos para defenderse.

Hillaire Belloc escribió, con relación al asunto de la anti-materia maniquea:

Una cosa que los Maniqueos siempre han sostenido, es que la materia pertenece al lado maligno, aunque puede haber mucha maldad en las cosas espirituales, de todos modos, el bien debe ser en su totalidad espiritual. Esto es algo que no solo se encuentra en los primeros Maniqueos ni en forma exclusiva en los Albigenses de la Edad Media, incluso lo encontramos en la modernidad con los puritanos. Es evidente e indisoluble la conexión maniquea, la materia es susceptible de descomponerse y por lo tanto es mala y los apetitos son malos. Esta idea se ramifica en toda clase de detalles absurdos: el vino es malo, las diversiones son malas y así continúa. Debido a que la Iglesia Católica siempre ha cuestionado las actitudes de este tipo es que ha habido un conflicto irreconciliable entre ésta y los maniqueos o los puritanos. (The Great Heresies, London: Sheed & Ward, 1938, reprinted by TAN Books, Rockford, IL: 1991, 85-86)

La gente del medioevo creía con una gran nivel de justificación dentro de la perspectiva cristiana que la herejía era tan peligrosa para los individuos como para las sociedades, como lo es el crimen físico o incluso más que éste último tomando en cuenta las premisas fundamentales en la actualidad. Este principio interno ha permanecido inmutable mientras que la aplicación y el entendimiento particular de éste han experimentado un desarrollo positivo, la creencia en la herejía como mala y destructora del alma está por completo en efecto hoy día, pero el entendimiento de los motivos del hereje y en consecuencia el tratamiento o castigo han cambiado junto con la relación de la Iglesia y Estado en las sociedades modernas.

El teólogo católico alemán, Karl Adam, puntualizó:

Es verdad que los herejes fueron procesados y quemados en la Edad Media y el origen de tales persecuciones debe ser buscado en las concepciones bizantinas y medievales del estado. Por lo cual, cada ataque a la unidad de la fe fue considerado como un crimen abierto en contra de la unidad y estabilidad del estado y se tenía que castigar conforme a los primitivos métodos de la época.

La religión para el hombre medieval abarcaba la totalidad de su vida y perspectiva, así, cada rebelión en contra de la fe católica era vista como un crimen moral y una especie de asesinato del alma y de Dios, una ofensa más atroz que el parricidio. Y esta perspectiva era más lógica que sicológica (emocional), este hombre medieval se regocijaba en la percepción de la verdad, pero tenía muy poca apreciación de las condiciones fisicas de vida en la que vivía su alma y de los medios para alcanzarlos. En el estudio del hombre debemos no sólo tomar en cuenta la lógica de la verdad sino también la calidad de las dotes espirituales y mentales con las que reaccionaba ante la verdad. Y debido a que no vivían las infinitas variedades de las dotes espirituales es que siempre estuvo preparado, de forma especial cuando la verdad era impugnada y así concluir que era un caso de mala voluntad y pasar de la sentencia a la condenación, incluso cuando había obstáculos intelectuales insuperables en el camino de la percepción de la verdad del acusado. Esta actitud en la que prevalecía la lógica de la razón es característica de la edad Media, esa época no tenía un sentimiento de la vida como algo que fluía con sus propias leyes ni había apreciación de la historia, la propia ni la general. Y esta actitud no fue superada y corregida hasta que el espíritu de los tiempos cambió, hasta que el curso de los siglos y una larga transformación cambiaron el panorama. Por consiguiente, la persecución de los herejes no procede de la naturaleza del catolicismo sino de la actitud mental y política de la Edad Media.

El teólogo tiene medios de estudio sicológicos e históricos que le permiten tener un mayor alcance en el entendimiento de este tema y ser más cauteloso al atribuir una mala voluntad al hereje. Se ha sensibilizado ante las innumerables posibilidades del error invencible y por lo tanto excusable. (The Spirit of Catholicism, 1929, reprinted by Image Books, Garden City, NY, 1954, 182-184)

Por supuesto, debo señalar a propósito la absurda manifestación y trágica ironía de cualquier crítica moderna hacia la Iglesia sobre esos pasados siglos de escándalos, cuando en Norte América cuatro mil niños no nacidos están siendo exterminados de manera cruel y legal en el interior del vientre de sus madres, algunos de los cuales estaban por nacer cuando “esclarecidos doctores progresistas” les succionaron los sesos, corresponde a una moral y lógica ridículas e indignantes el que se critique sin fundamento a la Inquisición cuando una Inquisición mucho más horrible e injusta tendiente al holocausto y al genocidio, una guerra en contra de los niños en edad prenatal tiene lugar en nuestra época cada día. Es necesario hacer un balance moral y esparcir un poco de justa indignación en contra de este hecho, incluso el Código de Hammurabi en Babilonia en el año 1800 a. C. condenaba el aborto.

No podemos apreciar en la actualidad como sociedad la equivocación, la injusticia y el ultraje que representa el aborto, en la práctica, la única motivación para realizar un aborto es la conveniencia personal, la comodidad y el poderoso dinero, al menos la Iglesia en la Edad Media tenía un motivo meritorio para perseguir a aquellos que caían en herejía, correcto o no el motivo era para proteger a las almas de la mayoría de ser arrastradas a la perdición y con bastante posibilidad a la condenación eterna, esto es por mucho un motivo más elevado que el libertinaje sexual sin responsabilidad o el motivo monetario de los aborcionistas.

El aniquilamiento de los herejes estaba basado en la noción de que eran una amenaza para la sociedad y que podrían originar incalculables daños para las almas porque en esos días la herejía estaba considerada como dañina y peligrosa, más de lo que el crimen físico es considerado hoy. Los humanistas creen que el cuerpo muere y eso es todo, los cristianos creen que un hereje deliberado y obstinado podría arder en el infierno por siempre, de aquí la gran importancia para prevenir el esparcimiento de la herejía.

Todos coinciden en que hay casos en los que el matar no es asesinato pero poco se puede hacer en una defensa moral de lo que Stalin y Hitler hicieron, pero, por otro lado, la Inquisición vista no desde esa distorsión de su naturaleza y sin la prejuiciosa visión de algunos historiadores sino desde un punto de vista objetivo puede ser defendida desde muchos puntos de vista mas no en forma absoluta, como lo he tratado de hacer.

No pienso que la Inquisición pueda ser por completo defendible por el apologista católico y no trataré de hacer eso, en lo personal no me gusta la Inquisición pero el afirmar que no hay una diferencia esencial entre la Inquisición y el comunismo, entre la Inquisición y los excesos del nazismo, como algunos críticos del catolicismo o cristianismo tratan de hacer, es una notoria ridiculez y algo absurdo.

La herejía era considerada un crimen como parte de la legislación regular de una sociedad porque era más dañina para el individuo visto como alma inmortal que como un mero daño a su propiedad o su cuerpo. Centrándose en el pecado y el crimen, vistos en sus diferentes manifestaciones y grados, mortal y venial en teología o los grados de criminalidad en la ley penal es el grado y naturaleza del delito o culpabilidad y esto es por mucho lo que mejor ha entendido la Iglesia a través de los siglos.

Así, la Inquisición no puede ser entendida como un cruel acto de asesinato o represión como lo sería el nazismo o el estalinismo sino tan sencillo como un sistema de castigos por el bien de la sociedad así como lo son las prisiones de nuestros días. La civilización en su mayoría, en nuestros días, frunce el ceño cuando piensa en la pena capital por ser un castigo cruel e inusual y esta civilización ha desarrollado un entendimiento acerca del crimen y del castigo en la medida en que una sociedad que mata a sus niños pueda llamarse civilizada. La Iglesia también ha llegado a diferentes conclusiones en el como tratar a los herejes.

La Inquisición pudo haber estado equivocada en la aplicación de la severidad debido a las consideraciones ya presentadas pero de ninguna manera fueron asesinatos institucionalizados, un gobierno puede sentenciar a muerte a una persona inocente y sin embargo no es asesinato en sí. Puede ser una gran injusticia o una imitación de la justicia basada en un error o falta de evidencia pero el fin último del estado es actuar en buena conciencia de acuerdo a la cantidad de pruebas que posee. Al estado se le reconoce el poder de la espada en el pensamiento bíblico cristiano (Romanos 13) y la policía tiene este poder.

La Iglesia se ha dado cuenta que dentro de un ambiente de derechos de la libertad individual y conciencia guiada es más efectiva una aproximación que en el castigo temporal a los herejes, porque las causas de la herejía son consideradas muy complejas y no ceden ante el juicio duro y expeditivo. En esos días casi todos los Estados eran seculares y existían entidades que ponían en efecto las ejecuciones, ese estado de las cosas es imposible en la actualidad incluso si la Iglesia deseara perseguir a los herejes. Los secularistas adoptaron el relativismo y concluyeron que al no existir una verdad determinada en asuntos espirituales y teológicos y por supuesto en ningún otro asunto, la herejía es un asunto sin sentido y toda creencia debe existir en la medida en que no dañe a nadie eso sí excluyendo a los niños en la etapa prenatal.

Por otro lado, en la Iglesia la herejía todavía es considerada como peligrosa en extremo pero se ha decidido que no es castigable con la muerte física o la persecución coercitiva, como resultado del crecimiento del poder temporal dentro de la Iglesia surgieron violentas y maliciosas herejías como el Donatismo, Arrianismo y albigenismo así como varios efectos en el pensamiento medieval.

El uso de la tortura es uno de los aspectos que desacredita a la Inquisición pero esto ha sido tratado con exageración de manera especial en los métodos que utilizaba. En nuestros días, la policía interroga a los sospechosos utilizando métodos sicológicos en su mayoría sin embargo no descarta el uso de la fuerza física, lo mismo ocurre con los prisioneros de guerra y espías, es irónico que los Estados sigan usando los métodos por los que la Iglesia Católica es reprobada siempre, sin embargo ésta última hace mucho que los ha dejado de utilizar mas los reproches no han cesado.

Buena parte de la razón por la que la Iglesia es criticada con severidad es la hostilidad hacia la Edad Media que se ha alojado en la sociedad moderna G. K. Chesterton hizo dos brillantes observaciones al respecto:

Hay algo extraño cuando traemos a la memoria a la Edad Media siempre es de una manera áspera y medio grotesca, ¿por qué siempre recordamos a la Edad Media con cosas absurdas? pocas personas en la actualidad saben que una gran cantidad de brillante filosofía, una metafísica delicada y una clara y digna moral está implícita en los escritores serios de la Edad Media, pero parece que solo hemos asimilado las partes más toscas y bufonescas de ésa época a las que hemos etiquetado como humanas y poéticas, presumimos la ignorancia del medievalismo mas nos hemos contentado con ser unos ignorantes del conocimiento de la Edad Media, cuando hablamos acerca de la Edad Media es para hacer énfasis en lo pintoresco, recordamos que la alquimia es medieval y que las heráldicas también mas olvidamos que el Parlamento es medieval, todas las Universidades son medievales, las empresas son medievales, la pólvora y la imprenta son medievales y que muchas de las cosas que gozamos en la actualidad y que contribuyen al progreso tuvieron ahí su origen. (“The True Middle Ages,” The Illustrated London News, 14 July 1906)

La Iglesia primitiva era ascética pero probó que no era pesimista por la sencilla razón que los condenaba, el credo declaró que el hombre era pecador mas no declaró que la vida fuese el mal, la condenación de los primeros herejes es considerada como algo estricto e inflexible pero fue la prueba contundente de que la Iglesia tenía la intención de ser fraternal y tolerante, probó que los primeros católicos estaban ansiosos de explicar que no consideraban al hombre por completo vil, que no pensaban que la vida fuese miserable sin remedio ni que el matrimonio fuese un pecado o que la procreación una tragedia. (The Everlasting Man, Garden City, NY: Doubleday Image, 1925, 223)

Lo que he tratado de hacer es plantear interrogantes acerca de cómo es descrita por lo común la Inquisición, las motivaciones detrás de ésta y porqué no es una prueba en contra del origen divino de la Iglesia, hubieron malos inquisidores así como hubieron malos Papas, obispos y sacerdotes sin embargo no tantos como es pensado en automático, como cuando la BBC sacó un especial por TV y la tesis eran los “grandes crímenes” de la Inquisición en España, por supuesto de una forma escandalosa y calumniosa haciendo eco de exageraciones de historiadores y la cultura popular.

Mientras el castigo siga existiendo en la sociedades civiles e incluso la pena de muerte para castigar los crímenes en contra de las personas y sus propiedades no es del todo incomprensible el que alguna vez la Iglesia fuese partidaria de ese tipo de castigos en contra de las personas que cometían crímenes en contra del alma y de la verdad espiritual que de lo contrario hubiesen llevado a muchas personas al fuego eterno del infierno. En este punto realizaremos un acercamiento diferente al tema más cercano a la Iglesia primitiva de los apóstoles. No somos más culpables de “asesinato” en masa de lo que las sociedades civiles lo son cuyas policías matan a sospechosos, soldados matan enemigos o el Estado ejecuta criminales seriales. La Inquisición fue la aplicación de la justicia civil como era entendida en la mentalidad medieval con algunas premisas defectuosas como quién debería ser tratado como criminal.

Concluiré con las palabras de Michael W. Martin, apologista católico en internet:

Encontraremos un panorama completamente diferente si abordamos el tema desde el punto de vista de lo que era considerado herejía por la Iglesia y la forma en que se llevaron a cabo las ejecuciones. En el siglo IV los priscilianos causaban muchos disturbios, fueron declarados herejes y fueron excomulgados por la Iglesia, sin embargo, el problema no terminó ahí, el Imperio autodeclarado cristiano estaba preocupado por la inestabilidad en el orden civil causado por los priscilianos y decidió imponer pena de muerte como castigo a esta herejía, San Martín de Tours estaba horrorizado por el proceder del Estado pero sus protestas fueron atendidas por oídos sordos, el ESTADO entonces los ejecutó dejando claro que la Iglesia no estaba involucrada en tales hechos.

Otro ejemplo fueron los herejes donatistas ellos tenían un ejército de campesinos conocidos como circumcelliones, turbas donatistas, circelliones o milites Christi agnostici, éstos entrarían a los poblados maltratarían e incluso matarían al clero regular e instalarían a sus propios prelados. De nuevo el Imperio intervino para reestablecer el orden y los herejes fueron ejecutados, y de nuevo fue el Estado y no la Iglesia. San Agustín estaba harto de la violencia de los circumcelliones y admitió que era necesario el uso de la fuerza, en ese entonces la gente era arrastrada por las calles e incluso asesinada y llega un punto en el cual el uso de la autoridad es adecuado y necesario.

En general la Iglesia ha tenido y tiene muy poca autoridad temporal, por ejemplo hubo un grupo de personas que entró en la catedral de san Patricio en Nueva York interrumpieron la Misa y causaron bastante desorden mientras el Cardenal estuvo ahí. ¿a quién hubo que llamar, a la Guardia Suiza del Vaticano? No, llamaron a las autoridades civiles para restaurar el orden y tal como es hoy, durante toda la historia de la Iglesia cualquier autoridad temporal ejercida por la Iglesia de hecho provenía en gran parte de la autoridad civil. Los prelados de la Iglesia no tenían grandes ejércitos o policía el rey o el Estado sí. De esta manera, cuando surgían problemas que requerían el uso de la fuerza temporal era el Estado el que lo ejercía en general y de la forma en que lo deseaba tal como sucedió en el ejemplo actual en Nueva York.

El caso típico de la Edad Media era el que una persona fuera acusada de herejía o brujería, la Iglesia procesaría al acusado y si lo encontraba culpable podría remitirlo a las autoridades civiles para que recibiera su castigo, las autoridades civiles fijarían la pena que por supuesto no era infrecuente que fuera la pena de muerte pero este era el castigo habitual para los crímenes más graves y la herejía era uno de ellos.

Una parte de la razón por la que la pena de muerte era ejercida para castigar la herejía era que ésta era fuente de malestar en la sociedad. Los romanos vieron en los cristianos a unos herejes con una noción divina equivocada y vieron en esto un potencial debilitamiento del Imperio y por lo tanto los cristianos fueron echados a los leones como alimento. Ahora traslademos el Imperio al cristianismo entonces son las herejías las que se convierten ahora en un problema, como los priscilianos, podría agregar que muchos católicos perdieron sus vidas bajo el reinado de Enrique VIII y su hija Elizabeth porque fueron considerados herejes y en oposición al Estado, lo mismo sucedió en Alemania y Suiza con los luteranos y calvinistas len donde a ejecución de herejes no es una situación histórica o cultural extraordinaria.

Ahora cualquiera que piense que el Estado ejecutó la voluntad absoluta de la Iglesia un día después de que Constantino declaró cristiano al estado es un inconcebible ignorante de la más elemental historia. Algunos emperadores y reyes han sido los mayores herejes de la cristiandad, revísese la controversia arriana, cuando un emperador se convertía al arrianismo, los arrianos negaban que Jesús fuera Dios, éste empezaba una persecución imperial en contra de los que ostentaban la verdadera fe, los grandes como san Atanasio, san Ambrosio y san Hilario fueron exiliados a partes remotas del imperio por rehusarse a las órdenes del emperador y adoptar el arrianismo otros murieron en la defensa de la divinidad de Jesús.

La doctrina de la Iglesia se formula a través de las declaraciones de los Concilios y las Encíclicas Papales, no existe ningún documento doctrinal de la Iglesia declarando que “las brujas deben llevarse a la hoguera” y reto a cualquiera a que presente un documento oficial por el estilo. Si se me permite dar un ejemplo, si alguien en el gobierno dice que algo está contra la ley no significa que de manera automática esté en contra de la ley. La doctrina como la ley civil lleva un proceso en su promulgación. Como no tengo duda, algunos miembros de la Iglesia han hecho ese tipo de declaraciones pero esto no significa que es una enseñanza autorizada de la Iglesia y no es mayor que el caso hipotético en que el presidente declarara que vestirse de color azul ahora es ilegal.

No dudo que algunos funcionarios de la Iglesia consideraron prudente declarar eso ya que las brujas tenían el supuesto poder de matar a voluntad, revisense los casos de las brujas de Salem. Tampoco dudo que algunas brujas hayan sido quemadas con la complicidad de algunos funcionarios de la Iglesia, sin embargo ¡esto dista mucho de alguna declaración doctrinal que diga que uno debe creer que las brujas tengan que ser quemadas!

Mitos de las Cruzadas


Título: Mitos de las Cruzadas.
Autor: Thomas F. Madden.
Copyright by Thomas F. Madden 2002.
All rights reserved. Original en Inglés: Crusade Myths
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Las Cruzadas han sido mencionadas últimamente en las noticias. El presidente Bush cometió un error al referirse a la guerra en contra del terrorismo como una “cruzada”, y fue muy criticado por pronunciar esta palabra ofensiva e hiriente para el mundo musulmán. Si es tan hiriente, ¿porque será que los musulmanes la usan tan constantemente?. Osama bin Laden y Mullah Omar repetidamente se refieren a los norteamericanos como los “cruzados” y a la guerra actual como “una cruzada en contra del Islam”. Durante décadas los norteamericanos han sido denominados “cruzados” o “vaqueros” entre los árabes del Oriente Medio. Es evidente que las cruzadas están muy en boga en el mundo musulmán.
Tampoco han sido olvidadas en Occidente. En realidad, a pesar de las muchas diferencias entre oriente y occidente, la mayoría de las personas de ambas culturas coinciden en las ideas acerca de las Cruzadas. Es comúnmente aceptado que las Cruzadas representan una mancha en la historia de la civilización occidental en general, y de la Iglesia católica en particular. Cualquier persona ansiosa de atacar al catolicismo no demorará demasiado en sacar el tema de las Cruzadas y la Inquisición. Las Cruzadas son frecuentemente usadas como el clásico ejemplo de la maldad de la religión organizada. Un hombre común y corriente en una calle de Nueva York o en el Cairo, coincidirán en que las Cruzadas constituyeron un ataque tramposo, cínico e improvocado llevado a cabo por fanáticos religiosos en contra de los pacíficos, prósperos y refinados musulmanes.
Pero no siempre fué así. Durante la Edad Media cualquier cristiano europeo creía que las Cruzadas constituían un acto de máximo bien. Incluso los musulmanes respetaron los ideales de las Cruzadas y la piedad de los hombres que pelearon en ésta. Pero esta concepción cambió con la Reforma Protestante. Para Martín Lutero, que ya había desechado las doctrinas de la autoridad papal y las indulgencias, las Cruzadas no eran más que una maniobra de poder y avidez papal. De hecho, argumentó que combatir a los musulmanes significaba combatir a Cristo mismo, ya que fué Cristo quien envió a los turcos para que castigaran a los cristianos, debido a sus faltas. Cuando el sultán Suleiman el Magnífico y sus ejércitos invadieron Austria, Lutero cambió de opinión acerca de la necesidad de combatirlos, pero continuó condenando a las Cruzadas. Durante los dos siglos posteriores, las personas tendieron a ver las Cruzadas bajo un lente confesional: los protestantes las demonizaban, mientras que los Católicos las exaltaban. En cuanto a Suleiman y sus sucesores, se alegraron de haberse librado de ellos.
Fué en la Ilustración del siglo XVIII cuando nació el actual punto de vista de las Cruzadas. La mayoría de los filósofos, como Voltaire, creían que la cristiandad medieval fué una vil superstición. Para ellos, las Cruzadas fueron una migración de bárbaros guiados por el fanatismo, la avaricia y la lascivia. Desde entonces, el punto de vista de la Ilustración ha estado de moda una y otra vez.
Las Cruzadas recibieron buena prensa como guerras de la nobleza que fueron (aunque no religiosas) durante el periodo Romántico y a principios del siglo XX. Sin embargo, después de la Segunda Guerra Mundial, la opinión se volvió decisivamente en contra de las Cruzadas, debido a Hitler, Mussolini y Stalin, los historiadores consideraron desagradable cualquier ideología de la guerra. Este sentimiento fué expresado por sir Steven Runciman en su obra, Una Historia de las Cruzadas (1951-54). Para Runciman, las Cruzadas fueron moralmente repugnantes, actos de intolerancia en el nombre de Dios. El hombre medieval que tomó la cruz y marchó hacia el Medio Oriente era cínicamente malvado, un avaricioso rapaz o ingenuo y crédulo. Esta historia, maravillosamente escrita, pronto se convirtió en un clásico. Casi sin ayuda, Runciman definió el punto de vista popular moderno de las Cruzadas.
Desde la década de 1970, las Cruzadas han atraído a muchos estudiosos que meticulosamente la han examinado. Aunque los frutos de esas décadas de estudio han tardado en permear en la mente popular. En parte es culpa de los historiadores, quienes tienden a publicar sus estudios en un lenguaje poco accesible para los que no pertenecen a la academia. Pero es también debido a una clara renuencia entre las modernas élites a abandonar la visión de las Cruzadas de Runciman. Y así, los libros modernos que tratan sobre las Cruzadas, deseando, después de todo, ser populares, tienden a copiar a Runciman. Lo mismo ocurre con otros medios, como los documentales en la televisión. Las Cruzadas (1995), producida por la BBC/A&E, estelarizada por Terry Jones aprovechando su fama por su participación en Monty Python (programa de comedia), para darle a éste un aire de autoridad, los productores lo integraron a un grupo de distinguidos historiadores sobre la Cruzadas, quienes dieron su punto de vista sobre los acontecimientos. El asunto fue, que los historiadores no coincidían con la ideas de Runciman, no hubo problema, los productores simplemente editaron las entrevistas grabadas, de una manera suficientemente astuta como para que los historiadores parecieran estar de acuerdo con las ideas de Runciman. El profesor Jonathan Riley-Smith vehementemente me dijo: “¡Me hicieron ver diciendo cosas increíbles!”
Entonces, ¿cuál es la verdadera historia de las Cruzadas?, como se podrán imaginar, ha pasado mucho tiempo desde entonces, pero hay buenas versiones, escritas en los últimos veinte años, bastante comprensibles. Por el momento, dado el aluvión de cobertura que se está haciendo hoy en día de las Cruzadas, tal vez sería mejor considerar sólo lo que las Cruzadas no fueron. Aquí, entonces, están algunos de los mitos más comunes y por qué están equivocados.
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Mito 1: Las Cruzadas fueron guerras de agresión no provocadas en contra de los pacíficos musulmanes.
Esto no puede ser más incorrecto. Desde la época de Mahoma, los musulmanes siempre han buscado la conquista del mundo cristiano. Ellos han realizado un buen trabajo en esto. Después de unos pocos siglos de conquistas constantes, los ejércitos musulmanes tomaron todo el norte de África, el Medio Oriente, Asia Menor y la mayor parte de España. En otras palabras, a fines del siglo XVII, las fuerzas del Islam habían capturado dos tercios del mundo Cristiano: Palestina, la tierra de Jesucristo; Egipto, el lugar del nacimiento de la vida monástica cristiana; Asia Menor, donde san Pablo plantó las semillas de las primeras comunidades cristianas. Estas áreas geográficas no representaban la periferia del cristianismo sino su núcleo. Y los imperios musulmanes no habían terminado, continuaron presionando hacia el oeste, hacia Constantinopla, la entrada hacia Europa. En cuanto a la agresión no provocada, es evidente que fue llevada a cabo por los musulmanes. En algún punto el cristianismo se debía defender o sucumbir a las conquistas musulmanas. La primera cruzada fue convocada por el Papa Urbano II en 1095 como respuesta a una urgente llamada de auxilio del Imperio Bizantino en Constantinopla. Urbano llamó a los caballeros de la cristiandad para ayudar a los hermanos de oriente. Fué una misión de misericordia el liberar a los cristianos del oriente de los conquistadores musulmanes. En otras palabras, las Cruzadas fueron desde el principio una guerra defensiva. La historia completa de las Cruzadas de oriente trata sobre la respuesta a la agresión musulmana.
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Mito 2: Aunque los cruzados vistieron cruces, realmente estaban interesados en el botín y las tierras. Su aspecto piadoso sirvió para cubrir su rapaz avaricia.
Los historiadores solían creer que se había desatado una crisis debido a que mucho nobles habían tenido un segundo hijo, estos individuos fueron entrenados en las artes caballerescas pero no había tierras que heredarles. Las Cruzadas, por consiguiente, fueron vistas como una válvula de escape, mandando a esos beligerantes hombres lejos de Europa en donde ellos pudieran conseguir tierras para sí mismos a expensas de otros. Los estudiosos contemporáneos, asistidos con el advenimiento de las bases de datos informáticas, han desmentido este mito. Ahora sabemos que fueron los primogénitos en Europa los que atendieron el llamado del Papa en 1095, así como en los subsiguientes llamados. Las Cruzadas fueron una empresa enormemente costosa. Los nobles se vieron en la necesidad de vender o hipotecar sus tierras para hacerse de fondos. Tampoco estaban interesados en reinos extranjeros. Así como un soldado en el presente, el cruzado medieval estaba orgulloso de realizar su deber, pero añoraba regresar a casa. Después de los espectaculares éxitos de la primer Cruzada, con Jerusalén y la mayor parte de Palestina en manos de los cruzados, virtualmente todos ellos regresaron a casa. Únicamente un pequeño grupo permaneció para consolidar y gobernar los recientes territorios ganados. El botín también fué escaso. De hecho, aunque los cruzados soñaban en las vastas y ricas ciudades orientales, ninguno pudo siquiera recuperar sus gastos. Pero las tierras ni el dinero fueron las razones por las cuales participaron en las Cruzadas. Ellos lo hicieron para expiar sus pecados y así merecer la salvación por haber hecho buenas obras en tierras remotas.
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Mito 3: Cuando los cruzados capturaron Jesuralén, en 1099, masacraron a cada hombre, mujer y niño de la ciudad, y las calles estaban inundadas de sangre que llegaba a la altura de los tobillos.
Este es uno de los favoritos para demostrar la maldad de las Cruzadas. Recientemente, Bill Clinton, en un discurso en Georgetown citó esto como una razón por la que los Estados Unidos es una víctima del terrorismo musulmán (aunque el sr. Clinton obtuvo como efecto de esto un mantón de sangre a la altura de los tobillos). Es cierto que mucha gente murió en Jerusalén después de que los cruzados capturaron la ciudad. Pero esto debe ser entendido en el contexto histórico. La norma moral aceptada en todas las civilizaciones pre-modernas europeas y asiáticas era que una ciudad que resistía y era capturada por la fuerza, pertenecía a las huestes victoriosas. Esto incluía no sólo los edificios y los bienes, sino la población también. Esta es la explicación por la que cada ciudad o fortaleza tenía que sopesar si debía o no resistir a los que los asediaban. Si no lo hacía, podría negociar los términos de la rendición. En el caso de Jerusalén, los defensores resistieron hasta el final. Éstos calcularon que las formidables murallas de la ciudad mantendrían acorralados a los cruzados, hasta que una fuerza que llegaría de Egipto los relevara. Se equivocaron, y cuando la ciudad cayó, se llevaron el premio. Muchos murieron, otros pagaron por su libertad o se les dejó ir. Para las normas actuales, esto puede parecer brutal. Aún así, un caballero medieval si pudiera, señalaría que mueren más hombres, mujeres y niños inocentes en un bombardeo moderno durante una guerra, que los que morirían por la espada durante el asedio a una ciudad durante uno o dos días. Cabe señalar que en las ciudades en que la gente se rindió a los cruzados, no fueron molestados, retuvieron sus propiedades y se les permitió practicar su culto. En cuanto a los ríos de sangre, ningún historiador lo acepta más que como una figura literaria. Jerusalén es una ciudad grande, pero la cantidad de sangre necesaria para llenar las calles con un riachuelo continuo de siete centímetros de profundidad, requeriría más gente de la que vivía, no en la ciudad, en la región.
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Mito 4: Las Cruzadas sólo fueron colonialismo medieval disfrazado con adornos religiosos.
Es importante recordar que en la Edad Media, Occidente no era una poderosa cultura dominante arriesgándose en una región atrasada y primitiva. El oriente musulmán era el poderoso, opulento y con abundancia. Europa era el tercer mundo. Los estados de las Cruzadas, fundados en el principio de la primera Cruzada, no eran nuevos asentamientos de católicos en el mundo musulmán, como la colonización británica en Norteamérica. La presencia católica en los Estados Cruzados fué siempre escasa, fácilmente menos del diez por ciento de la población. Estos eran los gobernantes y magistrados, así como los mercaderes italianos y miembros de las órdenes militares. Era musulmana la aplastante mayoría de la población en los Estados Cruzados. No eran colonias, por consiguiente, en el sentido de plantaciones o incluso fábricas, como en el caso de la India. Eran puestos de avanzada. El fin principal de los Estados Cruzados era defender los Lugares Santos en Palestina, especialmente Jerusalén, y el de proveer un ambiente seguro a los peregrinos cristianos que visitaban esos lugares. Ningún país mantenía relaciones económicas con los Estados Cruzados, ni los europeos se beneficiaron de éstos. Todo lo contrario, el costo de mantener las Cruzadas para sostener el Oriente Latino, representó un grave gasto de recursos europeos. Como puestos de avanzada, los Estados Cruzados mantenían un enfoque militar. Mientras los musulmanes pelearon entre ellos, los Estados Cruzados estuvieron a salvo, pero una vez unidos, estuvieron en posibilidad de desmantelar las fortalezas, capturar las ciudades, y en 1929, expulsaron a los cristianos en su totalidad.
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Mito 5: Los Cruzados también combatieron en contra de los judíos.
Ningún papa jamás llamó a una cruzada en contra de los judíos. Durante la primera Cruzada, una banda de pendencieros, no asociada con el ejército principal, se dirigió al centro de la Renania y robaron y asesinaron a los judíos que encontraron ahí. En parte fue debido a su codicia, y en parte también se deriva de la creencia errónea de que los judíos, siendo los que crucificaron a Jesús, eran legítimos objetivos de guerra. El papa Urbano II y los que le siguieron condenaron enérgicamente estos ataques en contra de los judíos. Los obispos locales y otros religiosos, junto con algunos laicos trataron de defenderlos, pero con éxito parcial. En forma similar, durante el comienzo de la segunda Cruzada, un grupo de renegados mató a muchos judíos en Alemania antes que san Bernardo fuera capaz de interceptarlos y detenerlos. Estos fallos del movimiento fueron un desafortunado resultado del “entusiasmo” de las Cruzadas. Pero los judíos no estaban en el propósito de la Cruzada. Usando una analogía moderna, durante la Segunda Guerra Mundial, algunos soldados norteamericanos cometieron crímenes durante las misiones en suelo extranjero, fueron arrestados y castigados por esos crímenes. Pero el propósito de la Segunda Guerra Mundial no era cometer crímenes.
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Mito 6: Los Cruzados eran tan corruptos y viles que incluso tenían una Cruzada de niños.
La llamada “Cruzada de los niños” de 1212, no fue ni cruzada, ni ejército de niños. En Alemania hubo una particular muestra de entusiasmo religioso, que llevó a algunos jóvenes, en su mayoría adolescentes, proclamarse ellos mismos cruzados y comenzar una marcha hacia las costas. En el camino se ganaron mucho apoyo popular y no pocos forajidos, ladrones y pordioseros también. El movimiento se fragmentó en Italia y finalmente acabó, cuando, llegados al Mediterráneo, se les hizo imposible cruzarlo. El papa Inocencio III no convocó esta cruzada. En efecto, el papa repetidamente instó a los no combatientes a permanecer en casa, ayudando a la contienda por medio del ayuno, oraciones y limosnas. En este caso, elogió el entusiasmo de los jóvenes que marcharon tan lejos, pero les pidió que regresaran a sus casas.
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Mito 7: El papa Juan Pablo II defendió a las Cruzadas.
Este en un mito extraño, en vista de que el papa fué muy criticado por no disculparse directamente por las Cruzadas, cuando se disculpó por todos aquellos cristianos que han hecho daño injustamente. Es verdad, Juan Pablo II recientemente se disculpó con los Griegos por el saqueo llevado a cabo en la cuarta Cruzada en Constantinopla, en 1204. Pero el papa Inocencio III, en su tiempo, expresó su aflicción por este acontecimiento. Este también, fué un trágico error en el que Inocencio III hizo todo lo posible por evitarlo.
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Mito 8: Los musulmanes, que recuerdan vívidamente las Cruzadas, tienen una buena razón para detestar al Occidente.
Realmente el mundo musulmán recuerda tan bien a las Cruzadas como el Occidente. Esto es, incorrectamente. Esto no debe sorprender. Los musulmanes tienen como fuente de información acerca de las Cruzadas, las mismas historias podridas que las que usa el Occidente. Los musulmanes suelen celebrar las Cruzadas como una gran victoria para ellos, después de todo, ganaron. Pero los autores occidentales, ocupados por el legado del imperialismo moderno, han contaminado el sentido de las Cruzadas, promoviéndolas como guerras de agresión y pintando a los musulmanes como plácidas víctimas (Nota del T: Con el fin de incentivar hoy la agresión “justificada” en ellos, y así, los norteamericanos principalmente, tener un oponente a quien combatir, con todas las consecuencias implícitas en esto.) Al hacer esto, han invalidado siglos de triunfos musulmanes, ofreciéndoles a cambio su consolidación como eternas víctimas.
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Thomas F. Madden es Catedrático Asociado y preside el Departamento de Historia en la Universidad de San Luis. Es autor de Historia concisa de las Cruzadas y co-autor de La Cuarta Cruzada

miércoles, 8 de septiembre de 2010

Encuentro del Marte 07 de Septiembre de 2010 - El Modernismo

EL MODERNISMO 

Comenzamos el encuentro de día martes, viendo una serie de videos sobres los abusos litúrgicos cometidos por distintos sacerdotes en el mundo, dichos videos se encuentran facilmente, por ejemplo, en Youtube.com, y pudimos ver entre otra cosas una misa con muñecos, con payasos, con galletas en lugar de la Santa Hostia, con vasos y jarras de vino en reemplazo de los Caliz para contener la preciosisima Sangre de Nuestro Señor Jesucristo... ello dispara un interrogante...


¿ A qué se deben tantos abusos litúrgicos y dogmáticos adentro de la Iglesia?


La Respuesta es El Modernismo.


¿Qué es el Modernismo

Apologética: Modernismo
El llamado “Modernismo” es un sistema enteramente lógico que encuentra sus bases en la “filosofía” moderna, en aquella “filosofía” subjetivista de “filósofos” como Kant. Como dice el Papa que ha condenado formalmente dichas doctrinas: “ninguno se maravillará si lo definimos afirmando que es un conjunto de todas las herejías. Pues, en verdad, si alguien se hubiera propuesto reunir en uno el jugo y como la esencia de cuantos errores existieron contra la fe, nunca podría obtenerlo más perfectamente de lo que han hecho los modernistas. Pero han ido tan lejos que no sólo han destruido la religión católica, sino, como ya hemos indicado, absolutamente toda religión.” (S. S. San Pío X, Encíclica “Pascendi”, N° 38).
“Los modernistas no niegan la letra de ninguno de los dogmas; dicen que Cristo es Dios, que la Iglesia es verdadera, que creen en la Gracia y que los Sacramentos son válidos, pero lo vacían todo dándoles un significado humano; son como signos de la grandeza del hombre, de la divinidad del hombre, es decir, una tentación de humanizarlo todo, que fue la tentación más grande en toda la vida de la Iglesia y que será también la gran herejía del Anticristo, que va a implantar la adoración del hombre, de las obras del hombre y se va a hacer adorar él mismo como Dios, según está revelado por San Pablo.” (R.P. Leonardo Castellani, “Catecismo para adultos”).
El Modernismo religioso y filosófico, que ha destruido la sana doctrina –inclusive– el “sentido común”, es moneda corriente en la sociedad actual, la cual, como velero sin rumbo, navega hacia el abismo del error cayendo en cuántas aberraciones pueden existir. El Papa Paulo VI profetizaría que “el humo de Satanás había penetrado por una fisura en el templo de Dios” (Alocución del 29-06-1972). La misma barca de Pedro, la Iglesia, hoy, se encuentra azotada por esta fuerte tormenta modernista llegando casi hasta sus cimientos y, como base para no zozobrar en el combate, debemos afirmarnos en la Tradición apostólica y católica que los Papas, en su Magisterio infalible, nos han legado para combatir dichos errores y no zozobrar en la tormenta. 

Encíclica Pascendi Domini Gregis: AQUÍ - Encíclica Pascendi

La Pascendi presenta un sistema no católico de pensamiento de manera ordenada, empezando por una teorías fundamentales y primeras, que son de orden filosófico, para luego sacar las consecuencias de esos principios en la totalidad de las ramas del saber cristiano. No ofrece la condena de tal o cual autor ni de tales o cuales proposiciones concretas, sino que presenta más bien lo que podríamos llamar una actitud intelectual, una tendencia o un espíritu adoptado de manera común por una serie de sabios cuyos nombres y proposiciones no se citan directamente. La razón de ello, a mi entender, no fue sólo el deseo, frecuentemente destacado, de tratar caritativamente a los eclesiásticos y laicos desviados, muchos de ellos de vida irreprochable y posiblemente animados en principio de buenas intenciones. También, si mal no entiendo, lo que con ello pretende la encíclica es superar la dificultad de señalar y delimitar la secta o la doctrina que se trata de condenar. Por eso evita que su enseñanza se vea limitada a unas circunstancias y doctrinas formuladas de una manera determinada. Pues el modernismo que se condena en la encíclica no constituye una secta públicamente reconocida y de netas  fronteras, ni es la escuela fundada por un único pensador, sino que se caracteriza más bien como un conjunto de teorías de apariencia multiforme y de extraordinaria capacidad de evolución y adaptación. Tiene, por principio, una ilimitada aptitud para asumir nuevas doctrinas con renovado vocabulario, lo cual hace casi imposible atajar completamente el mal que entraña por medio de la condena de expresiones concretas, como tantas veces ha hecho la Iglesia. Pienso, pues, que el estilo de la encíclica, que es consciente y reconocidamente peculiar, responde al deseo de que los fieles comprendan, desde sus principios más profundos, la manera de entender el mundo y la religión propia del modernismo y proporcionarle así una coraza intelectual contra un enemigo que no se declara como tal y que no tiene bandera ni uniforme.
El núcleo doctrinal del modernismo, tal como lo presenta la Pascendi, está constituido por tres doctrinas procedentes de la filosofía moderna. La primera, el idealismo, viene a coincidir con el horizonte filosófico común a todo el pensamiento moderno. Las otras dos, agnosticismo  e inmanentismo, sitúan en consonancia con ese horizonte el objeto de la religión y el llamado hecho religioso.
I.- Idealismo (o inmanentismo): El núcleo de su pensamiento procede de la filosofía moderna que mantiene la incapacidad de nuestras potencias cognoscitivas de alcanzar las cosas tal como son: sólo podemos conocer las apariencias de ellas, lo que llaman los fenómenos, y las ideas que acerca de ellas nos formamos.
            El idealismo, en uno de sus sentidos, quizás el más originario, no niega que podamos conocer las cosas que están fuera de nuestra conciencia. Sólo afirma que no se nos ofrecen inmediatamente. El entendimiento del hombre topa en principio sólo con representaciones que no remiten a cosa alguna fuera de la representación misma. Esta situación que a cualquier entendimiento normal (al cual los filósofos modernos llamarían acrítico o ingenuo) le parece, cuando la entiende, poco menos que risible, porque lo que quiere decir es que no tenemos constancia de la existencia de nada del mundo natural fuera de nosotros mismos. Esta concepción de nuestra mente fue excogitada por primera vez por Descartes, que propuso, sólo como hipótesis momentánea, que llamó la duda metódica, según podríamos haber estado engañados desde nuestro nacimiento por un poderoso genio maligno que se habría divertido en distorsionar todo lo que normalmente creemos que es conocimiento. Tanto lo que captamos por medio de los sentidos, como lo que nos han enseñado sería conforme a esta hipótesis un engaño. En otras palabras, supone al hombre encerrado en sí mismo e incapaz de conocer la realidad exterior, como estaría un niño que estuviera encerrado desde su nacimiento en una de esos aparatos de realidad virtual
            Descartes creía saber de un procedimiento para concluir, razonando desde este punto de partida radical, tanto la existencia de Dios y sus atributos como la del mundo material del que tratan las ciencias físicas y matemáticas. Pero, como, en la situación descrita, sólo se dispone de datos sensibles y otras afecciones que a nada remiten fuera de ellos mismos, pronto le hicieron ver a Descartes cómo su intento necesariamente abocaba al fracaso.
            Pero con ello se metió a la filosofía por una camino que ha marcado todo el pensamiento moderno no católico que, en líneas generales, dio por evidente el punto de partida cartesiano. Así nacieron los diversos sistemas filosóficos racionalistas y empiristas que culminan con el pensamiento de Kant. El mundo en sí (es decir fuera del sujeto que es el hombre) es inasequible, es una mera suposición; lo único que alcanzo es el mundo en mí. En esta filosofía, la ciencia se entiende como si versara acerca de los fenómenos, acerca de lo que se me aparece: sus leyes no enseñan qué son las cosas, como pretendía el pensamiento realista de Aristóteles y de santo Tomás, sino sólo como se produce los acontecimientos aparentes.
II.- Agnosticismo: Puesto que los seres y los acontecimientos sobre los que trata la religión no son inmediatamente accesibles a nuestros sentidos; es decir puesto que Dios no es un fenómeno, es evidente que Dios no puede ser objeto de ciencia. La metafísica, una de cuyas partes llamada la teología natural que pretende alcanzar la existencia de Dios, carece, según esta filosofía, del carácter de ciencia. Su contenido no son más que fantasmagorías de la razón.
            Tampoco la historia nos sirve de auxilio para conocer las cosas de que habla la religión, pues la historia se basa en esos datos sensibles que se llaman documentos históricos, los cuales, si se consideran desde el punto de vista que llaman científico, sólo relatan acontecimientos del mundo fenoménico y las concepciones de quien los escribió, pero en modo alguno nos dan a conocer a Dios. Lo mismo ocurre con la revelación externa, que se reduce a unos documentos históricos, es decir a datos fenoménicos. Y así, desde esta perspectiva, Cristo nos para la historia más que un hombre.
            No queda pues nada real que predisponga a recibir el don de la fe: no queda el conocimiento natural de Dios que captamos desde las cosas del mundo, pues el llamado mundo no ofrece más que apariencias; no quedan los motivos de credibilidad (los milagros, las profecías, la integridad y milagrosa pervivencia de la Iglesia. Para el modernista, los datos  históricos no nos dan a conocer todo eso como hechos, sino como producto de la mente fabuladora de los hombres que los escribieron.
III.- Inmanencia religiosa: Sin embargo, el hecho religioso necesita una explicación. Ante ese fenómeno los movimientos reduccionistas del pensamiento moderno adoptaron una postura de radical desconfianza. Por ejemplo, Marx, Freud, en nombre de la ciencia y Nietzsche, en nombre de la vida, entendieron que cualquier religión es de suyo un engaño forjado conforme a unos intereses que ocultan una mentalidad depravada de maneras diversas. Para ellos la religión no debe ser explicada sino desmontada y destruida.
Contra estas doctrinas decididamente ateas el modernismo intenta, siguiendo los pasos de Kant, situar la creencia religiosa, pero manteniéndose en los presupuestos de la filosofía moderna que hemos visto. Como Colón, que pretendió buscar las Indias por el otro lado, así los modernistas quieren buscar la religión católica por los nuevos caminos de la filosofía. Pero, como Colón, lo que encontraron fue otra cosa.
Ningún conocimiento del mundo externo, ningún dato de los sentidos y ningún documento que la historia es capaz de ofrecer conocimiento alguno sobre le objeto de la religión que es Dios. Mas, como para seguir las sendas de la filosofía moderna, no hay acceso a la realidad externa, sino que sólo se nos ofrece la conciencia en sus aspectos diversos, habrá que buscar a Dios en otras facetas de la interioridad humana que no sean los de la ciencia. Y, en efecto, hallan algo que por entonces había adquirido carta de naturaleza en la filosofía reciente: el sentimiento. De Dios, como de todo el supuesto mundo externo, no se tiene conocimiento, tampoco se conoce como fenómeno ni de manera intelectual, pero hay una clase de sentimientos, que siendo un hecho interno a la conciencia diferente de lo fenoménico, proporciona un contacto con lo divino y lo incognoscible. Ese sentimiento consiste en la captación de la necesidad de lo infinito, en la percepción de la indigencia ante lo trascendente o lo incognoscible, de lo cual nada puede decirse racionalmente.
En esto consiste el llamado principio de inmanencia religiosa: Dios se nos revela interiormente, no por vía del conocimiento, sino como un sentimiento que es la fuente de toda la religión. Si hemos entendido cómo, según el modernismo, se explica la insistencia del hombre en tratar de Dios por la presencia del sentimiento religioso, podemos decir que sólo tenemos que sacar las consecuencias para entender en toda su magnitud el error de esta tendencia.
Ante todo hay que percatarse de que no hemos salido de la conciencia, del hombre enclaustrado en su interior característico de la filosofía moderna. De igual manera que, según el idealismo, cuando el científico habla de las cosas y de sus leyes no habla más que de apariencias fenoménicas que se suceden de manera repetitiva, así el que habla de Dios no dice nada del mundo externo sino que habla de la presencia en el sujeto de los sentimientos. Pero dejemos eso de momento y tratemos de mostrar cómo, por una lógica interna implacable, se siguen las principales doctrinas del modernismo desde esta concepción primera llamada inmanentismo religioso.
El proceso, que se desarrolla todo él en los límites de la conciencia, depende precisamente de los caracteres propios de la conciencia, que son principalmente tres: se da en todos los hombre, tiene unidad y es una unidad vital. La mente o conciencia es, en primer lugar, común a todos los hombres en los cuales se da siempre, de manera más o menos oscura el sentimiento religioso. En segundo lugar la conciencia, en todos sus aspectos, se caracteriza porque tiene la inestabilidad de lo viviente, está en permanente transformación o cambio. En fin, la mente humana no está formada por departamentos independientes que siguen caminos separados, sino que constituye un todo, una unidad, donde cada parte, cada tipo de vivencia, intelectual o no, se conecta con el resto. Veamos por separado las principales tesis modernistas que se siguen de cada una de estas propiedades de la conciencia donde se desarrolla todo el fenómeno religioso:
I.- De la universalidad de la conciencia se sigue:
1) Confusión de la naturaleza y la gracia: la presencia de Dios en la el hombre se manifiesta o produce gracias al sentimiento de lo infinito, que es una afección natural, común a todo hombre, como común a todo hombre es la alegría o la tristeza. De ahí una primera consecuencia, y no la de menor importancia: se sobrenaturaliza la naturaleza humana. En otras palabras, se confiere a la naturaleza del hombre, a todo hombre por el hecho de serlo, la gracia de la fe, cosa que para la doctrina católica sólo es propia de los bautizados.
2) La "verdad" de toda religión. De lo anterior se extrae una segunda consecuencia: todas las religiones participan del carácter sobrenatural que tiene la religión católica. Puesto que el sentimiento religioso de suyo hace creyente al hombre y, al ponerle en contacto inmediato con Dios, le confiere la fe sobrenatural, toda religión es verdadera y sólo difieren unas de otras por las formulaciones más o menos imperfectas del sentimiento religioso. Si acaso, los modernistas conceden que religión católica, por tener más vida, es una formulación más perfecta de la fe. En los asuntos de religión no hay verdad y falsedad en el sentido que el realismo ingenuo confiere a esos términos. Las religiones son formulaciones más o menos afortunadas del sentimiento religioso, más o menos intensas y excitantes de ese mismo sentimiento, pero no son estrictamente hablando verdaderas en el sentido de enunciar algo que se corresponda con la realidad exterior a la conciencia.
II.- De la vitalidad de la conciencia se sigue:
3) Evolucionismo: el sentimiento, como todo lo que vive, cambia a lo largo del tiempo según las circunstancias. En cuanto la religión se reduce a sentimiento, adopta formas diversas de manifestación a lo largo de la historia. Ese sentimiento era rudo y deforme al principio de la historia, pero con el decurso de los años se ha ido pulimentando hasta adquirir las formas diversas de religiosidad que conocemos. Por su parte la religión católica, nacida de ese hombre de inmanencia vital inigualable que es Cristo, de cuya poderosa fuerza surgió la corriente de la que nació la Iglesia, ha adoptado, según las épocas, caras dispares: primero fue judaica, luego paulina, más tarde helénica etc.
III.- En fin, la conciencia tiene una unidad tal que hay una necesaria influencia mutua de sus diversos aspectos y estratos. De ello se sigue que el sentimiento religioso debe estar en conexión  con esa clase especial de fenómenos que es la presencia de otros hombres con los cuales formamos la sociedad religiosa y civil, y con el conocimiento intelectual que tiene por objeto los fenómenos:
III.A.- Relaciones con los otros hombres:
Aunque el hombre está encerrado en la intimidad de su conciencia, no se considera a sí mismo en la completa soledad, sino que siente la necesidad del "otro", de otros seres semejantes a él con los cuales entra en contacto y forma sociedades, como la sociedad civil y la sociedad religiosa o Iglesia.
III.A'.- Consecuencias de la relación entre el sentimiento religioso y la comunidad eclesiástica:
4.- La Iglesia es el parto de la conciencia colectiva: Los hombres necesitan comunicar y practicar y extender su fe, es decir su sentimiento religioso. De ahí la formación de colectividades comunidades que tienden a conservar y ampliar la fe común. La colectividad en la que se unen los que siguen a Cristo es la Iglesia Católica. Todo lo que a ella se refiere y lo que ella misma significa es tergiversado a al luz de este origen que le confieren los modernistas. Veamos algunos ejemplos:
   
5.- Los dogmas no son mas que la expresión del sentimiento religioso.- En consonancia con lo precedente los dogmas surgen cuando el hombre quiere expresar su fe, es decir su sentimiento religioso. A ello le precede el acto de conciencia del creyente que los modernistas llaman "pensar su fe", es decir buscar la expresión de sus sentimientos. Sólo después esa expresión o formulación es sancionada por la comunidad eclesiástica y por la jerarquía. Los dogmas no expresan, pues, verdad alguna acerca de lo real. No son más que instrumentos para provocar sentimientos religiosos y, a la vez, son símbolos de quienes poseen un mismo sentimiento según las religiones y sus diversas épocas de desarrollo
6.- Los dogmas son mutables ya que, según cambien las circunstancias históricas, según las dificultades con que se encuentre la comunidad religiosa, según el grado de desarrollo de la ciencia, según evolucionen las formas de sociabilidad, cambian también los dogmas que no son más que expresiones transitorias del sentimiento religioso. Es pues propio de los  dogmas que modifiquen para que adquieran valor vital. Carecen, pues, de la inmutabilidad que la Iglesia siempre les ha atribuido.
7.- Hay un mecanismo conforme al cual se produce la evolución de los dogmas: la jerarquía eclesiástica surge de la Iglesia que es, a su vez, resultado de la colectividad religiosa. Esa jerarquía tiene la función de mantener la cohesión por medio de ritos y doctrinas comunes, cuya finalidad es la de reavivar el sentimiento religioso. La jerarquía, pues, tiende por naturaleza al anquilosamiento y a la permanencia inalterable de los dogmas y de la liturgia. Pero todo ello, dada la naturaleza vital del sentimiento religioso, se convierte con el tiempo en fórmulas ineficaces necesitadas de renovación para que surtan efecto sobre el sentimiento. Así, pues, es deber de los teólogos y de los laicos promover la transformación de la liturgia, de los símbolos sacramentales y de los dogmas para que se adapten a las circunstancias variables de la vida del creyente. De ahí un permanente conflicto entre estas dos fuerzas -la de evolución y la de permanencia- que no debe tenerse por extraordinario y escandaloso, sino que ha de entenderse como el proceso natural de desenvolvimiento del dogma en la sociedad eclesiástica.  
III.A''.- Consecuencias de la relación entre el sentimiento religioso y la sociedad civil
8.- El hombre no sólo vive dentro de la comunidad eclesiástica, sino en la sociedad civil. Ambas facetas del hombre deben acomodarse en su vida interior (porque todo ello, no lo olvidemos, se desarrolla en el seno de la conciencia, aunque dentro de ella se distinguen los fenómenos que se nos aparecen como parte de un hipotético mundo externo y los sentimientos que los tenemos como procedentes de nuestra subjetividad). De esa relación se sigue:
9.- Separación Iglesia-Estado: de la misma manera que la ciencia y la fe han de separarse, así también la Iglesia y el estado. Pues, si entre aquellas había una diversidad de objetos, entre estas ahí una diversidad de fines: una persigue lo espiritual, es decir el mundo de los sentimientos,  el otro lo temporal, es decir pertenece al mundo de los fenómenos. De lo cual se colige que, al tener  la política como fin los fenómenos objetivos y la religión sentimientos subjetivos, ésta no puede pretender imponer nada a la política. Es un abuso de autoridad de la Iglesia que ésta pretenda señalar o dar directrices sobre el camino que debe seguir la política. Es más, en caso del conflicto, que se da cuando un católico pretenda actuar en política o en las manifestaciones externas del culto, la religión debe someterse a las exigencias del régimen político.
10.- La ciencia y la fe son facetas de nuestra interioridad que, de suyo, están separadas; pues versan sobre asuntos diferentes: una trata de los fenómenos, la otra de los sentimientos inmanentes. Ahora bien, como entre la ciencia y la expresión dogmática de la religión se producen en ocasiones contradicciones, es la religión la que debe adaptarse a los dictados de la ciencia y no a la inversa. Y eso no sólo en  ciencias como la física o la filosofía, sino también en  la historia y la exégesis de los textos. Así para la historia Cristo no es más que un hombre, poco común desde luego, pero un hombre. En cambio para la fe Cristo es Dios. Mas, puesto que el hombre no puede desdoblarse, el sentimiento religioso deberá acomodarse a la ciencia de modo que, siguiendo con el mismo ejemplo, Cristo se ha de concebir como un hombre de gran inmanencia religiosa, cuyos hechos históricos fueron posteriormente adornados por la fabulaciones prodigiosas de los primeros creyentes y de los evangelistas, con las cuales no pretendían ofrecer una historia objetiva, sino leyendas para excitar la fe. Y así vino a creerse que Cristo es Dios e, incluso, Él mismo al final de su vida se adquirió esa convicción.
Hemos visto cómo la concepción de la religión como producto inmanente de la conciencia trastoca y tergiversa uno tras otro el significado de los pilares de la verdadera religión. Queda por tratar la cuestión más importante, que la Pascendi presenta al final y por la que quizás se estén ustedes preguntando: ¿esta gente cree o no "en que fuera de él hay un Dios en cuyas manos caerá un día"? La encíclica ofrece las dos únicas respuestas posibles, ambas destructivas de la religión en su totalidad: el ateismo o el panteismo.
El hombre no tiene ciencia de Dios, ni los escritos revelados lo dan a conocer objetivamente, pues sólo tratan de excitar el sentimiento religioso, no narrar hechos. El único contacto con Dios se da a través del sentimiento. Pero entonces caben sólo dos posibilidades: que ese contacto sea con una cosa real o que no vaya más allá del propio sentimiento subjetivo (del sentimiento de indigencia de lo infinito). Si lo primero, entonces el hombre es parte de Dios, el alma y Dios son caras de una misma cosa. Se cae en el panteismo. Si lo segundo, entonces no hay noticia de Dios, como tampoco la hay de las restantes cosas. Se cae en el ateismo.
Todo esto, repito, es una exposición de doctrinas condenadas. Cada uno de los apartados de la Pascendi remite a los concilios de Trento, al Vaticano I, a la Quanta cura al Syllabus y a un sinfín de citas que muestran cómo estas teorías ya habían sido condenadas, una por una, tiempo atrás. Y hoy siguen tan condenadas como entonces, aunque la penetración de estas ideas entre eclesiásticos y fieles sea hoy muy grande, tan grande que la mayoría de los católicos no se escandalizan al oírlas a diario en boca de los sacerdotes.
En una conferencia que dí hace años sobre este tema, el presidente de la asociación que me había invitado, se levantó airado cuando empecé a exponer las doctrinas modernistas, siguiendo el hilo de la Pascendi. Creyó que exponía las doctrinas cuya condenación presentaba. Pero su despiste momentáneo puso de manifiesto la rectitud de su formación cristiana. Era hombre ya entrado en años hacia 1980, que es cuando di esa conferencia. Era, pues, un fiel que había recibido la enseñanza de la Iglesia de siempre y reaccionó conforme a ella. Desgraciadamente hoy, si un católico sufriera un despiste similar y no se diera cuenta de que mi exposición presentaba doctrinas condenadas, no habría reaccionado así; más bien se habría encogido de hombros creyendo oír uno de tantos sermones abstrusos como los que se ofrecen cada domingo en numerosas parroquias.
Y es que el modernismo ha penetrado en la Iglesia desde la jerarquía hasta los fieles de manera tan profunda como amplia. Su presencia es avasalladora: basta leer el voluminoso libro de Franco Amerio para captar el alcance de su penetración. Verdad es que esa penetración tiene grados muy dispares en la conciencia de los católicos. Los modernistas profundos suelen ser más bien religiosos y profesores adentrados en estudios filosóficos, porque llegar a ver las cosas como un idealista es cosa contraria al sentido común y a la naturaleza. Por su lado, los que participan de unas u otras doctrinas modernistas son legión en la Iglesia. unos lo hacen por obediencia y tratando de forzar las enseñanzas de los pastores para convencerse de que no hay nada de modernismo en la Iglesia. Otros, manteniendo la doctrina tradicional, creen bueno usar el método de la inmanencia y el recurso al sentimiento como medio apostólico (cosa rechazada y descrita ya por la Pascendi). Otros en fin mantienen la doctrina tradicional en los puntos que atañen a la moral, y al credo, pero no en cuanto a la doctrina social.
¿Dónde radica el secreto del éxito que ha tenido el modernismo para invadir con tal amplitud la Iglesia a pesar de las condenas sucesivas que sobre este movimiento, y otras tendencias próximas, ha pronunciado Roma; desde las condenas a Lammenais hasta la del neomodernismo hecha por Pio XII en 1950? El modernismo, en efecto, tiene una especie de genialidad satánica en la capacidad de pervivencia que ha desarrollado. Es algo similar a la de esas bacterias hospitalarias que parecen alimentarse de los mismos antibióticos con que se las combate. Esa capacidad le adviene, a mí entender, del conjunto de ideas que expone la Pascendi y más concretamente de los puntos siguientes:
1) Su doctrina, aunque los destruye todos, no niega abiertamente los dogmas. Entre un modernista y un fiel no hay (hablando en general) proposiciones que uno afirma y el otro niega a las claras. La diferencia reside en la manera en que entienden las mismas proposiciones, pues, como se ha visto, para uno las enseñanzas de la Iglesia expresan la realidad y para otro son la manifestación fabulada de aspectos de nuestra conciencia. Viene a ser como si el modernista viera como una película de ficción lo que el creyente ve como un documental o un noticiario. Ambos conocen lo mismo, pero para uno el magisterio es una a modo de novela mientras que para el otro es más verdadero que un tratado científico.
            De ahí una primera dificultad muy general para que las condenas afecten a los modernistas, pues ellos están dispuestos a admitir lo mismo que enseña la Iglesia, pero de otra manera, y así no hay quien se entienda. Toda afirmación se vuelve ambigua, lo cual es aprovechado por los modernistas para no sentirse afectados por las advertencias y condenas.
2) De otra parte, el evolucionismo de los modernistas hace muy difícil rechazar de manera concreta sus doctrinas por la declaración de herejía contra una sentencia o formulación determinada y fija. Toda la religión está sometido a la ley de la transformación a lo largo del tiempo y según cambien las circunstancias, de modo que quienes tienen un espíritu modernista ofrecen una incesante remodelación de las doctrinas y de las formas de expresarlas. Después de la Pascendi, la adopción de toda clase de filosofías ha dado lugar a neomodernismos sucesivos, basados unos en el existencialismo, otros en la fenomenología, y la axiología, en el personalismo, en el marxismo y en un sinfín de otras doctrinas.
3) En fin, el modernista, por principio, está interiormente a salvo de las condenas. Para cualquiera de nosotros la condena de nuestras opiniones, la suspensión, o la excomunión son penas canónicas de extraordinaria importancia que difícilmente soportaríamos sobre nuestras espaldas con tranquilidad. Para el modernista, dado el papel de motor del cambio que confiere al teólogo y al laico, las condenaciones son cosa que no le afectan en su interior. Porque el sabio modernista entiende que su papel y su deber consiste en promover la adaptación a los tiempos, de lo cual necesariamente se sigue el enfrentamiento a una jerarquía cuya función es, por su lado, la de mantener la tradición que une la comunidad de creyentes con el espíritu de su fundador. Sufrir la oposición de la jerarquía es parte del oficio del teólogo, y lograr mantenerse dentro de lo que ellos entienden que es el seno de la Iglesia, es decir, con cátedra dentro de la sociedad de creyentes, es también parte de su oficio.
Estas características de la doctrina modernista y de otras teorías más o menos próximas, como el liebralismo católico, han hecho que una y otra vez las condenas y admoniciones no hayan logrado apartar este compendio de herejías del seno de la Iglesia. Una y otra vez los afectados por ellas han comentado, reinterpretado y tergiversado los textos condenatorios de para justificarse, sin alejarse oficialmente de la Iglesia. Así ha ocurrido desde los discípulos de Lammenais hasta Theilard de Chardin y Rahner, pasando por Dupanloup y otros muchos. Es pues conveniente "meterse", siguiendo la Pascendi en la forma modernista de pensar para ser capaces de detectar lo que pertenece a esta corriente heterodoxa de pensamiento que se ha adueñado de extensas y muy altas zonas de la Iglesia.
Gracias al estudio de esta encíclica podremos calificar de modernista a cualquiera que mantenga esas ideas condenadas. Sin embargo, como esto no es siempre fácil quizás sea útil dar unos remedios caseros para detectar a un modernista que, según lo indicado, puede serlo de manera más o menos profunda. Una de esas recetas consiste en examinar su lenguaje: expresiones como "vivir la fe", "pensar la fe", usar como criterio de verdad las "experiencias" religiosas, tener siempre en la boca la dignidad de la persona etc. son frecuentemente signo de que nos hallamos ante alguien más o menos inficcionado de modernismo. Pero como no es cosa aquí de hacer un catálogo de las manipulaciones lingüísticas del modernismo, podemos dar otras recetas más generales para detectar modernistas:
1) La actitud bifronte, que la propia encíclica describe, es uno de esos signos de identificación: los modernistas pueden parecer "contradictorios", "vacilantes y dudosos", pero "eso lo hacen de propósito y deliberadamente, es decir, de acuerdo con la idea que tienen de la mutua separación entre la ciencia y la fe". En efecto, cuando hablan como historiadores no mencionan la divinidad de Jesucristo, ni mencionan la autoridad de los padres o de los concilios;  pero cuando llegan al púlpito, profesan la creencia en Dios hecho hombre de manera firmísima y citan con honor los concilios.
            Recuerdo el caso de una sacerdote que, hacia 1970, es decir cuando los ambientes universitarios estaban dominados por el marxismo, no paraba de hablar en tono laudatorio de la capacidad explicativa de la dialéctica en unos seminarios de la universidad. Evidentemente empleaba esta palabra en sentido que le daban Hegel y Marx. Sin embargo, cuando yo, indocumentado estudiante, le reconvine escandalizado de que admitiera tal modo de pensar siendo un sacerdote, él salió diciendo que se refería a la dialéctica como método de discusión del cual hablaba ya Aristóteles. Y, luego, viendo que yo era creyente, acabó por hablarme, de forma harto edificante, del Santo Rosario y de la Virgen de Lourdes. 
2) Eso va unido a la oscuridad buscada de sus enseñanzas. Si, quien tiene un mínimo de formación, se queda en ayunas sobre lo que ha querido decir un sacerdote o prelado, es muy probable que se halle ante un modernista. Porque el modernista, siempre en trance de adaptación, hace uso de un lenguaje inusitado y ambiguo que, de una parte, pretende reformar  las enseñanzas para acomodarlas a tendencias nuevas y, de otra, no dice con claridad suficiente sus ocurrencias que contradicen la enseñanza tradicional para protegerse de cualquier posible condena. Quienquiera que le haga un reproche a ese respecto se encontrará con que el sabio modernista le da la razón, conforme al método visto arriba de distinguir dentro de sí mismo al científico del creyente.
            Una alumna andaluza y simpática que tuve en un curso de lógica matemática, cuando me volvía para escribir en la pizarra, preguntaba en un susurro a su compañera  "¡pero qué ice? La pobre no se enteraba de nada. Pues bien, cuando se queden ustedes como esa alumna ante las palabras de un sermón, es muy probable que están ustedes ante un modernista. Por ejemplo, es fácil llegar a ese estado de ánimo cuando se leen cosas como ésta: 
Si Dios mismo es hombre y lo es por toda la eternidad; si por eso toda teología es eternamente antropología; si está vedado al hombre tenerse en poco, pues entonces tendría en poco a Dios; y si ese Dios sigue siendo un misterio insuprimible, entonces el hombre es por toda la eternidad el misterio expresado de Dios, que participa por toda la eternidad del misterio de su fundamento.
Estas frases de un eminente cardenal no son sino una expresión de lo que la encíclica llama panteísmo, es decir de la identificación de la criatura humana con el creador; pero, dada la enormidad de tal aserto, este cardenal lo camufla con sobreabundante pedantería y voluntaria oscuridad.

- En fin, otra de las tácticas más frecuentes de los modernistas consiste en presentar sus doctrinas como inasequibles al vulgo. Y nada hay más vulgar para ellos que el aferrarse a las doctrinas tradicionales. Ante quienes se obstinan en denunciar las contradicciones de sus doctrinas o la oscuridad de su enseñanza, suelen adoptar la actitud de quien posee un saber superior que no puede captar cualquiera. La respuesta "yo no he dicho eso", usted no ha comprendido, "no es tan sencillo", "para entenderlo tendría usted que haber estudiado filosofía, teología o exégesis bíblica", es la moneda corriente que devuelven los modernistas a quien le haga una objeción. Ellos, como avanzadilla intelectual de la comunidad religiosa en progreso, se sitúan a sí mismos en un plano de superioridad que abarca, de un lado, la enseñanza tradicional y, de otro, las novedades filosóficas más recientes, con la idea a priori de su necesaria compatibilidad. Y así, para mantener a la vez doctrinas incompatibles recurren a distingos nuevos que de entrada califican de inasequibles para los indoctos.
            Oscuridad, engaño, ocultación. Nada de esto es cristiano. Ya con su presencia todo eso debe activar la sospecha. Pero sólo eso. Leamos las claras, veraces y explícitas líneas de la Pascendi, donde las inextricables complejidades modernistas se hacen comprensibles, y podremos pasar, en su caso, de la sospecha al juicio cierto.

Conferencia de José Miguel Gambra.

Cuadros Sinópticos para estudiar la Encíclica: Cuadros Sinópticos - Pascendi Domini Gregis

FUENTE: StatVeritas.com.ar